#Genealogia.org.mx 35618 Ana de Amaya

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Muchas gracia Joel y Sus

El domingo, 20 de diciembre de 2020 a la(s) 14:01:30 UTC-6, susyf…@comcast.net escribió:

Muchas gracias Joel!

Saludos navidenos

sus

From: genealog…@googlegroups.com <genealog…@googlegroups.com> On Behalf Of Joel Villanueva
Sent: Sunday, December 20, 2020 6:42 AM
To: Genealog…@googlegroups.com
Subject: RE: #Genealogia.org.mx 35615 Ana de Amaya

Buenos días y Feliz Navidad casi casi

Juan de Treviño es mi Eighth great grandfather de acuerdo al calculo que hace mi software de Genealogia

Tengo varias fuentes que corroboran esta relacion entre Juan de Treviño y Ana Maya

  1. El Acta de Defuncion de Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-9N9
  2. El Acta de Defuncion de Juan de Treviño, que aunque muy maltratada se lee casi al final que su esposa era Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-98Q
  3. Y el testamento de Juan de Treviño que dice:

Testamento del regidor Juan de Treviño, hijo legítimo del caudillo José de Treviño, ya difunto, y de María Navarro, vecina de ésta ciudad. Dispone ser enterrado en la parroquial de ésta ciudad, donde tiene señalada sepultura, aunque tres cláusulas más adelante pide ser sepultado en la iglesia del convento de San Francisco, junto a la pila del agua bendita, "con toda la pobreza y humildad posible". Primeras Nupcias: declara que fué casado en primeras nupcias con Ana de Maya y que procrearon a Josefa, Juana, Catalina, José, María, Agustina e Isabel. Expresa que a Josefa la casó con Bernabé González Hidalgo; a Juana, con Antonio González Hidalgo; a Catalina con don Francisco de Treviño; a María con Marcos González Hidalgo y a Isabel con Pedro Almandos. Segundas Nupcias: declara estar casado en segundo matrimonio con Nicolasa de Escamilla, con quien ha tenido a sus hijos Miguel, Agustín, María, Gertrudis, Rafaela y Juan Crisóstomo. Bienes: caballería y media de tierra, con sus casas de vivienda; ganado, herramien

tas, etc. Otros dos sitios " de la otra banda del río de la Pesquería Chica", y otro del de la Pesquería Grande, colindando con tierras de los herederos de Hernando de Mendiola. Seis caballerías de tierra que compró a Bartolomé y a Antonio de Olivares y a la viuda de Blas de Olivares, incorporados a la hacienda que fué de Juan de Olivares, difunto. Doce y medio sitios de ganado mayor y menor y "ciertas caballerías de tierra" en el puesto de los Ayancuaras y que María Navarro, su madre, los hubo por herencia de Sebastián García, su marido y que ella dió al testador con el compromiso de pagar su funeral. Albaceas: José de Treviño, su hijo, y Nicolasa de Escamilla, su mujer. Ante Bartolomé González, alcalde ordinario. Hacienda de San Agustín, primero de abril de 1691. Agregada cláusula sobre algunas deudas y sobre ser suyos los esclavos, Juana, mulata; Jerónima, morena; Pascuala, mulata, y dos hijos suyos llamados Antonia y Miguel; Juan y Pedro, mulatos. A Juana, mulata, "por ser vieja y enferma y por lo bien qu

e me ha servido", le da la libertad. (Testimonio autorizado por el mismo alcalde, a petición de los albaceas.

Saludos y Bendiciones

Joel H Villanueva

Enviado desde Correo para Windows 10

De: susana leniski
Enviado: sábado, 19 de diciembre de 2020 01:14 a. m.
Para: Genealog…@googlegroups.com
Asunto: RE: #Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

Hola,

De acuerdo con Joel Villanueva los padres son Pedro de Amaya y Beatriz de Cardenas. Esa no es mi línea y no se la fuente documental. Esperemos que Joel conteste con la información. Suerte y saludos desde Seattle!

sus

From: genealog…@googlegroups.com <genealog…@googlegroups.com> On Behalf Of Vela
Sent: Friday, December 18, 2020 8:58 PM
To: Genealogía de México – Genealogia.org.mx <Genealog…@googlegroups.com>
Subject: #Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

Hola!

La pareja de Juan Treviño Navarro y Ana de Amaya se repite mucho en mi árbol, no sé si sepan cuales fueron lo padres de Ana de Amaya y se si encuentra relación entre ella y uno de los primeros pobladores de Saltillo llamado Julián Hernández de Amaya.

Saludos

#Genealogia.org.mx 35616 Ana de Amaya

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Muchas gracias Joel!

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sus

From: genealogia-mexico@googlegroups.com <genealogia-mexico@googlegroups.com> On Behalf Of Joel Villanueva
Sent: Sunday, December 20, 2020 6:42 AM
To: Genealogia-Mexico@googlegroups.com
Subject: RE: #Genealogia.org.mx 35615 Ana de Amaya

Buenos días y Feliz Navidad casi casi

Juan de Treviño es mi Eighth great grandfather de acuerdo al calculo que hace mi software de Genealogia

Tengo varias fuentes que corroboran esta relacion entre Juan de Treviño y Ana Maya

  1. El Acta de Defuncion de Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-9N9
  2. El Acta de Defuncion de Juan de Treviño, que aunque muy maltratada se lee casi al final que su esposa era Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-98Q
  3. Y el testamento de Juan de Treviño que dice:

Testamento del regidor Juan de Treviño, hijo legítimo del caudillo José de Treviño, ya difunto, y de María Navarro, vecina de ésta ciudad. Dispone ser enterrado en la parroquial de ésta ciudad, donde tiene señalada sepultura, aunque tres cláusulas más adelante pide ser sepultado en la iglesia del convento de San Francisco, junto a la pila del agua bendita, "con toda la pobreza y humildad posible". Primeras Nupcias: declara que fué casado en primeras nupcias con Ana de Maya y que procrearon a Josefa, Juana, Catalina, José, María, Agustina e Isabel. Expresa que a Josefa la casó con Bernabé González Hidalgo; a Juana, con Antonio González Hidalgo; a Catalina con don Francisco de Treviño; a María con Marcos González Hidalgo y a Isabel con Pedro Almandos. Segundas Nupcias: declara estar casado en segundo matrimonio con Nicolasa de Escamilla, con quien ha tenido a sus hijos Miguel, Agustín, María, Gertrudis, Rafaela y Juan Crisóstomo. Bienes: caballería y media de tierra, con sus casas de vivienda; ganado, herramien

tas, etc. Otros dos sitios " de la otra banda del río de la Pesquería Chica", y otro del de la Pesquería Grande, colindando con tierras de los herederos de Hernando de Mendiola. Seis caballerías de tierra que compró a Bartolomé y a Antonio de Olivares y a la viuda de Blas de Olivares, incorporados a la hacienda que fué de Juan de Olivares, difunto. Doce y medio sitios de ganado mayor y menor y "ciertas caballerías de tierra" en el puesto de los Ayancuaras y que María Navarro, su madre, los hubo por herencia de Sebastián García, su marido y que ella dió al testador con el compromiso de pagar su funeral. Albaceas: José de Treviño, su hijo, y Nicolasa de Escamilla, su mujer. Ante Bartolomé González, alcalde ordinario. Hacienda de San Agustín, primero de abril de 1691. Agregada cláusula sobre algunas deudas y sobre ser suyos los esclavos, Juana, mulata; Jerónima, morena; Pascuala, mulata, y dos hijos suyos llamados Antonia y Miguel; Juan y Pedro, mulatos. A Juana, mulata, "por ser vieja y enferma y por lo bien qu

e me ha servido", le da la libertad. (Testimonio autorizado por el mismo alcalde, a petición de los albaceas.

Saludos y Bendiciones

Joel H Villanueva

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De: susana leniski
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Para: Genealogia-Mexico
Asunto: RE: #Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

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De acuerdo con Joel Villanueva los padres son Pedro de Amaya y Beatriz de Cardenas. Esa no es mi línea y no se la fuente documental. Esperemos que Joel conteste con la información. Suerte y saludos desde Seattle!

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Subject: #Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

Hola!

La pareja de Juan Treviño Navarro y Ana de Amaya se repite mucho en mi árbol, no sé si sepan cuales fueron lo padres de Ana de Amaya y se si encuentra relación entre ella y uno de los primeros pobladores de Saltillo llamado Julián Hernández de Amaya.

Saludos

#Genealogia.org.mx 35615 Ana de Amaya

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Buenos días y Feliz Navidad casi casi

Juan de Treviño es mi Eighth great grandfather de acuerdo al calculo que hace mi software de Genealogia

Tengo varias fuentes que corroboran esta relacion entre Juan de Treviño y Ana Maya

  1. El Acta de Defuncion de Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-9N9
  2. El Acta de Defuncion de Juan de Treviño, que aunque muy maltratada se lee casi al final que su esposa era Ana de Maya https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:9Q97-YS2S-98Q
  3. Y el testamento de Juan de Treviño que dice:

Testamento del regidor Juan de Treviño, hijo legítimo del caudillo José de Treviño, ya difunto, y de María Navarro, vecina de ésta ciudad. Dispone ser enterrado en la parroquial de ésta ciudad, donde tiene señalada sepultura, aunque tres cláusulas más adelante pide ser sepultado en la iglesia del convento de San Francisco, junto a la pila del agua bendita, "con toda la pobreza y humildad posible". Primeras Nupcias: declara que fué casado en primeras nupcias con Ana de Maya y que procrearon a Josefa, Juana, Catalina, José, María, Agustina e Isabel. Expresa que a Josefa la casó con Bernabé González Hidalgo; a Juana, con Antonio González Hidalgo; a Catalina con don Francisco de Treviño; a María con Marcos González Hidalgo y a Isabel con Pedro Almandos. Segundas Nupcias: declara estar casado en segundo matrimonio con Nicolasa de Escamilla, con quien ha tenido a sus hijos Miguel, Agustín, María, Gertrudis, Rafaela y Juan Crisóstomo. Bienes: caballería y media de tierra, con sus casas de vivienda; ganado, herramien

tas, etc. Otros dos sitios " de la otra banda del río de la Pesquería Chica", y otro del de la Pesquería Grande, colindando con tierras de los herederos de Hernando de Mendiola. Seis caballerías de tierra que compró a Bartolomé y a Antonio de Olivares y a la viuda de Blas de Olivares, incorporados a la hacienda que fué de Juan de Olivares, difunto. Doce y medio sitios de ganado mayor y menor y "ciertas caballerías de tierra" en el puesto de los Ayancuaras y que María Navarro, su madre, los hubo por herencia de Sebastián García, su marido y que ella dió al testador con el compromiso de pagar su funeral. Albaceas: José de Treviño, su hijo, y Nicolasa de Escamilla, su mujer. Ante Bartolomé González, alcalde ordinario. Hacienda de San Agustín, primero de abril de 1691. Agregada cláusula sobre algunas deudas y sobre ser suyos los esclavos, Juana, mulata; Jerónima, morena; Pascuala, mulata, y dos hijos suyos llamados Antonia y Miguel; Juan y Pedro, mulatos. A Juana, mulata, "por ser vieja y enferma y por lo bien qu

e me ha servido", le da la libertad. (Testimonio autorizado por el mismo alcalde, a petición de los albaceas.

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Joel H Villanueva

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De acuerdo con Joel Villanueva los padres son Pedro de Amaya y Beatriz de Cardenas. Esa no es mi línea y no se la fuente documental. Esperemos que Joel conteste con la información. Suerte y saludos desde Seattle!

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La pareja de Juan Treviño Navarro y Ana de Amaya se repite mucho en mi árbol, no sé si sepan cuales fueron lo padres de Ana de Amaya y se si encuentra relación entre ella y uno de los primeros pobladores de Saltillo llamado Julián Hernández de Amaya.

Saludos

#Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

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De acuerdo con Joel Villanueva los padres son Pedro de Amaya y Beatriz de Cardenas. Esa no es mi línea y no se la fuente documental. Esperemos que Joel conteste con la información. Suerte y saludos desde Seattle!

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Subject: #Genealogia.org.mx 35614 Ana de Amaya

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La pareja de Juan Treviño Navarro y Ana de Amaya se repite mucho en mi árbol, no sé si sepan cuales fueron lo padres de Ana de Amaya y se si encuentra relación entre ella y uno de los primeros pobladores de Saltillo llamado Julián Hernández de Amaya.

Saludos

#Genealogia.org.mx 35610 DICTAMEN

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DICTAMEN

Que por superior orden del excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Alonso Núñez de Haro y Peralta dignísimo arzobispo de esta diócesis etcétera y etcétera.

EXPUSIERON

Los doctores y maestros don José de Uribe, canónigo penitenciario, y don Manuel de Omaña canónigo magistral de esta santa Iglesia metropolitana de México.

SOBRE

El sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier del Orden de Santo Domingo en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe el día 12 de diciembre de 1794 en la solemne festividad de la milagrosa aparición de dicha santa imagen.

Si et ridebitur alicubi, materiis ipsis satisfiet:
multa sunt sic digna revinci, ne gravitate adorentur.

Ter. in L. advenis Valent, cap. 5.

Excelentísimo e ilustrísimo señor.

