Genealogía de México 33322 Sanchez Navarro

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Los Sánchez Navarro. (EL SIGLO DE TORREON. 12, 19, 26 Sep. y 3 oct. 2004)

Como fué que un simple cura de pueblo llegó a poseer un latifundio de 356 mil

ha.

Por: José Miguel Sánchez Navarro

(EL SIGLO DE TORREON. 12, 19, 26 Sep. y 3 oct. 2004)

Santiago de la Monclova era un lugar difícil para aquél que pretendiera hacer fortuna. Una

monótona villa, con casas de adobe apiñadas alrededor de una polvorienta plaza. Así era la

capital de Coahuila o Nueva Extremadura en el año de 1767, una villa conformada tan sólo por

unos cientos de familias, 35 soldados del presidio marcado todo por una pobreza extrema.

Llegar a ser párroco de esta villa era una alternativa de la que nadie pudiera ufanarse, pero

para el padre José Miguel Sánchez Navarro representó la oportunidad de construir a partir de

1765 un gran imperio económico, y asistido por sus hermanos formó un latifundio que lo

convirtió en el más opulento de los hacendados de la Nueva España.

Las vastas tierras de Coahuila se podían adquirir por medio de mercedes -donaciones reales

concedidas en reconocimiento a servicios prestados a la corona- o bien por medio de la

compra de éstas en subasta pública, a lo que se les llamaba: tierras realengas.

Las tierras obtenidas por mercedes no incluían los derechos de agua, a menos que fueran

específicamente mencionados. El agua era tan escasa e importante que ésta se concedía

específicamente por número de días, horas e inclusive minutos, durante el mes, por lo que el

propietario de tierras buscaba siempre la forma de agenciarse algo de agua con qué regar sus

campos y dar de beber a sus animales…

En aquel entonces la mayoría de estas tierras pertenecían al Marquesado de Aguayo

extendiéndose sus terrenos incluso hasta abarcar los manantiales de agua que surtían a la

hacienda de Parras, y que utilizaban sus moradores para regar sus viñedos, misma a la que el

marqués le ponía un precio.

Para 1760 el marquesado de aguayo ocupaba 6’540,847 hectáreas equivalentes a 59,437 Km.

Cuadrados -dos terceras partes de lo que hoy es Portugal- y la cría de ovejas era su principal

actividad, estimándose sus rebaños entre 200 mil y 300 mil cabezas.

En aquel entonces no era extraño que los curas fueran propietarios de tierras. Como lo fue el

caso del capellán Baldo Cortés en la fundación de Saltillo en 1575 y otros clérigos más que

poseyeron en aquellos tiempos grandes extensiones de terreno. Mismo caso de José Flores de

Ábrego quien fue cura de Monclova por casi 60 años, y quien al morir en 1755 dejó el

respetable latifundio de 61,968 hectáreas que heredó a su sobrino, mientras la designación de

su sucesor en iglesia de Monclova recayó en la persona del joven cura José Miguel Sánchez

Navarro.

El linaje de José Miguel se remontaba al Siglo XIII en que los Sánchez Navarro se habían

distinguido en España peleando contra los musulmanes. El nombre de esta familia llegó al

nuevo mundo con el capitán Juan Sánchez Navarro emigrado a la Nueva España en 1550 y

quien participó en la colonización de la frontera norte, siendo uno de los fundadores de Saltillo

en 1575. Al tiempo de su muerte en 1600 don Juan Sánchez Navarro había establecido una

familia cuyos descendientes al unirse con las familias Arizpe y Rodríguez de Saltillo llegaron a

desempeñar luego un papel importante en el desarrollo de Coahuila.

Cuando la colonización avanzó hacia el norte varios miembros de la familia Sánchez Navarro

radicados en Saltillo se movieron con ella, como el sargento Diego Luis Sánchez Navarro

miembro de la expedición que en 1674 fundó la villa de Nuestra Señora de Guadalupe de la

Nueva Extremadura (1). Cuando tiempo después fue fundada Monclova en 1689, Diego Luis

recibió varios títulos de propiedad de muchas tierras próximas a la villa y retirándose de la

milicia con el grado de capitán se dedicó a explotar sus tierras .

