Genealogía de México 31318 La uerte nos sienta bien (Dia de Muertos)

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Alonso
Escribía en una ocasión Octavio Paz: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”[1] obviamente esta actitud no es el reflejo de una ausencia de temor, sino de nuestra idiosincrasia, es propio de nosotros reírnos, burlarnos, insultar y hasta negociar con lo que nos atemoriza, no tanto por plantarle cara sino por guardar las apariencias.

Los historiadores cuentan que la tradición de honrar a nuestros ancestros tiene sus orígenes en los antiguos pueblos de Mesoamérica, tales como los aztecas, mayas, purépechas, nahuas y totonacas, con una antigüedad de hasta 3000 años; entonces las celebraciones iban más allá de un solo día, ya que duraban un mes completo, el noveno del calendario solar azteca. Las fiestas eran presididas por la diosa Mictecacihuatl —la Señora de la muerte— y veneraban a los niños y parientes fallecidos.

Imagínense la impresión de los misioneros cuando llegaron al territorio azteca y vieron con qué familiaridad y confianza se veía a la muerte, como un hecho cotidiano y natural, despojada de todo temor, reverencia y solemnidad, a diferencia de cómo era abordada por la religión católica. Considerándolo un ritual pagano y temerosos de la probable influencia diabólica de tales ritos, los conquistadores hicieron lo posible por erradicar esa forma de rendir culto, moviendo el festival hacia el inicio de noviembre para que coincidiese con las festividades católicas del Día de todos los Santos y de los Fieles Difuntos, la combinación de costumbres, al igual que pasó con la mezcla de las razas, dio origen a una fiesta mestiza: el Día de Muertos.

Y como pasó con muchas otras costumbres, tradiciones y ritos religiosos que vinieron del Viejo Mundo, los misioneros se salieron con la suya y adoptamos esta nueva celebración… la asimilamos, la pintamos de colores, la llenamos de azúcar, música, fuegos artificiales, olor a barro y a fritanga, a flor de cempasúchil y copal. Hicimos una fiesta de la conmemoración de los difuntos, la hicimos nuestra. Y aunque sigue rodeada de fervor religioso, también tiene parte de folclore, superstición y tradición pagana.

Es sorprendente ver cómo en septiembre —mes del Testamento— es prácticamente imposible hacer que los mexicanos se acerquen a las notarías a elaborar el documento que dará fe de su última voluntad y del reparto de sus bienes, pues muchos de ellos lo consideran de mala suerte, algunos tienen idea de que es tentar a la muerte; no obstante, un mes después, es precisamente ella, la muerte, la que vestida con todos los disfraces posibles adorna nuestras casas, oficinas y edificios públicos; hablamos de ella, bromeamos con ella, jugamos con ella, la invitamos a nuestros hogares y a nuestras reuniones, le organizamos fiestas y hasta escribimos jocosas rimas en las que contamos cómo ha de llevarse nuestros huesitos y los de todos aquellos que conocemos, en una serie de divertidas “calaveras” y epitafios, no por nada somos considerados un pueblo de contrastes y contradicciones…y al grito de “si me han de matar mañana, que me maten de una vez” tiramos los miedos al aire y nos entregamos al jolgorio.

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