Por la declaración que ha dado el padre doctor fray Servando Mier, de orden de vuestra excelencia ilustrísima consta ya en forma lo que sabían muchos y presumían los más; esto es, que el padre Mier no ha hecho, sino publicar en el púlpito los pensamientos originales del licenciado don Ignacio Borunda, sobre la aparición de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Ha exhibido el padre Mier un sermón que dice lo ha sacado de su memoria fielmente y al tenor preciso en que lo dijo. Parece que en él se le olvidaron algunas cosas que sin duda produjo y que constan en sus primeros apuntes.

El notario, por equívoco, en lugar de preguntarle, si la tradición en que se apoyaba era universal, invariable y constante, refirió esta pregunta al libro manuscrito de Borunda. El padre respondió lo que consta, diciendo y con razón, que no entendía la pregunta; pero esto nada importa, para el asunto.

El predicador manifiesta claramente la persuasión en que se mantiene de ser verdaderas las ideas del licenciado Borunda{1} en su libro manuscrito intitulado Clave historial, que intenta darlo a luz y dedicarlo a nuestro augusto soberano.

Pero en obsequio de la verdad y para que no se impute al licenciado Borunda la falta de que es culpable el padre Mier, debemos hacer presente: que dicho licenciado aunque le comunicó al predicador a repetidas instancias sus pensamientos, no tuvo parte en que los publicara en el púlpito; pues antes bien procuró en algún modo retraerlo de esto. Copiaremos aquí a la letra el papel que en el día 7 de este enero escribió el licenciado a uno de nosotros (el penitenciario) «como hablo con quien conoce mi cortedad y se halla tan ocupado, dejo, este apunte de que a aquél sujeto ni le he visitado jamás, ni le conocía, y el cual ocurrió como cuatro o cinco veces apurado por materia como 15 días antes. Y habiéndole manifestado de buena fe mis apuntes le previne que exigen tratado difuso que aquel no podía fundar en un rato. No obstante él formó lo que le pareció, pero con riesgo suyo, como que a mí no correspondía calificar si era propio o ajeno del teatro.{2} Después me pidió lo conducente de mis borradores para manifestación de los fundamentos de su rudus indigesta que moles» Por lo que no es nuestro ánimo culpar al licenciado Borunda, y protestamos sinceramente; que cuanto dijéremos sobre su sistema debe referirse a la obra y no al autor, a quien no pretendemos injuriar ni zaherir.

Para calificar nosotros el sermón del padre Mier no necesitábamos hacernos cargo del sistema de Borunda, ni exponer el juicio que formamos de él. Aun cuando se calificara de verosímil, nuestra censura sería la misma que expondremos en su lugar, pero creemos propio de nuestra obligación no desentendernos enteramente de un sistema, que ha hallado ahora algunos protectores, y que en otros tiempos especialmente si pasaba a países en donde no se tiene la instrucción que aquí del idioma y tradiciones mexicanas, pudiera alucinar a algunos. Buen ejemplo nos dan de esto los modernos Buffon, Paw y otros varios que no obstante su erudición han delirado tanto estas materias.

Trataremos, pues, antes de calificar el sermón, del ridículo y delirante sistema borundiano, indicando algunas reflexiones que demuestran: que los delirios de Don Quijote de la Mancha, variada la materia, no se concibieron sólo en el festivo celebro de Cervantes.

En efecto el licenciado don Ignacio Borunda nos parece un Don Quijote histórico mexicano, que imaginándose, como el manchego que se dolía tanto de ver enteramente perdida la caballería, no haber historia alguna fiel mexicana, haber sido todos sus historiadores unos ignorantes del idioma, tradiciones, religión y costumbres de las naciones del Nuevo Mundo, quiso él resucitar esta muerta y perdida historia. No extrañe vuestra excelencia esta alegoría, que por ridícula podría parecer menos propia del serio y grave asunto que tratamos; porque cuando hablamos de delirios y de hombres delirantes es necesario explicarnos de esta manera y usar tal vez de una clase de estilo, que según la máxima de Horacio suele ser muy eficaz y propio para el convencimiento.

Ridiculum acri
Fortius et melius magnas pleruntque secat res.

El licenciado Borunda hombre de muy buenas costumbres, aplicado y que no carece de talento, es por otra parte de un genio oscuro, tétrico y recóndito, que desde su juventud en el Real Colegio de San Ildefonso daba no pocos anuncios de una fantasía expuesta a perturbarse. Dedicado en estos últimos años al idioma mexicano, y proporcionándole algunas comisiones relativas a indios por su profesión de abogado, el trato con éstos, y los viajes a varios de sus pueblos, se creyó y a en disposición de hacer su primera salida y desagraviar al orbe literario de los entuertos históricos que ha recibido de cuantos historiadores de Indias han escrito hasta el día.

A este fin ha leído según se colige de sus citas a Torquemada, Clavijero, Boturini y algún otro de esta clase de autores; pero ha tenido la desgracia de entresacar lo que ellos mismos califican o de menos probable, o de enteramente infundado y falso.

Ha dado otro paso, y éste ha sido su mayor precipicio. El idioma mexicano, como todos o casi todos los más, tiene palabras que significan cosas muy diferentes; a más de esto es alegórico y simbólico, sirviéndose muchas veces para significar una cosa de las calidades o atributos en que se asemeja a otras diferentes. Gobernado de estas ideas el licenciado Borunda se vale de una palabra, o interpretándola no según su vulgar y común significación, sino según otra que pueda tener, busca alguna alegoría y semejanza; y como cuantas cosas hay en este mundo por disímbolas y distintas que sean, se parecen en algo, las interpreta por aquella parte en que se asemejan y que es conforme a la idea que se propone; y da por cierto que el sentido alegórico que él inventa ha sido el de los indios. Pero como no bastaban las alegorías para llenar su idea, recurre a otros dos arbitrios que son variar las palabras y componerlas. Aunque todos los mexicanos hayan escrito hasta ahora Hitzilupuchtli, o Huitzilopochtli, Borunda quitando una letra, (y aún dos si se cuenta con la h) escribe Uitzlupuchtle para variar a su antojo la significación. Arbitrio igualmente del idioma en orden a la composición hace a las palabras simples compuestas y a las verdaderamente tales las anatomiza y divide a su capricho. El término omixiuiluitzino, que en la interpretación de Becerra Tanco se compone del nombre ix que significa semblante y el verbo cui que significa coger puesto en pasiva cuilo y da entender ser patente a todos el semblante de algo; este verbo, pues, lo diseca Borunda en iluitzino y mixiui dándole la disparatada inteligencia que después trasladaremos. Y éstos son los dos ejes del sentido compuesto y alegórico, sobre que rueda la portentosa máquina de Borunda. Sirva ya de ejemplo el extrañísimo delirio con que prueba que la imagen de Guadalupe representa a María Santísima preñada del verbo encarnado. Dice pues, que la imagen está ceñida con un cíngulo, el cual sólo se descubre por un ñudo que está sobre el vientre; ñudo en mexicano se llama tlalpilli, y ésta es la palabra simple; pero tlalpilli, continúa, también se puede entender por el principal de la tierra (acaso será componiendo una palabra de tlalli que significa tierra y pilli que significa caballero o noble). He aquí pues, el discurso, o delirio de Borunda. La Virgen de Guadalupe tiene sobre el vientre un ñudo que en mexicano se llama tlalpilli; tlalpilli significa también, o puede significar el principal de la tierra; es así que el verbo encarnado es el principal de la tierra; luego el ñudo que la Santísima Virgen tiene sobre el vientre, significa que está preñada del verbo encarnado. ¿Fue otro el delirio de Don Quijote cuando creyó, que la manada de carneros significaba un ejército o cuando tuvo por un gigante como el Briarco al molino de viento? Si este discurso de Borunda con todos sus cien términos silogísticos se aplica a cualquiera india preñada, aunque sea ramera, que esté ceñida y que tenga, como muchas veces traen, el ñudo sobre el vientre, ¿no se concluye la herejía más heretical que se haya oído?

No es menos ridícula la etimología de Tomatlán barrio situado al oriente de México en las cercanas de San Lázaro. El peñón esto es, aquel cerrillo al oriente de México, a cuya falda brotan unas saludabilísimas aguas no tiene, dice Borunda, por memoria o por tradición, anotación con que se distinguiese entre los indios, y sólo puede serlo aquel terreno o barrio que se llama Tomatlán. Sea así, pues Borunda lo dice, y oigamos ahora su inaudito discurso. La palabra tomatl, aunque simple y que significa tomate, si se descompone (capaz es Borunda de componer y descomponer con este arbitrio los entes más simples) resulta atl agua y tome de Tomás. He aquí convertido a Santo Tomás en tomate, o al tomate en Santo Tomás. Sigue el discurso: Tomatlán se compone de itlan cerca del tomatl, esto es cerca del agua de Tomás. Raro y monstruoso modo de alegorizar etimologías. Pasemos por la cercanía imaginaria del barrio de Tomatlán que dista media legua o más del peñón. La realidad es que de la palabra tomatl que significa tomate, y de la preposición tlan que significa junto o entre, se compone el barrio que tiene por nombre Tomatlán, o el lugar que está entre los tomates, por los muchos que habría en aquellos sitios, en otro tiempo cubiertos de agua, y en el que sin duda estarían plantadas muchas{3} chinampas en las que se cultivaría el tomate, como se observa aún hoy en todas las riveras de México. Con este nuevo arbitrio etimológico no hay desatino que no pueda asentarse, ya dividiendo a su arbitrio las palabras compuestas, y ya haciendo compuestas y dividiendo las simples; pudiendo v. g. decirse que la palabra latina corpus puede significar no sólo el cuerpo, sino la podre del corazón derivándolo de cor y pus. Pero entre las graciosísimas y adisparatadas aventuras del sentido compuesto y alegórico felizmente acabadas por nuestro caballeresco historiador, ninguna hay más rara que la aventura del tompiatle. Hay como todos sabemos, en la villa de Guadalupe junto a la iglesia antigua un manantial de agua azufrosa que llaman comúnmente el pocito. Supone Borunda que dicho manantial tiene la cavidad cilíndrica, y por tanto da por asentado que su figura es de cilindro. Concédase por ahora esto, y oigamos el discurso. El pocito de figura cilíndrica se parece al tompiatle que tiene igual figura; es así que tompiatle, en mexicano tompiatle, significa lo que guarda el fuego de Tomás, luego el pocito advierte parte de los prodigios que obraba aquel apóstol. La menor de este silogismo que por no estar en ninguna de las figuras que conocen los lógicos, estará también en figura cilíndrica, la menor pues de este silogismo la prueba nuestro autor usando de su cuchillo anatómico y dividiendo la palabra del modo siguiente: tetl fuego, pia guarda, tome Tomás quod erat demostrandum{4}. No importa que tompiatle sea palabra simple, no importa que el nombre tetl cuando entra en composición con verbo, y se pospone no debe perder las finales tl, nada importa todo esto, por que fuera cosa muy sensible que por dos letrillas, o que por unos impertinentes escrúpulos se hubiera de desgraciar este importante descubrimiento. Dichosas tiendas mestizas y de cacahuatería que no ya por semejanza, como el pocito parecido al tompiate sino real y verdaderamente depositan en los muchos tompiates que en ellas hay, tantos gloriosos monumentos que advierten parte de los prodigios que obraba aquel apóstol.

Sobre estos fantásticos, ridiculísimos y vanos cimientos ha levantado sin duda el licenciado Borunda su edificio de la Clave Historial. No es de nuestro cargo impugnar éste en toda su extensión; pero no podemos desentendernos de aquella parte de la clave que abrió a Borunda la puerta para los delirios guadalupanos que inspiró al padre Mier. Delirios que a no haber causado tanto escándalo en el público y que pudieran acarrear perniciosas resultas, deberían mirarse con sumo desprecio, sin otra providencia que curar el celebro a sus infatuados autores. Pero siendo preciso decir algo sobre ellos, y no siendo justo empeñar mucho las armas de la razón para rebatir locuras, sólo tocaremos algunos puntos de este desvariado sistema.

Todo él cae por tierra con sólo reflexionar las imaginarias épocas que soñó Borunda relativas a los mexicanos y sus antecesores. Él supone fundado ya y habitado el imperio de los toltecas en el país de Anáhuac a los cuarenta años de nuestra era vulgar, siendo así que apenas hasta el sexto o séptimo siglo de ella no se encuentran entre todos los historiadores juiciosos, vestigios que den alguna idea verosímil de la población del país de Anáhuac. Él confunde el tránsito de los pobladores de la América, que bien pudo ser o antes del diluvio, o si se quiere que sea después, por los descendientes de Nephtuin hijo de Mesraim y nieto de Cham. Él confunde, decimos, este primer tránsito que pudo ser a los países septentrionales de la América, con la población de Anáhuac de que no hay vestigios hasta el siglo sexto o séptimo de la era vulgar. Él adopta la vanísima opinión de una inundación general acaecida en todo este continente, que creyeron Buffon y Paw, y añadió de su celebro que esto acaeció en la muerte de Cristo. Pasa su desvarío a asentar que este hecho está profetizado al capítulo XXVI de Isaías, sin duda en el verso XIV sin otro fundamento sino porque allí se nombran gigantes;{5} lugar que no sabemos cómo pueda acomodarse a la pretendida inundación. Quizá es peor que todo lo dicho el que fija la época de la fundación del imperio mexicano a los cuatrocientos años de la muerte de Jesucristo. Desatino que sólo puede producirlo, quien no tenga ni la primera idea de la historia de este imperio.