Otro familiar, Juan Bautista Sánchez Navarro fue uno de los comisionados por el gobernador

de Coahuila para fundar la misión de Dulce Nombre de Jesús de Peyotes (2), al norte de

Monclova.

Al inicio del Siglo XVIII los Sánchez Navarro disfrutaban de una excelente posición social

siendo una de las primeras familias de hidalgos o nobles de Coahuila.

Dentro de la familia de los Sánchez Navarro habían diferentes jerarquías, desde simples

soldados como Joaquín y Cristóbal que participaron en la fundación del presidio de Santa

Rosa, hasta curas como Leonardo y José Martín que oficiaban en el curato de Saltillo.

José Miguel hijo mayor de Cristóbal José, nació en Saltillo en 1730, y a los 25 años pasó a ser

cura de Monclova. Y aunque José Miguel era muy competente como sacerdote lo era más

como negociante, y aprovechando que en aquella época no existía aún la prohibición de que

los curas participaran en transacciones comerciales para su beneficio, se inició en los

negocios.

Para ello compró un terreno frente a la plaza -enseguida de la iglesia- y puso una tienda que al

tiempo se convirtió en la más importante de los alrededores, dedicándose al comercio de telas,

comestibles, lencería, herramientas y demás mercancías que el cura traía desde Saltillo.

Para 1760 sus propiedades aumentaban y para ayudarse mandó traer de Saltillo a su hermano

José Gregorio, y juntos engrandecieron el negocio al grado de que pasaron del comercio, a la

cría de borregos.

Nombrado de 1762 a 1773 -11 años- administrador provincial de los diezmos de la iglesia, llegó

a convertirse en uno de los más importantes recolectores de diezmos de la nueva España.

Para agilizar el manejo de los diezmos José Miguel organizó la creación de caravanas de

carretas tiradas por mulas y bueyes, y mientras recolectaba en ellas los diezmos, aprovechaba

también de transportar las mercancías de sus tiendas.

Cuando en 1777 el padre Agustín Morfi pasó por Monclova, Coahuila en la época colonial pudo

advertir que aunque en el curato de Monclova sólo se recaudaban dos mil pesos anuales, esa

suma no servía de nada para pagar los gastos de manutención del sacerdote José Miguel,

quien para entonces había hecho ya una fortuna de 80 mil pesos con la administración de los

diezmos, y eso quitando alguno que otro robo que los indios hacían a sus carretas.

José Miguel recibía por colectar los diezmos un ocho por ciento de comisión, pero duplicaba

con creces el valor de los diezmos cuando éstos se los pagaban en especie -ganado-, ya que

luego éste los vendía mucho más caros de lo que los tomaba.

De hecho era la tienda del cura quien compraba a cuatro reales, todas las borregas que se

daban como diezmo, dinero que luego era mandado al obispado de Guadalajara, en esa forma

para 1763 el cura Sánchez Navarro ya tenía 5,523 borregas. De hecho la tienda del cura crecía

indirectamente gracias al Marquesado de Aguayo, ya que en 1760 el mayordomo de la

hacienda del Carmen Francisco de Mata, hacienda perteneciente al latifundio del Marquesado

de Aguayo, se abastecía de la tienda del cura, ya que le era más práctico hacerlo así, que

mandar traer todo desde la hacienda de Patos (3), cerca de Saltillo. Lo mismo sucedía con los

suministros de los soldados de la guarnición de Monclova cuyas tropas y familias compraban

todo en la tienda del cura y hasta se endeudaban con el cura cuando éste les cobraba por

hacerles algunos sacramentos.

Pasaban los años y el manejo del diezmo seguía enriqueciendo al cura José Miguel, sin

embargo las autoridades eclesiásticas de Guadalajara estaban de acuerdo en que vendiera las

borregas que se daban en pago del diezmo y les mandara a ellos sólo el dinero. Ignoro si los

altos prelados sabían que era el mismo cura quien se compraba las borregas.

Mientras los rebaños de ovejas crecían José Miguel empezó a comprar muchas propiedades

rurales, y para su administración mandó traer de Saltillo a otro de sus hermanos Manuel

Francisco a quien puso a cargo del naciente latifundio.

Como el cura tenía entre sus obligaciones ver que sus feligreses compraran tierras a bajo

costo, puso en subasta pública una enorme hacienda. Como era de esperarse el día de la

subasta fue su hermano Manuel Francisco quien hizo la mayor propuesta dando 150 pesos por

las escrituras de cinco mil 578 hectáreas, con derecho a diez días de agua de la confluencia de

los ríos Nadadores y Monclova en el valle de Adjuntas.

Los Sánchez Navarro establecieron en esa hacienda su centro de operaciones y a partir de

entonces empezaron a adquirir más propiedades donde éstas estuvieran disponibles.

Fue en 1772 que se le presentó a José Miguel la oportunidad de su vida. El sobrino del cura

que le había precedido, y que había heredado todas las tierras de su tío, acababa de morir, y

había nombrado precisamente a José Miguel ejecutor de su herencia. Y como había que

pagarle a algunos acreedores a quienes el sobrino debía algo de dinero- entre los que se

encontraban el propio José Miguel Sánchez Navarro y su hermano José Gregorio el cura puso

toda la propiedad de su antecesor en subasta pública para poder con ello cubrir las deudas.

Luego de unos días, un rival de los Sánchez Navarro hizo un ofrecimiento de tres mil 750

pesos, lo que hacía ver que la propiedad se les iría de las manos a los tres hermanos Sánchez

Navarro. El último día de la prórroga José Gregorio Sánchez Navarro ofreció 100 pesos más, y

José Miguel ceremoniosamente se la cedió en febrero de 1773. Para entonces los hermanos

Sánchez Navarro ya tenían juntos 46,520 hectáreas y para 1774 a través de una compra de

tierras a la Corona Española, la incrementaron con otras 17,377, terreno suficiente para que

pudieran pastar ahí sus enormes rebaños de ovejas.

En 1774 muere José Gregorio y su muerte marca el final de una era en el surgimiento del

imperio de los Sánchez Navarro, pasando sus propiedades según testamento a sus dos

hermanos, conservando con ello el cura José Miguel la integridad de sus tierras

Luego de la muerte de José Gregorio, Manuel Francisco aumentó la fortuna de los Sánchez

Navarro al casarse con la hija de uno de los principales hacendados locales Juan Manuel de

Palau quien se había establecido en el valle de Santa Rosa al casarse en 1745 con una hija de

la prominente familia Garza Falcón, y a través de su esposa heredó la hacienda de Nuestra

Señora de los Dolores fundada por los Garza Falcón en 1745. Sus nuevas adquisiciones no

distrajeron a Manuel Francisco de los negocios que tenía con su hermano José Miguel, de

quien seguía siendo socio minoritario.

Fue en 1782 cuando Manuel Francisco heredó las 96,816 hectáreas de la hacienda de Dolores

tras la muerte de su suegro Juan Manuel de Palau.

El cura José Miguel tenía entonces puesto el ojo en el rancho San Francisco Javier de la

Escondida, y su oportunidad se presentó en 1801 cuando el rancho fundado por el capellán de

Santa Rosa fue hipotecado por un comerciante a quien se le debían 4,581 pesos. Como los

acreedores vivían en la ciudad de San Miguel el Grande, arreglaron que José Miguel cobrara

por ellos, en lugar de ello, José Miguel les ofreció 450 pesos en efectivo si le cedían los

derechos de acreedores, y así José Miguel añadió 44,619 hectáreas a su enorme latifundio que

para 1805 ya medía 298,991 hectáreas.

Ese año murió Manuel Francisco y dejó a su hijo José Melchor de 23 años heredero de todas

sus enormes propiedades rurales.