Pero que mucho que se asienten éstas y semejantes quimeras contra lo que han escrito todos los historiadores desde Cortés hasta Clavijero, contra todo lo que manifiestan los mapas y pinturas antiguas, contra las tradiciones universales y más bien fundadas, que aprendieron de los primeros indios convertidos y de sus hijos y nietos los Benaventes y Sahagunes, los Alvas, Pimenteles y Acostas, si en concepto del licenciado Borunda ninguno de los que han escrito hasta ahora ha sabido esta historia, porque ninguno ha comprendido la energía simbólica del idioma y el verdadero espíritu de sus jeroglíficos, como lo ha expresado alguna vez a mí el penitenciario y lo da a entender claramente en su clave. Acabaron de alucinar a Borunda las piedras colocadas en la universidad, y al pie de la nueva torre de la catedral. Ha demostrado ya don Antonio de León y Gama que la primera no es otra cosa que un conjunto de jeroglíficos que representan varios atributos propios de diferentes Dioses como son la Teoyaomiqui, númen destinado a recoger las alas de los muertos, así en la guerra, como en los sacrificios después del cautiverio, de Cohuatlycue madre de Huitzilopochtli, de Cihuacohuatl, de Quetzalcohuatl y Mictlanteuhtli señor del infierno y de otros varios de sus muchos Dioses. Atributos y jeroglíficos que aunque diferentes tienen entre sí cierta orden y analogía, con que se forma una escritura, ante la cual hacían cada año las honras y exequias en memoria de los reyes, señores y soldados muertos en las batallas. Igualmente está demostrado y lo conocerá cualquiera que tenga ojos y alguna idea de la astrología y mitología mexicana, que la piedra colocada al pie de la torre nueva a solicitud de los canónigos comisionados para la obra, es un monumento, que contiene mucha parte de los fastos mexicanos, y también un calendario astronómico para explicar el periodo de los 260 días del año lunar. Pero por más que convenzan este modo de pensar los calendarios que se hallan descritos en Balades, Gemely, Beitia, Clavijero y otros muchos; por más que conspiren a lo mismo cuantos autores han escrito sobre la astronomía de los indios, el licenciado Borunda ve en ambas piedras con ojos simbólicos una cronología desde el principio del mundo hasta la muerte de Jesucristo, y un compendio de misterios relativos a la venida de Santo Tomás y a su nuevo pensamiento guadalupano. Digan los autores lo que quieran, clamen cuanto puedan los eruditos mexicanos que hoy viven, Borunda se mantiene firme en que la piedra de la torre es el verdadero Teomaxtli, o libro de Dios. No de otro modo que a pesar de los clamores de Sancho creía firmemente don Quijote, que la bacía del barbero era el mismo yelmo de Mambrino fabricado de un oro puro.

Es verdad que aunque el licenciado Borunda es un autor original y según nos parece el primero de este sistema, por lo que respecta a la impresión y estampación Guadalupana, pero en todo lo demás que sirve de fundamento a esta exótica idea, es decir en la venida de Santo Tomás y su identidad con Quetzalcohuatl ha tenido autores que seguir, y uno en particular de que sin duda copió sus fantásticas alegorías. Esta identidad entre Santo Tomás y Quetzalcohuatl{6} la promovió también el sabio y erudito Sigüenza en sus manuscritos de que hacen mención Betancur y el señor Eguiara en su Biblioteca Mexicana. Esta obra, o se perdió porque no sabemos que nadie la haya visto, o no llegó a escribirla Sigüenza, o se quedó ideada sólo y proyectada, como juzga alguno no sin fundamento. Pero por una dichosa contingencia ha llegado en estos días a nuestras manos un volumen en folio manuscrito tan conforme en todo a las ideas de Borunda, menos en las relativas a la imagen Guadalupana, que no dudamos haberlas trasladado fielmente de él. Débanos su autor, por otra parte benemérito, la moderación de callar su nombre, al que le hace tan poco honor esta disparatadísima obra intitulada Fénix del occidente, ave intelectual de rica pluma el apóstol Santo Tomás. Pero no omitiremos, para que no se nos censure, la alusión con que algunas veces hablamos de la obra de Borunda que el mismo autor del Fénix la anunció por su boca en el prólogo de la obra. «Y cuando esto así sea, y que ni la del célebre don Carlos, ni la mía hayamos emplumado a este Fénix, servirá la falta de una y otra de espuela, y estas mis rudas hojas de selva, en que entrando libremente y saliendo alguno de los caballeros andantes por los campos de la historia, sirvan a su exquisito gusto y paladar de ensalada, o vianda más sabrosa.»

No se nos oculta que aún cuando fuese cierta la venida de Santo Thomas a evangelizar a esta América, nada se concluía a favor de la aparición Guadalupana en su capa. Conocemos también que el arribo y predicación del apóstol a estos países es un problema histórico en el que no han faltado autores eruditos que sostengan la opinión que la afirma. A vista de esto nos creeríamos excusados de tratar este asunto, si una triste experiencia no nos enseñara las perniciosas consecuencias que personas aún eruditas han deducido de aquella venida, y cómo de siglo en siglo se ha ido desfigurando, pasando de grado en grado de una opinión probable, a un delirio improbable y aun pernicioso. Esto nos obliga a tratar con alguna extensión este punto, haciendo ver que el desnudo hecho de la venida de Santo Tomás a estos países, aunque no aparezca del todo falso, es poco probable; que su identidad con Quetzalcohuatl es una anécdota evidentemente falsa, dimanada de un torpísimo anacronismo; y últimamente, que aún cuando Santo Tomás hubiese venido a este reino y fuese el verdadero Quetzalcohuatl es un grande delirio creer que se estampó María Santísima de Guadalupe en su capa.

Afirmaron, no hay duda, algunos autores de esta América, de España y aún de los países extranjeros, sin fundarse en los jeroglíficos y símbolos mexicanos, que Santo Tomás vino a estos países y predicó a sus gentes; pero esto por sólo dos levísimos fundamentos. Fue el primero que habiéndose dado a las Américas el nombre de Indias por ser semejante a los que llevan este verdadero nombre en sus riquezas; conducidos algunos con la equivocación de los nombres opinaron que Santo Tomás que había predicado en la India, había evangelizado también en estas Indias. El segundo fundamento lo ministraron los restos de la religión católica que hallaron los primeros conquistadores en la América, ya por las noticias que encontraron en sus moradores de algunos misterios y ritos de nuestra religión, bien que obscurecidos entre groseras supersticiones y torpes errores, y ya por las cruces célebres que se encontraron en varios lugares conservadas en ellos antes de la conquista. Pero en cuanto a lo primero no es inverosímil, como opinan algunos críticos e historiadores juiciosos, que el demonio a quien Dios había permitido que dominara a estos pueblos e inspirara en ellos un compuesto abominable{7} de todos los errores y atrocidades que recibió en diferentes partes la gentilidad, pusiese particular estudio en establecer aquí esta impía imitación, ya fuese por abusar de las ceremonias sacrosantas (así se explica discretamente el elocuente don Antonio Solís) mezclándolas con sus abominaciones; o porque no sabe arrepentirse de aspirar con este género de abominaciones a la semejanza del altísimo. Cuanto al segundo las cruces célebres de Yucatán, de la Mixteca, de Querétaro, de Tepique y de Tianguistepec, o pudieron ser levantadas por noticia que tuvieran de la que erigió en la Isla Española Cristóbal Colón en su primera conquista en el año de 1492, o después en su segundo viaje, o últimamente en el de 1503 en que fundaron allí sus monasterios los religiosos de San Francisco. Los orígenes y principios de los reinos y los primeros años de sus conquistas, se hallan siempre envueltos en mentiras y fábulas. La piedad mal entendida, especialmente si se trata de cosas extraordinarias y milagrosas, finge con facilidad y cree sin repugnancia cuanto le parece que sirve de fomento a la devoción. Si las tradiciones de la antigüedad de dichas cruces hubieran sido universalmente recibidas no rehusaríamos darles crédito; pero ellas no se ven autorizadas en su origen sino por relaciones de algunos indios, y después publicadas por uno, u otro manuscrito en que alguno de sus mismos autores protesta no saber si lo que escribe es cierto. Pero si nosotros hubiésemos de tomar partido en este punto, no dudaríamos exponer la censura de los críticos una conjetura no mal fundada. Sea en hora buena que las noticias que se hallaron en estos países de algunos de los misterios de nuestra religión, que la semejanza con sus ritos, y que las cruces que en él había anteriores a la conquista prueben que alguno o algunos ministros evangélicos vinieron a este continente y enseñaron en alguna o algunas de sus partes el evangelio. ¿Luego hubo de ser este Santo Tomás ocupado, como consta, en otras conquistas espirituales, cuya venida a estos países no tuvo al principio otro apoyo que la equivocación del nombre de Indias, y que después se ha querido establecer no sólo envuelta entre mil ridículas fábulas, sino también a costa de extraordinarios milagros?{8} ¿No es más conforme a las prudentes reglas de una juiciosa critica conjeturar, que siendo esta América continente, o ya con las tierras septentrionales de la Europa, o sea con las, más orientales de la Asia, algunos hombres celosos de propagar la religión, y si se quiere por algún acaso nada irregular, pasaron a alguna de estas provincias, sembraron en ellas noticias de la religión de Jesucristo, dieron idea de sus ritos y plantaron algunas cruces? Diráse que no consta esta misión o pasaje; pero tampoco consta la de Santo Tomás sino por unos argumentos comunes a la venida de otros. La de éstos pudo ser sin milagro, la de Santo Tomás no se establece por sus autores sino a consta de maravillas; aquellos pudieron morir en estas mismas regiones y así quedarse sepultada en el olvido su venida; pero Santo Tomás habiendo vuelto a la Europa y a la Asia, era regular que hubiese dejado en ellas alguna noticia de este Nuevo Mundo, el cual entonces y hasta muchos siglos después se creyó inhabitable.

Acaso para ocurrir, a estas o semejantes dificultades inventaron los posteriores autores de esta opinión la identidad de este apóstol con Quetzalcohuatl, imaginando que en ella hallaban un poderoso argumento para acreditarla. En efecto éste ha sido el principal fundamento en que han estribado los autores posteriores a la conquista, para establecer la venida y predicación de Santo Tomás en nuestra América, y como esta identidad es la que hace más a nuestro asunto, es necesario detenernos en ella.

Y a la verdad si no nos constara, por incontestables documentos que el sabio y erudito doctor don Carlos de Sigüenza fue de esta opinión (bien que no se encuentra la obra en que la sostuvo) jamás nos persuadiríamos a ello. Y aunque su nombre la ha dado mucho crédito y se halla también defendida por algún otro, no dudamos afirmar que éste es un error contrario a cuanto han escrito los más graves historiadores del imperio y épocas de la población de esta América. No nos atreveríamos a avanzar esta proposición si no creyéramos poderla demostrar con datas cronológicas innegables.

Decía bien el célebre abad Bellegarde que la cronología y la geografía son los dos ojos de la Historia, la que sin ellos camina a tientas tropezando y cayendo en los más horribles precipicios. No creemos que al doctor Sigüenza le faltasen éstos, sino que alucinado por un exceso de piedad no reflexionó en lo mismo que sabía. ¿Qué mucho que el licenciado Borunda y el autor innominado de quien hicimos mención arriba, privados por lo menos del ojo de la cronología hayan delirado tanto y afanádose para acomodar a Santo Tomás cuanto refieren los historiadores mexicanos del supersticioso Quetzalcohuatl? Éste, del cual por común tradición de los indios cuentan sus historiadores que viniendo por el rumbo de Pánuco llegó a Tula donde fue rey como juzgan unos; o sumo sacerdote como asientan otros, o uno y otro como insinúa Torquemada, fue un hombre de color blanco y barba poblada, vestido con ropa talar, casto, muy rico, y opulento amante de las virtudes y enemigo de los vicios, legislador prudente, que al fin hechizado por Tezcatlipoca por medio de cierta bebida concibió vivos deseos de ir a los reinos de Tlapalla; que en el camino lo detuvieron los de Cholula donde gobernó veinte años hasta que pasando a la provincia de Coatzacoalco se desapareció allí, después de haber dejado a los cholultecas leyes y ritos que arreglaron su gobierno y su calendario. Este es el héroe que pretenden ser el mismo Santo Tomás, acomodándole al apóstol con extravagantísimas violencias todas las acciones y proezas del divinizado Quetzalcohuatl. Ya pues, si esta identidad es evidentemente falsa cae por tierra todo el fantástico edificio de Borunda y se destruye la aparente probabilidad con que se ha sostenido por algunos autores de Indias la venida a ellas de Santo Tomás. Tiempo es ya de proponer la demostración de ser falsa esta identidad. Quetzalcohuatl fue posterior a la era de Santo Tomás por lo menos setecientos años, luego Santo Tomás no puede ser el supersticioso Quetzalcohuatl. Los toltecas primera nación pobladora del país de Anáhuac, o del valle mexicano, de quien hayan quedado algunas aunque escasas, bien fundadas noticias, salieron desterrados y fugitivos de su patria Huehuetlapallan el año 596 de la era cristiana. Caminaron hacia el medio día por espacio de 104 años hasta llegar a un lugar que fundaron y pusieron por nombre Tollantzinco; pero apenas pasaron veinte años lo abandonaron, y caminando de allí hacia el poniente fundaron la ciudad de Tollan, o Tula el año de 720 de Jesucristo; y cuando se quieran atrasar estas épocas, el año de 667, o lo más tarde el de 518. Esta es, dice Torquemada la verdad de las más puntuales historias de estas naciones, y en ellas convienen casi todos cuantos han escrito con juicio de ellas. No es menos asentado que Quetzalcohuatl floreció después de fundado el reino de Tollan o Tula, ya se haga coetáneo al rey Huemac{9} como afirma Torquemada o ya anterior, o posterior como sienten otros. Pero siendo cierto que floreció en tiempo de los reyes toltecas, resulta con no menos certidumbre que floreció quinientos o seiscientos años por lo menos después de la venida de Jesucristo, y es de advertir que estas datas cronológicas sobre ser las generalmente recibidas, son las que adoptan los mismos autores de quienes han tomado Sigüenza y otros, cuanto refieren del embustero y supersticioso Quetzalcohuatl. ¿Y podrá en vista de esto sostenerse, aún como probable la identidad de Quetzalcohuatl con Santo Tomás, siendo este anterior al otro, cinco o seis siglos?