Y fue ahí que el famoso cura Sánchez Navarro hizo su jugada maestra, al proponerle a su

sobrino José Melchor que si aceptaba manejar el latifundio y los demás intereses que el cura

tenía, él sería nombrado el único heredero a la muerte del cura. La mancuerna del cura José

Miguel y de su sobrino José Melchor resultó ser aún más efectiva que la que había formado el

cura con el padre de su sobrino.

Para 1819 los Sánchez Navarro ya controlaban casi todos los derechos de agua de los ríos

Nadadores y Monclova, y habían comprado casi la totalidad de las propiedades en sus

márgenes.

En 1801 un sobrino de José Miguel llamado Juan Ignacio de Arizpe en aquel tiempo

recaudador de impuestos, resultó con un faltante de 12,300 pesos en su trabajo, mismos que

pidió prestados a su tío, a un interés del cinco por ciento anual. Para ello le dio a su tío en

hipoteca todas sus propiedades. Años más tarde y a la muerte de su sobrino, éste le adeudaba

a José Miguel 21,800 pesos por lo que el cura se quedó con todas las propiedades que le

había dado en garantía.

Muchos otros préstamos, demandas y litigios hicieron que las propiedades de los Sánchez

Navarro aumentaran, y para 1812 ya sumaban 356,240 hectáreas.

En vísperas de la independencia el único rival de los Sánchez Navarro por la hegemonía de

Coahuila era el Marquesado de Aguayo, no obstante los Sánchez Navarro en proporción eran

pequeños ya que el marquesado era dueño de 6’679,500 hectáreas en las cuales había

213,000 cabezas de ganado.

En 1818 el mal manejo de los latifundios del Marquesado de Aguayo, así como la manutención

permanente de cuatro residencias palaciegas en la Ciudad de México los llevó a la bancarrota,

y en ese mismo año un grupo de acreedores se hizo cargo de la administración de sus tierras.

Por el contrario las propiedades de los Sánchez Navarro no sólo estaba libres de deudas sino

que producían grandes cantidades de ganancias situación que obedecía a la atención personal

que la familia prodigó a sus tierras.

A la muerte del cura en 1821 José Melchor tomó la administración del latifundio. Su obsesión

por proteger los intereses de la familia lo llevaron a una muerte prematura en 1836, sin

embargo el latifundio siguió funcionando ahora bajo las órdenes de Jacobo su hijo mayor

apoyado por la experiencia de invaluable de Manuel Castellano Cárdenas quien desde 1813

había sido el mayordomo de algunas haciendas y mano derecha de José Melchor.

Jacobo aprendió pronto el negocio he hizo frente a las dificultades que surgieron cuando su

hermano Carlos Sánchez Navarro compró en 1840 el famoso latifundio del Marquesado de

Aguayo, adquiriendo como parte de la transacción los créditos que tenían con el marquesado

de Aguayo con las compañías acreedoras Baring Hnos. y Cia. y Staples y Cía., quedando

estos últimos en pagar también una determinada cantidad a los herederos del Marqués. A partir

de ese momento todo el latifundio pasó al poder de la familia Sánchez Navarro.

A partir de 1840 los hermanos Sánchez Navarro se abocaron a reorganizar toda la estructura

administrativa del latifundio ya que de un sólo golpe su latifundio había aumentado ocho veces

su tamaño con la compra del latifundio del Marquesado de Aguayo.

Jacobo y Carlos tomaron entonces la hacienda de Hermanas como cuartel regional -cuya casa

principal tenía 21 cuartos- dado que en la época de 1840 su casco se había convertido en uno

de los mejores de Coahuila, otorgándole con una posición administrativa semejante a la que

tenían el Rosario y Bonanza.

A lo largo de la historia la hacienda de El Tapado fue íntimamente asociada con el cura José

Miguel, la hacienda de hermanas era la favorita de José Melchor y fue la hacienda de Patos la

que tuvo mayor interés para Carlos y Jacobo.

Cualquiera que haya sido el tamaño de los rebaños de ovejas en 1840 no hay duda de que con

la compra del marquesado se incrementaron grandemente llegando a considerarse ellos

mismos los barones de ovejas al poseer en 1847 un rebaño de 218,988 ovejas y 18,875 cabras

aunque cabe suponer que para fines de los años 40’s el rebaño llegaba a las 250,000 ovejas.

La amenaza de los indios siempre había sido uno de los hechos más temibles en la vida de

Coahuila pero después de la Independencia las depredaciones se incrementaron llegando lo

más encarnizado a mediados del siglo cuando los indios prácticamente arrasaron el Estado.

Para 1822 los apaches lipanes firmaron un tratado de paz en la Ciudad de México pero el

interludio duró sólo un año y los apaches lipanes hicieron nuevamente sentir su presencia.

Los comanches merodeaban la hacienda de Santa Rosa y las carretas de los Sánchez Navarro

debían transitar entre sus haciendas con una escolta de 12 guardias.

El epílogo de un imperio

Debido al creciente impulso de la colonización de Texas a partir de 1836 los comanches

llevaron su depredación al noreste de México incursionaban en gran escala por todo el Estado

de Coahuila donde lograban jugosos botines llegando algunas veces hasta Zacatecas y San

Luis Potosí. Estos merodeadores llegaban por miles e invernaban en la laguna de jaco.

El año de 1840 marcó el principio de las más grandes incursiones de la época cuando un grupo

de 400 comanches bajaron del norte y pasando a unos Km. de Monclova devastaron las villas y

granjas situadas al oeste de la ciudad. Voluntarios persiguieron a los indios hasta Saltillo y en

su camino iban saqueando y matando gentes. En esta incursión que duró un mes los

comanches mataron 300 personas aunque en su retirada perdieron los 3,000 caballos que se

habían robado.

En 1853 Estados Unidos y México firmaron el tratado Gadsden por el cual Estados Unidos

pagaría a México 10 millones de pesos por una franja de tierra de la frontera y por liberarlos de

la responsabilidad de las incursiones de los indios, por ello los Sánchez Navarro podían pedir

indemnización por las depredaciones cometidas entre 1848 y 1853. A la hora de que Estados

Unidos recibió las denuncias de indemnización se ampararon en que el tratado no era

retroactivo y jamás pagaron un centavo de las 365 reclamaciones que hubo.

Una gran sequía arrasó en 1851 con los rebaños de los Sánchez Navarro matando 21 mil

ovejas y cuatro mil cabras. Cuando El Rosario y San Lorenzo de la Laguna pasaron a ser

propiedad de los Sánchez Navarro aprovecharon al máximo la irrigación de esas propiedades.

Dado que en 1848 los hermanos Sánchez Navarro aún no terminaban de cubrir los pagos que

tenían pendientes tanto con los herederos del Marquesado de San Miguel de Aguayo, como

con la compañía Baring, para hacerse de dinero decidieron vender la Hacienda del Rosario a

don Rafael Aguirre en 148 mil pesos, La Estancia de Agua Nueva a don Bruno Lozano en 135

mil pesos y la Hacienda de San Lorenzo de la Laguna a los señores don Leonardo Zuloaga y a

don Juan Ignacio Jiménez en 80 mil pesos. (4)

La hacienda de San Lorenzo de la Laguna se vendería bajo varias cláusulas, y de entre ellas

las más importantes eran:

El trato sería por la cantidad de 80 mil pesos que se pagarían en plazos con un rédito del cinco

por ciento anual, empezando el reconocimiento y consiguiente responsabilidad desde el día

primero de enero de este año de 1848 por haberse refundido en el presente convenio otro

anterior del cual se transada y renueve solamente esta obligación, quedando los pagos de la

siguiente forma:

A finales de 1850 entregarían los compradores la cantidad de 45 mil pesos que se aplicarían de

la siguiente manera 33 mil para abono del capital y 12 mil pertenecientes a los réditos vencidos

hasta esa fecha.

En diciembre de 1852, 1853 y 1854 se pagarían en cada uno de ellos la suma de 15,666

pesos, cinco reales y cuatro granos, por abono al saldo del capital, pagando en cada uno de

esos plazos los réditos al cinco por ciento anual del capital que aún quedaba pendiente de

pagarse.