Y aunque esta sola reflexión desvanece enteramente todas las imaginaciones del licenciado Borunda no es fuera de propósito manifestar también las ridículas alusiones (más propio sería llamarlas ilusiones) con que se esfuerza a aplicar a Santo Tomás los hechos de Quetzalcohuatl. Y porque sería cosa infinita el referirlas todas apuntaremos sólo algunas. En efecto, ¿quién puede contener la risa al ver el empeño con que se interpreta el nombre del sacerdote tolteca para descifrarlo en Santo Tomás? El compuesto de Quetzali que significa pluma verde y cohuatl serpiente, interpretaron algunos con violencia, que significaba el cuate o mellizo precioso, con alusión a que cohuat o coat significa también el mellizo, y cuetzalli metafóricamente puede entenderse por cosa preciosa. Pero Borunda con su nuevo arte de etimología interpreta, el que domina al dragón alado; o al demonio; añadiendo que lo desterró Santo Tomás hasta Tabasco, en donde se halla todavía ¿Qué querrá decir esto?

Aquí llegamos con vista de los apuntes del padre predicador cuando recibimos los apuntes de Borunda que tenía aquel en su poder. Mas ¿con cuánto asombro hemos leído estos papeles? confirmándonos en el dictamen de la perturbación de fantasía de Borunda, y no hallando en su clave sino un libro cual describía Horacio,

Cujus velut ægri somnia vanæ
Tingentur spcies; ut nec pes nec caput uni
Reddatur formæ

Lo leímos y releíamos con gran fatiga y confesamos ingenuamente, que de muchos párrafos no hubiéramos entendido el frenético sentido, si no nos hubiera servido de intérprete el mismo predicador con sus apuntes, que como ha confesado contienen los pensamientos de Borunda. Sean ejemplo del desconcierto y exótica oscuridad del licenciado las cláusulas que asentamos aquí a la letra, a las cuales es muy semejante todo el cuaderno. «De manera que el sentido compuesto de esta cláusula es que la sabedora del Señor de la tierra de mucho de ella e iluminadora de pedir misericordia al tiempo del desquicio de sierras y al distribuir y hacer a veces el oficio de sus discípulos desde la cima, con la ciencia del señor se abatía en el trabajo, diligente de la tierra suya, que es del hilo de la tierra suya, lo cual sabía para sí, estando en el plan o superficie del juego de pelota purificando la tierra del común abandono de ella en las obras del Señor que lo es aquella sierra, como referido su contexto y etcétera.»

Vaya otra, si puede ser, más graciosa.

«Instruye pues esta tercera cláusula que en día de festividad viviendo aún en la tierra aquella Señora, esperó en la tierra lo que salió del camino de la sierra, sobre donde frecuentemente vive en ella la agua, que es el asentado cerro de la cima en la tierra de la fiesta, dentro de lo enroscado suyo que fue el fin de aquel desquicio al volar como ave el que tiró la sierra que salió donde acabó el caserío de la abra de la halda, abra de la carne que fue lo ocultado con la faja colgada del vientre de aquella diligente que guardaba la tierra al levantar las manos a lo alto donde salió su encarnación que corrigió la vida de los nacionales que era la negociación de carne humana tratada de sembradura de la tierra y etcétera» ¿Hablaría de otro modo un loco el más desatinado? Pero el padre Mier nos explicará estos oráculos.

Dice que, como instruye el peñasco de la universidad, habitada esta tierra de hombre muy corpulentos y situada su capital en las serranías del sur, en el día de la muerte de Jesucristo se arruinó gran parte todo este continente sin haberse escapado sino sólo doce en esta sierra de Tenanyuca; y que por tanto la muerte del Salvador es la era regional de los indios. Dura necesidad, señor excelentísimo, la que nos impone la apreciable comisión de vuestra excelencia de combatir con las armas de la razón el delirio. Las ficciones y falsedades manifiestas (dice el padre san Atanasio) no deben impugnarse; porque la impugnación les hace el honor de que parezcan creíbles: Nimis falsa non sunt refellenda, ne habita fuisse credibilia videantur. Pero como no hay vicio que no tenga abogado, ni error que no encuentre patrocinio, la verdad, aunque sea la más clara, se hace acreedora a la defensa.

Según la conseja que acabamos de trasladar, destruido casi todo este continente en la muerte del Salvador no quedaron sino sólo doce personas refugiadas en la sierra de Tenanyuca. Así se explica el padre predicador repetidas veces en sus apuntes. De estos doce, dice; descendieron los que poblaron después a México; en la muerte del Salvador, dice en otra parte de sus apuntes, se hundió aquella capital con gran parte de este continente, de cuyos habitadores sólo se salvaron doce en esta sierra de Tenanyuca como instruye el mismo peñasco… se anegaron entonces con gran parte de este continente excepto doce hombres regulares que se salvaron en dicha sierra. A los cinco años de esta época que forma la era regional de los indios vino Santo Tomás y se mantuvo aquí por espacio de veinte años, y entonces voló para el Oriente. Ahora bien, ¿cuántos moradores halló Santo Tomás en esta sierra? sin duda sólo doce adultos; y suponiendo entre ellos varones y hembras, porque de lo contrario se acababa toda la comedia, demos que las dos tercias partes de ellos eran mujeres y la otra hombres, para propagar la naturaleza. Hallaría pues Santo Tomás que vino a los cinco años doce adultos y cuarenta párvulos. Estos últimos no estaban en estado de aumentar la población hasta los catorce años, y formando progresivamente el cálculo de la propagación hasta los veinte en que voló Santo Tomás, no pudieron existir entonces cien hombres, fuera de los doce, de veinte años cumplidos, ni ciento que hubieran ya llegado a los quince. ¿Pues cómo ordenó Santo Tomás ocho mil sacerdotes aquí, en el tiempo de su predicación? Tantos, dice Borunda, fueron los ministros que aquí consagró, sin otro fundamento que el de su trastornado celebro. Toma la palabra Sempoale, que significa veinte, y por cuanto en el idioma mexicano hay esta palabra, asienta Borunda, que el santo apóstol leyó aquí veinte fundaciones, que en cada una de ellas ordenaba cada año veinte discípulos, y que resultaron ocho mil al tiempo de su partida. ¿Puede decirse cosa más disparatada, ni más contraria a la historieta que acaba de asentar de que cinco años antes de la venida del apóstol no había aquí más que doce personas? No disimularemos en favor del licenciado Borunda que esta reflexión puede desvanecerse reponiendo que aunque sólo fueron doce los que se salvaron de la imaginaria capital del sur, fueron otros muchos los que escaparon refugiados en la misma sierra de Tenanyuca de otras muchas naciones que habitaban por la parte del norte hacia Tula. Pero esto debía haberlo dicho el padre Mier, y no afirmar constantemente que pereció gran parte de este continente y sólo se salvaron doce. Es verdad que entre las cláusulas intrincadas y oscurísimas del licenciado se nota alguna que alude a haberse escapado otros fuera de los doce; pero esta noticia está asentada en términos tan confusos y enredosos que es disculpable el padre Mier{10} de no haber podido descifrarla; mucho más si se atiende a que esta solución destruye todo el misterioso sistema; porque si sobre los doce que se salvaron de la capital del sur se ha de contar en aquella era con otros muchísimos de otras naciones igualmente salvados en aquella era, si de la mezcla y confederación de unos y otros resultó la numerosísima propagación que se asienta a los veinte años de venido Santo Tomás, el pueblo que entonces y después hubo, debe referir su descendencia no tanto a aquellos doce del sur, cuanto a los muchísimos de las otras naciones del rumbo del norte. ¿Porqué pues las piedras sólo aluden a un pueblo descendiente de los del sur? ¿porqué el geniecito que tiene la imagen a los pies acuerda sólo la descendencia de aquellos doce, y no la de los otros que por ser muchos más en número deben reputarse como el origen y fundamento del pueblo descendiente? Quede pues asentado que las monstruosas inconsecuencias y anacronismos de que abundan los apuntes del padre Mier, son errores suyos porque los dice; pero más errores de Borunda porque los inventó y los dictó; pudiendo aplicarse al autor y representante de esta ridiculísima escena, con poca variación aquella graciosa quintilla

Si el papel de la comedia,
Es malo, según Heredia,
No es el más culpable aquél
Que representa el papel,
Sino el que hizo la comedia.

Entendido esto solamente en orden a la censura profana y literaria de la obra original y de la copia; y no respecto a la culpa teológica, que es mayor en el padre Mier; pasemos adelante.

Quetzalcohuatl, prosigue nuestro licenciado, era muy rico, habitaba palacios magníficos, y Santo Tomás edificó un suntuoso templo en Tula y usaba de muy ricos ornamentos sagrados. Quetzalcohuatl traía vestiduras largas hasta los pies, o sobre capa o manta sembrada de cruces coloradas; ésta vestía Santo Tomás, porque ésta es la vestidura de los patriarcas sucesores de los apóstoles, y porque a más de esto lo comprueba el que Moctezuma regaló una capa de la misma hechura a Cortés. Añádase que en la sierra de Tula en donde está el trozo de Minyo que significa el agua del coyote bautizaba Santo Tomás, quien también por su habilidad se llamó coyote. Delirios de esta clase se impugnan con sólo referirlos. Ni en tiempo de los apóstoles se usaron capas como las de los patriarcas orientales con cruces coloradas, ni la manta que regaló Moctezuma a Cortés las tenía, ni en aquellos tiempos se usaban ornamentos ricos sagrados para celebrar, ni había Instituto Monástico. Raro trastorno de ideas. Borunda confiesa que Torquemada traslada fielmente los hechos conforme a las tradiciones de los indios aunque no entendiera sus alegorías; pero a pesar de esto asienta por datas históricas, las que sueña, atropellando cuanto enseñan la Historia Eclesiástica, la profana y la misma razón.

Santo Tomás, continúa, estuvo veinte años en Tula hasta que apostatando aquellos pueblos de la verdadera religión se pasó a Cholulas allí estuvo Quetzalcohuatl veinte años como, asienta la tradición e insinúa Borunda otros tantos pues debió morar allí Santo Tomás, si es el verdadero Quetzalcohuatl; de lo que resulta que el santo apóstol estuvo en estos países, no veinte años como afirma el licenciado sino cuarenta. Desapareciose al fin y voló hasta Tlapala, esto es a Meliapor donde fue sepultado, que es el verdadero Tlapala, porque esta palabra significa lugar donde abunda el color. No sabemos por qué Tlapala signifique tierra o reino del color. Tlapalli en mexicano significa (es verdad) color, pero entre cuantos modos hay de componer palabras en este idioma no hallamos que mudada en a la i de un nombre signifique el lugar que abunda en lo que el mismo nombre significa. Pero sea de esto lo que fuere, ¿qué hay en Meliapor que haga llamar a esta ciudad por antonomasia, lugar de colores?

Ciertamente que al leer esta verdadera y genuina historia de la fundación de la Iglesia católica en esta América por Santo Tomás, tan exacta, tan circunstanciada, tan menuda; en que se refieren no sólo los hechos, sino que se asientan las épocas y datas fijas y precisas; al ver señalado el número de ocho mil sacerdotes, de veinte iglesias prefinido el tiempo de la venida de Santo Tomás y de su morada en Tula, como verá el lector en ésta no menos verdadera que graciosa historia (perdone Cervantes si le hurtamos sus adjetivos) al leer todo esto no podrá menos de exclamar quitándole de la boca las palabras al bachiller Sansón Carrasco, mudando el nombre de Cide Hamete Benengeli en el del licenciado Borunda y variando en poco las expresiones: bien halla el licenciado que la historia de nuestras antigüedades dejó escritas, y rebien halla el curioso que tuvo el cuidado de hacerlas traducir del arábigo borundiano en sus apuntes, de nuestro vulgar castellano. Se reservaba esta fortuna para la América y para nuestros días. Las iglesias del mundo antiguo aunque lograron unos escritores sabios, poco remotos de su fundación, Antioquia, la misma Roma, los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo cuyas iglesias y cuyos hechos escribe el mismo dios por la pluma de un historiador coetáneo, San Lucas, no están referidos con la exactitud e individualidad con que Borunda describe las iglesias de la América en aquella era y a su apóstol Santo Tomás. Por Borunda sabemos ni más ni menos toda la fisonomía de este santo apóstol, su color, la configuración de su rostro, cómo vestía, qué alimentos usaba, los baños que tomaba en la media noche, y hasta el número fijo de los que ordenó en las veinte iglesias. Lo más es que todo esto lo instruyen las piedras excavadas, sin que hasta ahora hayamos podido entender cómo vinieron estas piedras a la plaza de México. Ellas parece que vinieron de la serranía del sur{11} según indica Borunda en el pliego 1º de su Clave; pero por otra parte parece si se cree al padre Mier que a lo menos la que está en la torre se gravó en Tula en tiempo de Santo Tomás. Borunda asienta que fueron, no conducida, sino impelidas al sitio en donde está hoy México desde el Sur, ya por erupciones volcánicas, ya en fuerza del gran terremoto de la muerte de Jesucristo (sitio que en todo el tiempo de Santo Tomás y hasta cuatrocientos años después no se pobló, esto va a cuenta de Borunda por los mexicanos), ¿cómo pues se gravó este monumento a dirección de Santo Tomás? ¿A dónde se gravó? sino es que se diga{12} que los mexicanos apostatas después de cuatrocientos años de la venida de Santo Tomás conservaron tan vivas y puras las memorias de la historia universal y las profecías (todo esto contiene esa piedra divina en concepto del padre predicador) que les enseñó el Santo, que ellos la gravaron asentando por monumento histórico lo mismo que ya entonces, no creían. Esto sí que más que soñar, es delirar frenéticamente. Quien leyere señor excelentísimo en la Clave de don Ignacio Borunda repetidas frecuentemente estas cláusulas: instruye la piedra; advierte el monumento hallado; resulta de las piedras; creerá que en dichas piedras se hallan algunas figuras, o símbolos alusivos a lo que él establece, y que cuando menos por el sonido de las voces con que se significan, den ocasión a un juego de palabras semejante a aquél, con el Quijote de los púlpitos fray Gerundio probaba, que Santa Ana había tenido en su vientre a María Santísima veinte meses: et hic mensis sextos est illi; porque aunque ni el texto habla de Santa Ana, ni diga veinte, hablo por lo menos de meses. Pero ni aún estas semejanzas, aunque disparatadísimas, se hallan en las alusiones de Borunda. ¿Qué figura hay en todas las que contiene la piedra colocada en la torre que o por sí misma, o por el nombre que tiene aluda a que Santo Tomás vino a la América a los cinco años de la muerte de Jesucristo? ¿Cuál hay en toda ella, con la que, siquiera, a modo del et hic mensis sextus est illi, pueda probarse el número de los ocho mil ordenados por Santo Tomas? Nada hay en la piedra que aluda a sacerdocio. No sé con qué ojos vio en ella Borunda la corona que dice usaban los ordenados. Si el padre Mier nos prestase el singular microscopio de que usan su paternidad y el licenciado no para abultar los objetos pequeños, sino para ver los que no hay, por medio de él alcanzaríamos a distinguir el tintero del apóstol Santo Tomás, el claustro que habitaba y la iglesia: por medio de él veríamos las datas de la creación del mundo, de, la muerte de Adán, del nacimiento de Noé, de la prevaricación de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, de la construcción de la arca y del diluvio, de la fábrica de la Torre de Babel, de las plagas de Egipto, y sobre todo, del año, el día y la hora de la muerte del redentor. Todo esto señala la piedra; todo esto ha visto en ella por ministerio del anteojo de Borunda el padre Mier. Pero nosotros que no vemos ni tinteros, ni iglesias, ni patriarcas muertos ni vivos, ni ranas, ni mosquitos, ni estrellas, que en el medio día se oscurezcan por un eclipse, (rara astronomía) diremos como en otro tiempo Sancho a don Quijote, señor licenciado encomiendo al… hombre ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice, parece por todo esto, a lo menos yo no los veo. Pero el licenciado Borunda que ve en la piedra lo que imagina, ve en ella ministros de orden sacro, ve veinte iglesias o fundaciones, y aludiendo a que el nombre de Dioses, o sacerdotes sentzonuitznauac se compone de uitznauac; corona de espinas, tzontli pelo, senne en cada uno; arguye así: tzontli que significa pelo puede significar cuatrocientos (desde luego será perdiendo en la composición las primeras letras cen de centzonztli) Uitznauac corona de espinas, es símbolo del sacerdocio, senne quiere decir en cada uno; luego Santo Tomás ordenó en cada una de sus veinte iglesias cuatrocientos sacerdotes. Falta todavía: Cempoale, que significa veinte, quiere también decir el que tiene la cuenta poale, en cada uno senne; es así que veinte, cuatrocientos, ocho mil son los tres números mayores de la cuenta en lengua mexicana, luego Santo Tomás en los veinte años de su morada y en las veinte iglesias ordenó cuatrocientos en cada una y ocho mil en todas. Vengan cuantos delirantes ha habido desde que hay fiebres en el mundo que sobre seguro no formarán silogismo más disparatado. Temeríamos que creyese alguno que nos burlábamos, si no estuvieran a la vista los papeles de Borunda. A la manera del que sepultado en un profundo sueño, o acometido de una fiebre o delirio imagina, que se halla en una apacible tarde en medio de un agradable jardín oyendo sonoras músicas y conversando alegremente con una festiva tropa de jóvenes, pero de repente la tarde es ya noche, el jardín selva oscura, la música gritos espantosos, los jóvenes fieras horribles, sin que el que sueña o delira advierta ni le haga fuerza aquella transformación, así nuestro Borunda sin guardar consecuencia en sus mismas ficciones las varía, las altera y las muda repentinamente. Vimos a los doce mexicanos salvados de la serranía del sur y trasladados a la del norte y según parece confederándose y mezclándose los norteños formaron un pueblo, como dice Borunda anfibio; pero trastornada la idea del sueño ya se aparecen estos mexicanos viviendo Santo Tomás en las inmediaciones de México pidiendo a los de Tula la imagen de Guadalupe para adorarla, ya la desuellan como a la Tetehuinan, ya entra Santo Tomás en dicho templo irritado les quita la imagen. Despierten el licenciado Borunda y el padre predicador y díganos cómo o cuándo estos mexicanos que eran sólo doce se retiraron desde la serranía del norte donde estaban refugiados y en veinte y cinco años formaron un pueblo y una nación ya no anfibia sino distinta de la del norte; antes no aparecía sino el templo de Tula donde era venerada la imagen de Guadalupe, ahora fuera de aquel ya hay otro templo fabricado por los mexicanos en las inmediaciones de México, en donde éstos, hicieron el desuelle de la imagen; antes soñaban, que los Mexicanos{13} vinieron a fundar a México cuatrocientos años después de la muerte de Jesucristo ahora ya están a los veinticinco años de aquella era levantando templos en las inmediaciones de México. Si un loco, señor excelentísimo, hace ciento y más nos dilatamos, no tenemos los censores muy seguro el juicio. A haberse de tratar este asunto entre personas cuerdas, no omitiríamos una reflexión capaz por sí sola de desvanecer las fantásticas alegorías de Borunda. Es verdad que los mexicanos, ya porque carecían del uso de la escritura, ya porque, como otros pueblos, eran muy inclinados a los símbolos y jeroglíficos, usaban de ellos ingeniosamente para explicarse y para conservar por su medio la historia y la tradición. Unas cosas pues las indicaban con símbolos porque no podían expresarlas de otro modo los que no conocían el uso de las letras, otras, como, lo practican, aún las mismas que hacen uso de la escritura, para poner a la vista ciertas propiedades o dotes de las cosas, pero no es menos cierto que los indios representaban a los hombres en sus pinturas así con figura humana, como con el traje o vestidura que usaban. En este supuesto quien podrá creer que Huitzilupuchtli sea (como a cada paso sostiene y quiere probar el licenciado) el santo Cristo crucificado que hoy llamamos de Chalma, por el lugar en que se venera; cuando la figura de ese ídolo no representa de modo alguno ni la imagen, ni lo que el nombre significa. Si ellos querían representar a Jesús crucificado, a quién adoraban en tiempo de Santo Tomás, cuya imagen tuvieron y aún fue hecha por sus escultores (sino es que en su escultura inventa otro milagro semejante al guadalupano) ¿por qué no pintaban o esculpían un crucifijo? Ellos sabían, en el sistema de Borunda, pintarlo y esculpirlo, conservaban por la tradición la idea de su figura, el mismo nombre de Huitzilupuchtli en sentencia de nuestro autor da a entender el Señor de la espina al lado izquierdo, ¿porqué pues, volvemos a decir, los que pueden y saben, no pintan y esculpen lo que entienden y corresponde al nombre, y antes bien nos le representan en una figura que en nada se parece al santo Cristo? ¿En que se parece un hombre que trae en la izquierda una rodela, en la derecha un dardo azul, rayado el rostro del mismo color, con un penacho de pluma verdes en la frente, emplumada y delgada la pierna izquierda, pintados también y rayados muslos y brazos, ¿en qué se parece esta figura a la de Jesucristo crucificado? Sólo podrá creer esto, quien cree que las piedras excavadas son también un monumento de la predicación de San Juan Bautista de la de Jesucristo en vida mortal, y de la que hizo, dice Borunda, después de resucitado antes de su ascensión a los cielos. Alguno quizá, tropezará en este error de haber predicado Jesucristo después de su resurrección, pero interpretese benignamente de las celestiales conversaciones que tenía Jesucristo con sus discípulos, per dies quadraguita apparens eis, et loquens de Regno Dei. ¿Pero es posible que todo esto instruyen las piedras?{14} Ibamos ya a concluir este punto cuando nos encontramos con otra anécdota que no podemos entender. Ésta es la venida y predicación de los dos gemelos, que el licenciado asienta instruida por la tradición y los monumentos. ¿Quiénes son estos dos gemelos? Si el uno es Santo Tomás, será el otro su hermano; y he aquí un nuevo apóstol de la América, y si no es éste, ¿quiénes son estos dos gemelos que predican y convierten a estas naciones? Así duplica el sueño, transforma, varía y confunde los objetos. No es esto de admirar respecto, del que sueña; pero que hombres despiertos y en su entero juicio den crédito a semejantes increíbles ficciones, esto es lo que parecería más increíble, si no supiéramos que ha habido personas de juicio que adopten y apoyen las ideas de don Ignacio Borunda. ¡Miserable debilidad la del humano espíritu! Él apoya su creencia sobre aquello mismo que debía dificultarla, o retardarla; bastando para el vulgo que una cosa sea prodigiosa y admirable, especialmente en puntos de piedad, para abrazarla como verosímil. Sobra ya lo dicho para que se conozcan los fantásticos y aéreos fundamentos sobre que se levantan el sistema de Borunda y el sermón del padre. Tiempo es ya de dar alguna idea de las cuatro proposiciones que hacen todo el cuerpo del mismo sermón. Las expondremos por el orden (si es que hay alguno) en que las asienta el predicador, indicando solamente algunas de las notas que merecen; sin detenernos en ellas por que no estriba principalmente en esto la censura propia de nuestro instituto.

Primera proposición trasladada fielmente de los apuntes.

Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego, sino sobre la capa de Santo Tomás apóstol de este reino.

Para prueba de esta proposición se asientan otras muchas, que iremos notando. Santo Tomás apóstol vino y predicó en estos reinos. Esto es muy problemático, aunque no carece de probabilidad. Santo Tomás es el verdadero Quetzalcohuatl. Salvo el respeto que se lo debe al erudito doctor Sigüenza y algún otro, este es un invento mezclado entre mil fábulas y un tejido de anacronismos. Nada hay, señor excelentísimo, nuevo bajo del sol. El delirio más extravagante, que parece nacer en el día, suele ser un sueño muy viejo y antiguo. Ya hemos referido que el licenciado Borunda bebió sin duda en la graciosísima fuente del manuscrito que trabajó a mediado de este siglo el autor del Fénix del Occidente. Pero aún es más viejo este monstruo que ya corría según parece, desde México hasta Manila en el siglo pasado por los años de 1686 debemos este descubrimiento a un acaso. Habíamos ya extendido gran parte de nuestra censura, cuando estando yo el penitenciario confesando en la iglesia, llegó un sujeto distinguido y me presentó un cuaderno en 47 fojas escrito en el año sobredicho por el padre Manuel Duarte religioso jesuita. Es verdad que está su autor muy distante de la confusa intrincada mezcla de las extravagancias de Borunda, especialmente de lo que toca a la sagrada imagen de Guadalupe. Pero o fuese, que este jesuita hubiera tenido presentes los manuscritos del insigne Sigüenza, o que hubiese conferido con él esta materia, que uno y otro pudo ser, habiendo sido ambos contemporáneos; conjeturamos que el sistema de Duarte sea el mismo de Sigüenza. Si Borunda se hubiera contenido en explicar lo que (en nuestro juicio) leyó en Duarte, no excedería su sistema de los limites de un invento ingenioso, bien que (repetimos la salva hecha antes al erudito don Carlos de Sigüenza cuya profunda literatura merece nuestro respeto) falso en nuestro dictamen y contrario al sistema cronológico comúnmente recibido entre los historiadores de Indias. Pero nuestro licenciado pretendió adelantarse tanto que lo que en otros pudo pasar por ingenioso lo convirtió en un monstruo sin cabeza ni pies.