Epílogo de un imperio

Los Sánchez Navarro apoyaron siempre a Maximiliano y a los imperialistas. De hecho en la

última carta que Maximiliano dirigió a Carlos Sánchez Navarro días antes de morir, se refirió a

él como “uno de mis más fieles amigos”. Seis días después de mandada la carta, el 19 de junio

de 1867 Maximiliano fue llevado a una colina y junto con sus generales Mejía y Miramón y fue

fusilado.

Carlos Sánchez Navarro cayó entonces en manos de los republicanos y fue enviado a prisión

mientras sus extensas propiedades fueron expropiadas. Carlos salió de la cárcel hasta 1868 y

sus esfuerzos por reconstruir su fortuna tuvieron poco éxito. Carlos pasó el resto de su vida en

la pobreza muriendo el diez de octubre de 1876 a la edad de 60 años.

La confiscación del latifundio ocurrió en 1866, pero el 12 de agosto de 1867 Juárez emitió una

ley que sustituía por multas las confiscaciones efectuadas con anterioridad, lo que hacía ver a

todas luces que todas las propiedades confiscadas a los Sánchez Navarro les serían devueltas.

Fue entonces que el gobernador de Coahuila le increpó a Juárez diciéndole que los hermanos

Sánchez Navarro fueron un apoyo del imperialismo y un obstáculo para el desarrollo de

Coahuila.

De cualquier forma el gobernador no debió haberse preocupado, pues la ley aclaraba, que si

las propiedades ya habían sido vendidas a un tercero, éstas no podrían ser devueltas a su

antiguo dueño, por ello, las propiedades confiscadas a los Sánchez Navarro y vendidas

posteriormente a terceros, jamás fueron devueltas a sus antiguos propietarios. En la década de

los setentas cuando las pasiones políticas ya habían amainado, se pudo recuperar una parte

de la herencia de Carlos… después de un prolongado pleito.

Tiempo después los Sánchez Navarro vendieron todas sus propiedades y el latifundio de la

familia pasó a la historia en 1866, no así la familia en sí, quien actualmente se encuentra una

vez más entre las familias más distinguidas de nuestro México actual.

Notas de R. Zertuche

(1) En diciembre de 1674, nace la ciudad de nuestra Señora de Guadalupe de la Nueva Extremadura sobre las ruinas de la antigua Nueva

Almadén, primigenia fundación de la hoy Monclova. Larios y Balcárcer, un binomio insuflado de la misma sed de justicia, hacen en abril del año

siguiente la fundación de San Miguel de Luna (hoy llamada barrio del Pueblo), población de indios anexa a Guadalupe, habitada por españoles.

Nuestra Señora de Guadalupe y San Miguel de Luna son la cúspide del sueño. Los pueblos deberían crecer –de acuerdo a los proyectos- unidos

pero independientes. Cada uno contaría con sus propias tierras y autoridades, y sólo las actividades de defensa y el usufructo de bosques y aguas

serían comunes.

(2) Hoy Villa Unión.

(3) Hoy General Cepeda.

(4) En Parras de la Fuente, mi tierra.


Benicio Samuel Sánchez García

Genealogista e Historiador Familiar

Email: samuelsanchez
Website: http://www.Genealogia.org.mx
Cell Phone: 811 191 6334

Desde Monterrey agrega 044+

Cualquier otro lugar de Mexico 045+

Desde USA 011521+

"Haz tu Arbol Genealogico…El Arbol mas Hermoso de la Creacion"
Por medio de la historia familiar descubrimos el árbol más hermoso de la creación: nuestro árbol genealógico. Sus numerosas raíces se remontan a la historia y sus ramas se extienden a través de la eternidad. La historia familiar es la expresión extensiva del amor eterno; nace de la abnegación y provee la oportunidad de asegurarse para siempre una unidad familiar”.
(Élder J. Richard Clarke, Liahona julio de 1989, pág.69)
uc?export=download&id=0B-3VQy4h98L4cXAxWDY2dXdGMzg&revid=0B-3VQy4h98L4MmIrT09ZWW5EaVdmRW9WZloxNjZlNGtvVmM4PQ

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