Sigamos los pasos del padre predicador. La venida de Santo Tomás a este reino cincos años después de la muerte de Jesucristo la comprueba la piedra excavada en estos últimos años y colocada al pie de la torre nueva de la Catedral por los canónigos comisionados para la obra de ella. Este delirio va enlazado con otros muchos. Esta piedra es monumento trabajado por orden de Santo Tomás, y contiene una historia universal de lo pasado y una profecía de la venida de los españoles el año de 1515. Los españoles habían descubierto el Nuevo Mundo bajo la conducta de Colón desde el año de 1492. El de 1517 descubrió Francisco Fernández de Córdoba el cabo de Cotoche de la península de Yucatán. El de dieciocho llegó a ella Grijalva. ¿Qué épocas son las de Borunda? Esta piedra manifiesta la destrucción de gran parte de este continente por el terremoto acaecido en la muerte de Jesucristo. Ya se ha demostrado que esta destrucción es un sueño. Señala también manifestando un eclipse la muerte del Salvador a la hora del medio día y tercero de luna nueva. Concuerda Borunda con esta expresión diciendo en la segunda foja del pliego 17 que aquel general terremoto está singularmente anotado por el eclipse solar extraordinario cuando estaban llenos de vino o a tiempo de los bacanales romanos al tercer día de luna nueva &. Esta expresión con la expresa terminante proposición del predicador afirma claramente que el día de la muerte de Jesucristo en el que acaeció el terremoto universal y el extraordinario eclipse era el tercero de luna nueva; pero esta proposición si no es herética, es próxima a herejía; porque si no es de fe que Jesucristo murió el día catorce o el quince de la luna de marzo, es por lo menos próximo a la fe; y por consiguiente decir que aquel día fue tercero de luna nueva es herejía o próxima a herejía. Esta piedra es el verdadero Teomoxtli. Este es un sueño: en ella tiene, (dice el padre predicador en los apuntes suyos que presentó) la católica religión una prueba irresistible, las Sagradas Escrituras un testimonio el más irrefragable de su verdad, y una como llave maestra o hilo de Ariadne para salir del laberinto de sus más intrincados pasajes. La primera parte de esta cláusula es a más de improbable por lo menos temeraria. La segunda es errónea porque se opone a una conclusión teológica deducida de principios de fe. La Escritura sagrada no tiene otro testimonio irrefragable de su verdad sino la misma revelación que nos enseña, que Dios que en ellas habla es infalible. Si se toma en otro sentido el testimonio, no tiene otro que la tradición, por la que sabemos ser aquellas y no otras las verdaderas Escrituras, y la Iglesia cuya autoridad nos obliga a creerlo así conforme a la célebre sentencia de San Agustín: Evangelio non crederem nisi me Ecclesiæ moveret authoritas. Últimamente si por testimonio se entiende el argumento de credibilidad, es error, temeridad y escándalo asentar, que en esta piedra comparada con milagros, martirios y etcétera es el testimonio más irrefragable de la verdad de las Escrituras. La última cláusula es cuando no otra cosa falsa, ridícula, e insolente. La verdad es que esta piedra como la explican Borunda y el predicador, es una prueba irrefragable y el testimonio más irrefragable de que ambos están locos.

Segunda proposición

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe mil setecientos cincuenta años antes ya era célebre y adorada por los indios, ya cristianos en la cima plana de esta sierra de Tenanyuca donde la erigió templo y colocó Santo Tomás.

Esta proposición se explica y desenvuelve en otras. María Santísima viviendo en carne mortal vino a la América a visitar a Santo Tomás. Proposición falsa o improbable. Estando aquí la madre de Dios se estampó en la capa de Santo Tomás. Esto sobre improbable y falso es contrario diametralmente a lo que asientan el predicador y su autor. Santo Thomas dicen ellos vino aquí, usaba en Tula de una capa sembrada de cruces coloradas y semejante a las que usaron los patriarcas orientales; es así que la manta en que está pintada la imagen Guadalupana no es de esta clase, luego esta aserción es contraria a lo que afirman sus mismos autores. No se ocultó al padre predicador esta dificultad, y para ocurrir a ella dice que Santo Tomás en el Perú usaba capa de dos lienzos, y que aunque en Tula no usaba de esta capa sino de la otra sembrada de cruces coloradas como los patriarcas orientales; pero de ahí mismo deduce que la otra la dedicó aquí a María Santísima: ¿spectatum admisi risum teneatis amici? ¿Puede haber cosa más ridícula? ¿Con qué Santo Tomás que venía ya vestido con su capa de cruces, traía guardada la manta peruana para que se estampara en ella María Santísima? ¿Y se podría tolerar (a no excusarlo un cerebro delirante) que unos hombres cristianos desfiguraran con cuentos indignos aun de viejas y niños, objetos respetables de la devoción sólida y de la piadosa creencia? La imagen de la virgen, se estampó, continúa, en la capa de Santo Tomás no por pintura a impresión de mano ajena, sino aplicándola María Santísima con un contacto físico a su cuerpo, que sirvió de molde natural a la imagen que del contacto resultó. Esta proposición si no es próxima a herejía, es próxima a error, porque, de ella se infieren legítimamente los más escandalosos absurdos. El valor de estas dos palabras mexicanas, omomachiotinextiquis y omocopintzino, con que se explica en un escrito antiguo la aparición Guadalupana, precipitó a Borunda en este enorme yerro. La primera compuesta de tres verbos machiotia, que significa señalar o sellar, nextia que significa mostrar, y quia que significa salir, da a entender dice Becerra Tanco, salió a verse figurada o impresa. De aquí infiere Borunda que la imagen Guadalupana estaba pintada muchos siglos antes de aparecerse. Rara lógica; como si el salir a descubrirse no se dijera con toda verdad de la que estando oculta se descubre por la primera vez, lo que puntualmente se verificó en la última aparición al señor Zumárraga; pues teniendo Juan Diego plegada la manta y descubriendo entonces la imagen que nadie veía, salió la imagen a verse descubierta. Lo mismo se debe decir de la otra palabra omocopintzino. Copina en sentido propio no significa sino segregar, o apartar una cosa de otra, y de aquí metafóricamente se usa, para significar el traslado o copia; ya sea de una cosa por otra imitándola, o ya sea amoldándola. Pero Borunda entendiendo ambas palabras en el sentido material y únicamente por sacar molde, infirió que aplicándose a María Santísima, viviendo aún en carne mortal, la capa de Santo Tomás a su cuerpo, sirviendo éste de molde, salió la imagen impresa y amoldada. Si en los delirios hay consecuencias óiganse las siguientes. Luego María Santísima cuando vivía aún en carne mortal y vino a visitar aquí a Santo Tomás estaba coronada de lucientes rayos, vestida de sol, adornada de estrellas, y pisaba la luna, teniendo a sus pies un genio o jovencito; luego tenía un semblante de catorce o quince años; luego (ahí va esa herejía) estaba preñada con el vientre abultado; porque todo esto en sentir de Borunda y del padre se halla en la imagen amoldada; y la imagen o figura sacada a molde no puede tener sino lo que tiene el mismo molde. Molde, lo saben todos (y así lo explica el Diccionario Castellano) es aquella pieza hueca, o instrumento, aunque no sea hueco, en que artificiosamente se vacía la figura, con todas las proporciones de aquella cosa que se quiere formar en bulto; y cuando quisiera responderse que esto sólo es verdadero tomando la cosa en un riguroso sentido, y no extensivo a toda imagen, de ahí mismo se infiere que las palabras mexicanas no significan lo que imagina Borunda, y que se explican bien sin contacto ni molde, sino por sólo una imagen pintada para representar un original.

Tercera proposición

La imagen Guadalupana, dicen nuestros caballerescos historiadores, estuvo adorada en el magnífico templo de Tula, hasta que apostatando los indios la desfiguraron maltratándola, y la maltrataron de manera, dice el predicador, que los primeros españoles quisieron retocarla aunque no pudieron. ¿Y de adónde consta que la maltrataron? porque esto significa, dicen, la fábula mitológica de los indios sobre el desuelle de la Teteuinan. ¿Por cierto que si desollaron a la imagen, cuál quedaría ella? Pero o ignorancia, dice el padre predicador, ¡de los frasismos de la lengua que ha impedido descifrar tan claras alegorías! ¡Oh! locura, exclamaremos nosotros, ¡oh furor atrevido y blasfemo de unos hombres tan faltos de juicio como de historia! Dejemos aparte la ridícula improprisima alusión de la Teteuinan. ¿Quién les ha dicho a estos hombres que la imagen fue así maltratada y la hallaron así los españoles? ¿No saben por declaración de testigos los más fidedignos; oculares, y jurados que en el año de 1667, en que, escribía el juiciosísimo Becerra Tanco, se conservaba la imagen sin haberse deslustrado, ni recibido alteración? ¿De qué fuentes bebieron la turbia noticia de que los primeros españoles quisieron retocar la imagen? Aún en el día y año en que escribimos esto, está la imagen en un estado en que no puede alegorizar a la desollada Teteuinan. Pero cuando llegamos a este punto permítase excelentísimo señor a la cordial devoción y humildísimo respeto que profesamos al hechizo de nuestros corazones, la imagen Guadalupana, permítasenos dirigir a vuestra excelencia una sentida y bien fundada queja. Es verdad, dice el citado Becerra Tanco, que aun cuando el lienzo en que se figuró la imagen hubiera padecido corrupción con el tiempo pasado, o la padeciera en lo venidero, ni esto fuera argumento de no ser verdaderas las apariciones de la Virgen Santísima y la impresión de su imagen en el lienzo ni de no ser esta milagrosa. Lázaro milagrosamente vuelto a la vida murió después y el cuerpo del sacrosanto Jesucristo presente real, pero milagrosamente bajo las especies sacramentales, pierde esta presencia por la corrupción de aquellas. Después de todo Dios con una providencia no común ha conservado esta imagen por más de dos siglos y medio contra las injurias del tiempo, del terreno, y acaso, lo que es más, a pesar de las piadosas irreverencias de sus mismos adoradores. Dígase la verdad, si la imagen está ya algo maltratada su rostro conserva aún aquella brillante hermosura y apacibilidad que hizo cantar al divino poeta mexicano Diego José Abad,

Qua seque amabilius quidquam est, neque pulchrius orbe.

Pero los colores se han amortiguado, deslustrado y en una u otra parte saltado el oro, y el lienzo sagrado no poco lastimado. Bien podría ser esto (sin perjuicio del milagro que veneramos) efecto de los voraces y roedores dientes del tiempo, pero no ha sido así. Un siglo y medio nada pudo contra la imagen; pero han podido y podrán mucho contra su conservación las acciones y prácticas de un culto mal entendido. Porque, ¿qué no se debe temer de un lienzo por su naturaleza frágil y deleznable, expuesto a impresiones continuas y muchas veces toscas que hacen mella aun en los mármoles y los bronces? Millares sin número de estampas, de lienzos, de medallas, rosarios, que se tocan a la imagen, ósculos con que se comprime aplicando a él labios y ojos húmedos con salivas y lágrimas, y esto ejecutado en ocasiones muy repetidas. Pero qué decimos; descúbrase la imagen, la besan millares de personas y aplican a ella con recio contacto no sólo las cosas piadosas que hemos dicho, sino aun los hombres sus espadas y las mujeres sus pulseras. Le consta a uno de nosotros que en alguna de estas ocasiones ha llegado mujer a besar la imagen, rozándose contra ella y llevándose en la saya algunas partículas del oro de los rayos; pero aún hay más; se dice y no sin fundamento que en algunas de las innumerables ocasiones que la imagen se expone, sin el resguardo de la vidriera, han tenido varias personas la osadía de cortar y llevarse algunos hilos de la manta; dícese no sabemos con qué verdad, que también alguna vez, se ha cortado y dado un pedazo del lienzo a persona de alto respeto; pero lo acaecido últimamente en el próximo diciembre de 94 es un hecho que no deja duda. Vio un capitular de la colegiata, en una de las noches que con tanta franqueza se expuso la imagen, que llegándose a ella un devoto atrevido cortó con las tijeras un pedazo del lienzo y lo llevó consigo. Estamos firmemente persuadidos a que vuestra excelencia ignora muchas cosas de éstas, y que si ha permitido otras lo ha hecho por un efecto de prudencia, porque no se creyera, si lo estorbaba que se oponía a unas piadosas gestiones, que no habían impedido sus respetables antecesores. Vuestra excelencia que sabe bien el respeto con que se tratan la imagen milagrosa y el portentoso pilar de Zaragoza, vuestra excelencia a cuyas luces no se oculta que las cosas cuanto son más sagradas deben estar más reservadas del contacto, ha tolerado a costa de un amargo y violento sufrimiento estas devotas irreverencias. Mas ahora que cerciorado vuestra excelencia de estos desórdenes y de que igualmente que nosotros, los lloran todas las personas de seso, ahora que todas uniendo si tuvieron ocasión sus votos a los nuestros, claman por el remedio, esperamos de la integridad y sólida piedad de vuestra ilustrísima que se corregirán estos abusos. El medio más fácil sería, que la vidriera se mantuviese cerrada con tres llaves, de las cuales una estuviese en poder de vuestra excelencia ilustrísima, otra del excelentísimo señor virrey y otra del señor abad de aquella colegiata, sin poderse jamás abrir por respeto alguno, o motivo de piedad; sino sólo en caso de que condujese su manifestación para algún importante fin del culto de la milagrosa imagen. Creemos que cuando se considerase conveniente para esto algún soberano real orden no se negaría a expedirlo el católico monarca que nos gobierna a representación de vuestra excelencia ilustrísima. Pero volvamos ya al asunto de que nos divirtió el celo de la conservación de nuestra imagen y del respeto que se le debe.

Decíamos pues, que es un sueño cuanto se dice del mal tratamiento que sufrió la imagen por los indios apostatas, y el retoque intentado por los primeros españoles. Éste es ciertamente uno de los pasajes que manifiestan con más claridad los groseros yerros en que precipitó a Borunda su empeño de acomodar, alegorizando, a Santo Tomás y a la imagen de Guadalupe cuanto leía de los antiguos mexicanos. Estos (conforme al común sentir de sus historiadores) recién fundada México habían ayudada a los coluas contra los de XochimiIco en una guerra. Poco después pidieron al reycillo de Coluacan una de sus hijas para consagrarla en madre de su Dios protector Huitzilopuchtli y obtenida o fuese por orden del demonio, o por barbaridad de sus sacerdotes, o por vengarse de un desaire que habían recibido de los mismos coluas desollaron cruelmente a la joven princesa de Coluacan y vistieron con su piel a un mancebo de los más esforzados. Aunque su padre el rey estaba en el templo cuando se ejecutó este horrible sacrificio, no pudo verlo por la oscuridad, que era uno de los dignos adornos de aquel infernal santuario; más luego que a la luz del copal que ardía en el incensario, con que el rey iba a tributar adoración a su divinizada hija, pudo descubrir tan horrible espectáculo, lleno de compasión y de ira salió del templo gritando por la venganza. Éste es el célebre suceso de la Tetevinan, o Teteuinnan madre de los Dioses, llamada también Tocitzin que el predicador explicando la doctrina del licenciado Borunda aplica al maltratamiento de la imagen Guadalupana, haciendo aquella célebre exclamación que hace tanto honor a todos los historiadores mexicanos ¡oh! ¡ignorancia de la lengua en los historiadores que les impedía descifrar tan claras alegorías! El rey de Coluacan es Santo Tomás, la doncella su hija es la imagen de Guadalupe, los que matan y desuellan a la princesa son los mexicanos, que habiéndolo pedido a Santo Tomás que les enviara desde Tula la imagen de Guadalupe la colocaron en su templo en las inmediaciones de México, pretendieron destruirla a tiempo que vino Santo Tomás y a pesar de la oscuridad vio aquel sacrílego atentado les quitó la imagen y salió de allí lleno de una santa ira. Sino{15} hubiéramos ya demostrado que los mexicanos en el sistema de Borunda no podían en veinticinco años, siendo sólo doce los escapados de la general destrucción, haber formado un pueblo distinto de los demás en estado de hacer la guerra, tratar confederaciones y etcétera, sino fuera notorio que el caso de la Teteuinnan era sentir de todos los historiadores fue posterior a la fundación del imperio mexicano, y está aún en la extravagante opinión de Borunda que la establece muy temprana, cuatrocientos años después de la muerte de Jesucristo; si esto no fuera tan patente ya nos detendríamos en hacer ver los insignes anacronismos del nuevo autor; pero aún sin ellos, sobrada materia da para reír la inaudita y disparatadísima alegoría. Pero tenga el licenciado Borunda el consuelo que si hay autores originales él lo es más que ninguno, porque dice lo que nadie ha soñado y sueña lo que nadie ha dicho. Síguense como corolarios frenéticos los que asienta Borunda de que Santo Tomás ocultó la imagen Guadalupana y otras muchas milagrosas, como el Santo Cristo de Chalma, la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, la de la Macana, la Conquistadora que está en Puebla, y no se escapa según parece la imagen de Jesucristo sepultado que se venera en Iztapalapa. Y esto ¿sobre qué fundamentos? sobre los mismos con que un maniático se persuade y quiere persuadir que lobo, gallina, o cosa semejante. Entre todas las alusiones que fomentaron esta su manía ninguna es más graciosa y disparatada que la del ídolo Huitzilopuchtli.{16} Supone Borunda contra cuanto han dicho los historiadores que el nombre propio de este ídolo es uitzlupuchtle, y según su costumbre lo divide en la palabra upuchtle y uitztli. Upuchtle dice, significa el que tiene a la izquierda; querríamos que nos explicase este modo de componer. No percibimos cómo de opuchmaye u opuchtle que significa lo izquierdo y de tle puede salir upuchtle para significar el que tiene a la izquierda. Mas sea de esto lo que fuere de opuchtli y uitztli que significa la espina, saca nuestro licenciado que el nombre del ídolo significa el que tiene a la izquierda la espina; esto es, continúa, la antiquísima imagen de Cristo crucificado que se venera en Chalma. ¿Y qué espina tiene a la izquierda este señor? ¿Será la llaga que abrió la lanza? y por cuanto la espina hiere, de ahí sale la alusión. La misma podría sacar Borunda de un nombre que significara espada, pedernal y cualquiera instrumento agudo con que pueda herirse. Con este modo de transformarlo todo en todo, que se ocultó a Ovidio, quedó convertido Huitzilopuchtle (llamado así del hermoso pajarito chupamirtos Huitzillin cuyas plumas tiene en el pie izquierdo) fiero Marte indiano, en el santo Cristo de Chalma. Y no se quedó sin parte Santo Tomás porque también este apóstol es Huitzilopuchtle, aludiendo a la llaga del costado situada a la izquierda de quien la mira, que tanto punzó como espina al apóstol Santo Tomás por su incredulidad &. Dos cosas son aquí dignas de notar; la primera que el ídolo que veneraban con este nombre no tenía espina, ni llaga a la izquierda, ni a la derecha; la segunda la ingeniosidad de nuestro autor; porque reflejando sin duda en que la imagen del Señor Crucificado de Chalma, como casi las más que representan a nuestro Redentor muerto en la cruz, no tiene la herida en el lado izquierdo, sino en el derecho, para que no se desvaneciera su disparatada alusión con sólo este argumento, ocurrió a él diciendo: que el señor que tiene la espina a la izquierda no quiere decir en su lado siniestro, sino a la izquierda de quien le mira; que vale tanto como querer probar, que Borunda es zurdo, porque escribe con la mano izquierda, en atención a que la mano derecha de Borunda está a la izquierda de quien le mira. No hay que admirarse; el santo Cristo de Chalma es también el dios del estiércol, o de la basura Tlacolteutl, porque es el que limpia las conciencias de los indios que allí se confiesan. Nunca acabaríamos si quisiéramos referir uno por uno los desconcertados sueños del autor, ni podemos hacernos cargo de todos, ni sería razón ocupar más la respetable atención de vuestra excelencia ilustrísima en éstas; que por más que quisiéramos moderar las expresiones no hallamos otras que las signifiquen sino las de locuras.

Cuarta proposición

Pasemos ya pues a la cuarta proposición que aunque asentada con variedad en los apuntes y sermón del predicador, se reduce en sustancia a que la imagen Guadalupana representa el misterio de la encarnación.

A consecuencia y para prueba de esta se producen las blasfemias y desatinos, de los que hemos apuntado algunos, indicaremos otros. Aquí entra el blasfemo raciocinio del Talpilli de que hablamos al principio: que la imagen representa una mujer embarazada; que la fimbria, o parte de túnica que fluye sobre sus pies, significa el almaizal, y éste las Sagradas Escrituras; que el color moreno del rostro significa también la encarnación y pasión de Jesucristo; que los tres frasismos con que los mexicanos explican la virginidad, dan a entender que María Santísima es virgen antes del parto, en el parto, y después del parto. Maravilloso descubrimiento, de que se sigue que usando los mexicanos de estos frasismos para denotar cualquiera doncella, toda la que lo fuere será virgen antes del parto, en el parto, y después del parto; y es menester no olvidarse que la joyuela que la Virgen trae al cuello es diamante, según el lapidario Borunda. Sigamos las alusiones, apuntándolos sólo por mayor. La luna que pisa la virgen representa su aspecto de tercer día de nueva, y está de color de tierra oscura para significar el eclipse solar a la hora del medio día de la muerte del redentor, que es la era regional de los indios. Portentosa fecundidad de herrar, dando a luz en una sola cláusula más yerros que palabras. La muerte del redentor acaeció en plenilunio y no al tercer día de luna nueva, la Luna no fue la eclipsada u oscurecida; y lo que es más habiendo sido el Sol el que se cubrió de tinieblas por el eclipse, la imagen Guadalupana está vestida de él, rodeándola sus rayos que manifiestan esplendor y lucimiento. El infantito que está bajo de la luna significa la estatura mediana de los indios que en la época de la muerte del Redentor sucedieron a los gigantes destruidos entonces; significa también{17} por sus alas la rápida incorporación de la Iglesia reciente mexicana con la antigua, y (¿qué querrá decir esto?) la rápida incorporación de la antigua naciente Iglesia mexicana con la fe de la encarnación y pasión de Jesucristo; significa también ese infantito que la Iglesia entonces tierna y siempre joven durará hasta la consumación de los siglos; significa también los tres colores de sus alas las prerrogativas de la Iglesia; la túnica significa las Escrituras. Si más se apura la materia hemos de encontrar en la imagen a Borunda escribiendo claves y al padre predicando sermones. La corona de la Virgen significa la pasión de Jesucristo, porque corona en mexicano se dice de tres maneras; o huitzinauac cerco de espinas, o xiuitsolli pegamento de la espina del año alusivo al año de la muerte de Jesucristo o tlatocoyolt o nombre de la tierra tratada hasta el tiempo de la conquista de teotlixconahuac corona de la frente del Señor, por haber quedado aislada en el terremoto de su muerte. ¿Se creería esto sino se leyera? Si porque corona en idioma mexicano se explicó con dichas tres palabras que sazonadas por nuestro historiador significan tan grandes cosas, lo mismo significan sin duda la corona del Gran Turco, o la del rey de Prusia. Corone la obra de oro de las significaciones de nuestro simbólico historiador y de nuestro predicador alegórico el imponderable párrafo tan lleno de graciosos disparates, como tejido de recónditas, abstrusas y estrafalarias cláusulas, en que Borunda prueba con una de sus alusiones del sentido compuesto que la imagen Guadalupana representa el misterio de la encarnación. Copiaremos a la letra este párrafo que merecía estar grabado en las puertas de todas las casas de locos como la insignia más propia de la demencia.

«Por el mismo contexto de aquel escritor en que refería el tercer modo o frasismo de la tradición como compuesto de ix, es manifiesto el honor de impresión que se cometió en él, inmutando esta sílaba en la de ich, que reducida a ix resulta aquel omixiuiliutzino significativo de la a quien reverencialmente otro descubrió en su secreto iluitzino, que había de parir mixiui, o el alto misterio de la encarnación del verbo divino, revelado por el arcángel San Gabriel y representado por símbolos nacionales en tan insigne imagen. El mismo frasismo omixiuiluitzino es común para significar la que descubrió el secreto iluitzino de parir mixiui, usándose hasta hoy la singular hierba que facilita los partos, conocida por suapatli, medicamento patli, de mujer suatl; y concordando la ceremonia preliminar al desuelle de la mujer que representaba a la teteuinnan, de acompañarla gran número de las de su sexo, especialmente medicas y parteras y etcétera.»

Pero basta ya señor excelentísimo de fatigar la atención de vuestra excelencia con la relación de tantos y tan desconcertados delirios. Es verdad que por muchos que sean los que hemos trasladado aquí, son muchísimos más los que contienen la Clave historial y el sermón. Nos contentamos con sólo haber manifestado al león por sola una uña, y ya es razón llegar por último al punto capital de nuestra censura. Ésta no depende ni está ligada a la verdad de cuanto hasta aquí hemos expuesto, porque aunque todo lo dicho no fuera cierto y evidente, como lo es, aun cuando la clave borundiana fuera un invento ingenioso y verosímil, el sermón del padre Mier era digno de la censura que vamos a explicar.

Supóngase por ahora como verosímil que Santo Tomás vino a predicar a estos reinos; supóngase que tiene algún fundamento su identidad con Quezalcóhuatl; permítase que las alusiones, símbolos, jeroglíficos y resultados que como dice Borunda instruyen las piedras y el idioma, no fuesen sueños, delirios, blasfemias y errores, sino un ingenioso y probable sistema; aún en estas falsísimas suposiciones el sermón que predicó el padre doctor Mier próximo pasado en el día de la aparición Guadalupana debe ser proscrito por vuestra excelencia ilustrísima por contener doctrina escandalosa, que perturba la piedad y devoción universal de esta América, e impugnando una tradición la más autorizada, y publicando en el púlpito supersticiosos e inauditos milagros.

Y comenzando por esto último es expresa la decisión del sacro santo Concilio de Trento en la sesión XXV bajo el título de Invocat Sanctorum, en el que expresamente manda: Que los obispos cuiden y velen, que no se admitan ni publiquen nuevos milagros sin su conocimiento y aprobación: nulla etiam admitenda esse nova miracula nice eodem recognocente et approbante Episcopo. Concuerda la decisión de Inocencio 3º que se halla en el Concilio General Lateranense, y está inserto en las decretales en el capítulo II bajo el titulo XLV de Reliquis et Veneratione Sanctorum, en la que terminantemente se manda que los prelados no permitan que los que concurren a sus iglesias para venerar a los santos y a sus reliquias sean engañados con ficciones y falsos documentos: Proelati vero non permittant eos qui ad eorum ecclesias causa venerationis accedunt, variis figmentis, aut falsis documentis decipi.

Es muy claro este punto y no necesita confirmarse con decisiones conciliares y pontificias autoridades y razones. Milagros nuevos, esto es, que nuevamente se publican o refieren, aunque se digan hechos en tiempos muy antiguos, necesitan para publicarse del reconocimiento y aprobación del obispo. ¿Mas que ha hecho el padre Mier? Él ha engañado al pueblo con falsos documentos y ficciones, y él ha publicado en el púlpito multitud de milagros que ni la silla apostólica ni vuestra excelencia ilustrísima, ni sus dignos antecesores, ni el común consentimiento de los fieles, ni historias fidedignas han aprobado por tales, ni se habían oído hasta el día. Numeremos algunos: Santo Tomás apóstol se desaparece volando desde la América hasta Coromandel; (vendría también desde la Asia hasta aquí volando) María Santísima viene en carne mortal desde la Asia hasta América y se regresa; no se nos dice cómo pero sin duda sería también por ministerio de ángeles; estando en Tula se aplica la capa de Santo Tomás y amoldándose a ella se estampa; los indios apostatas pretenden destruir la imagen y no lo consiguen, aunque la deslustran; Santo Tomás retirándose de Tula por la apostasía de los tultecas guarda en cuevas la imagen de Guadalupe y las tres de los Remedios, de la Macana y la Conquistadora de Puebla oculta también la imagen del Santo Cristo de Chalma y algunas cruces prodigiosas que han aparecido después; los primeros españoles intentaron retocar la imagen Guadalupana y no lo consiguen. Y he aquí, pasando en silencio otros prodigios que refiere Borunda más de una docena de sucesos milagrosos. Los más de ellos los publica el padre Mier en su sermón como historia genuina y verdadera; trata a los historiadores guadalupanos y aun a todos cuantos han escrito historias de esta América ya de desidiosos, ya de equivocados, y ya de ignorantes; y engañando al pueblo con ficciones en materia la más sagrada, alega no sólo documentos falsos, sino que canoniza por monumento histórico de sucesos muy principales desde la creación del mundo hasta la encarnación del verbo divino, la piedra que está en la universidad, y mucho más la que está al pié de la torre nueva de la catedral, soñando ver en esta última profecías singulares.

Y si este sólo capítulo bastaba para condenar el sermón del padre Mier, cuánto debe agravarse la censura por la doctrina escandalosa y temeraria que contiene, ofensiva de los oídos piadosos y perturbadora de una devoción sólida, y pía creencia establecida universalmente en todos los fieles de la América. En efecto el padre impugna y combate, con pretexto de que la exalta, una tradición respetable y tan autorizada como después diremos. La tradición constante y que se expuso a la silla apostólica en el libelo suplicatorio presentado al sumo pontífice Benedicto XIV asienta; que apareciéndose por la cuarta vez María Santísima al indio Juan Diego, y tomando en sus divinas manos las flores que el mismo por orden de la señora acababa de cortar en el estéril peñasco cerro de Tepeyac las puso en la manta de Juan Diego, encargándole que las llevase al electo obispo señor Zumárraga sin mostrar antes a ninguno otro; que los familiares del obispo desenvolviendo con violencia la manta vieron en ella rosas, pero sin poder discernir si eran naturales, o sólo bordadas en ellas; que al fin a presencia del obispo desplegó Juan Diego su manta o tilma, y cayendo en el suelo las rosas apareció entonces pintada en la misma tilma{18} la imagen cual hoy la veneramos. ¿Qué cosa más contraria a la sustancia de este milagroso suceso, que negar que María Santísima se estampó, o pintó en la manta de Juan Diego? Negar esto en la sustancia, en el modo, en el lugar, y el tiempo, afirmando: que ni se pintó entonces la imagen, ni a las faldas del Tepeyac, ni se pintó en el modo dicho, ni se pintó en la tilma del indio neófito, sino mil quinientos años antes, en la antigua Tula, en la capa de Santo Tomás y sirviendo de molde el cuerpo mortal de María Santísima, ¿es exaltar la tradición, o es impugnarla en todo? Pues que, ¿se exalta la verdad cuando se niega con el pretexto y la invención de hechos más prodigiosos? La verdad como dicen los filósofos consiste en indivisible, y tanto la contradice y la impugna el que le añade algo, como el que le quita. No exaltaría el verdadero hecho de la institución eucarística el que heréticamente afirmara, que Jesucristo había consagrado en vez de un pan común, un pan amasado por ministerio de ángeles. Ni dejaría de ser un hereje, el que pretextando, que exaltaba el amor de Jesucristo en su muerte, afirmara, que no había muerto pendiente en la cruz por tres horas, sino quemado vivo por espacio de un año. No nos detengamos en esto porque es evidente, que Borunda y el padre Mier han combatido y impugnado la tradición. ¿Pero qué tradición?

Si habláramos con otro, que no fuese vuestra excelencia ilustrísima deberíamos difundirnos en este punto como el más importante, para hacer ver el alto grado de credibilidad piadosa en que está colocada esta tradición. Pero si la sabiduría, la juiciosa crítica, y la sólida piedad de vuestra excelencia ilustrísima nos excusan el trabajo de un largo discurso sobre esta materia, la censura que nos ha confiado nos obliga a decir algo a cerca de ella. Y asentando desde luego que la tradición Guadalupana inferior a la divina y apostólica pertenece a la clase de las tradiciones eclesiásticas consideremos muy en breve el lugar tan distinguido que ocupa entre éstas; y para graduarla, confrontémosla con la sabia regla que en muy pocas palabras da el grande Vicente Lirinense, para discernir las verdaderas tradiciones. Habla este grande teólogo de las divinas y apostólicas y enseña conforme a la doctrina de San Agustín, que aquellas{19} verdades no contenidas en las Escrituras y cuya creencia no debe su origen a las decisiones pontificias y conciliares, si se hallan establecidas en todo tiempo, en todas partes, y por el consentimiento de todos, pertenecen a las tradiciones divinas y apostólicas: quod ab obnibus, quod ubique, quod semper retentum est. Tres notas, o caracteres que con la debida proporción se ven resplandecer en la tradición Guadalupana. Quod semper. Doscientos sesenta y tres años han corrido desde la aparición milagrosa de Guadalupe hasta el presente y desde entonces se halla establecido el culto de la imagen y creencia del milagro. Cuál y cuánta ha sido ésta en este último siglo no hay para qué decirlo, cuando lo publican hasta las piedras y los bronces; cuál fue en el siglo anterior lo demuestra la información jurídica recibida el año de mil seiscientos sesenta y seis por orden del venerable deán y cabildo de esta santa Iglesia y comisionados para ella como jueces cuatro capitulares de la misma. Información, en que testifican de común acuerdo el milagro y la creencia de los años anteriores más de veinte testigos y entre ellos personas de ochenta, de ciento y de más años, que recibieron esta verdad de los mismos que vivían al tiempo del milagro, y lo supieron de los sujetos por cuyo medio lo obró Dios. Información presentada primero a la silla apostólica en la Congregación de Ritos el año de 1666 como atestigua Anastasio Nicoseli en su relación impresa en 1681; Información, a que dio motivo la anterior solicitud que en año de 1663 hicieron los señores virrey y arzobispo, cabildos eclesiástico y secular y todas las religiones pidiendo al señor Alejandro VII que el día doce de diciembre fuese festivo en todo el reino, y se rezase generalmente en memoria de dicho milagro en toda la Nueva España. Información, a que habían precedido las historias escritas por Miguel Sánchez impresas en 1648 y la del bachiller Luis Laso de la Vega escrita en idioma mexicano y dada a luz en el siguiente de 1649. Y si retrocedemos hasta los años anteriores a éstos, bien sabido es el culto y creencia de este milagro por los años de 1629 de la memorable inundación de México. Más cerca del origen, consta, por papeles de la Ilustre Congregación de Guadalupe, el culto de esta milagrosa imagen por los años de 1573 ó 74, que paran en el Archivo de la Colegiata, que he visto yo el penitenciario, y quien (volviendo más hacia atrás) tengo también en mi poder la escritura otorgada en 1562 de imposición de cierta cantidad de reales que Martín de Aranguren mayordomo que había sido del señor Zumárraga recibió a censo sobre sus casas, perteneciente (dicha cantidad) a la ermita y bienes de Nuestra Señora de Guadalupe. La perpetuidad constante de esta creencia desde su origen, si se quiere aún mayor prueba, la atestigua con moral certidumbre la antiquísima relación copiada por don Fernando de Alva muerto antes del año de 1650, y nacido por los de 1570, o poco más. Este asegura que trasladó dicha relación de unos papeles muy antiguos y curiosos de un indio, lo que evidencia que la relación se escribió muy pocos años después de la aparición. Y cuando no bastase (que sobra) el testimonio del laboriosísimo y eruditísimo padre Florencia que vio y tuvo en su poder esta copia añádanse Sigüenza, Miguel Sánchez y Luis Becerra Tanco, testigos no menos fidedignos que escribieron por esta antiquísima relación. Argumentos todos invictos de la perpetuidad de esta creencia, a quien no se descubre otro origen ni principio, que el del mismo milagro y el tiempo en que se obró, sin que se sepa que en algún año no se creyó, o que empezara en otro, que no sea el de 1531. Primera nota de la tradición: quod semper, y de una tradición común y universal: quod ab omnibus no sólo del pueblo, difundida no sólo por el vulgo, sino apoyada por los sabios y piadosos prelados en todas las provincias de esta América, y especialmente por los de esta iglesia metropolitana; sostenida por las historias, sermones y libros de piedad, que han escrito hombres literatos de todas las religiones; autorizada por la protección devota de los excelentísimos señores virreyes. En pocos términos: Los señores arzobispos y obispos, con todos los eclesiásticos, seculares y regulares, los señores virreyes y magistrados, la nobleza y la plebe, mujeres y hombres, viejos y niños, todos han tributado a este milagro el culto y la veneración más sólida y tierna. ¡Pero qué gloria, excelentísimo señor, para la sagrada mitra mexicana que dignamente ciñe las ilustres sienes de vuestra excelencia ilustrísima, haber sido ella siempre el más firme apoyo de este culto! No hablemos ahora de este siglo y medio último en que tenemos a la vista y tocamos casi con las manos los muchos y sólidos monumentos del empeño, con que los señores arzobispos de esta metrópoli han promovido la devoción Guadalupana. Y reduciéndonos sólo al primer siglo, desde el primer año de su aparición, puede con toda verdad afirmarse: que cuando se perdieran todas las historias, todos los escritos, los monumentos todos de la tradición Guadalupana, quedaría ésta sobradamente autorizada con sólo los fastos de la Iglesia mexicana y de los prelados que la gobernaron en dicho primer siglo. Ocho de estos sagrados varones se cuentan desde el año 1531 de la aparición hasta el de 1631, y omitiendo al ilustrísimo señor Bonilla, que no llegó a tomar posesión de esta mitra, todos los demás nos dejaron un piadoso monumento de su amor a María Santísima de Guadalupe. El señor Zumárraga dio principio con sus expensas a la fabrica de la primera ermita, que se le levantó; la perfeccionó el señor Montúfar; el señor Moya y Contreras pone en corriente la dotación de huérfanas fundada en aquel santuario; y para que en ningún tiempo estuviera sin ejercicio la devoción de la Iglesia mexicana hacia esta imagen, en la vacante que hubo desde la muerte del señor Moya y después de la presentación del señor Bonilla hasta el gobierno del señor don fray García de Santa María y Mendoza, nuestro venerable cabildo amplió el pequeño templo de Guadalupe celebrando con asistencia del excelentísimo señor virrey Real Audiencia y Tribunales allí mismo esta reedificación; sucedió el expresado señor don fray García de Santa María que se hizo admirable entre otras cosas por su aprecio hacia la portentosa imagen, y a cuyo ejemplo trataron los mexicanos edificarla una nueva iglesia. Comenzó ésta a levantarse en el gobierno del excelentísimo e ilustrísimo señor don fray García Guerra y se dedicó y bendijo por el ilustrísimo señor Pérez de la Serna en el año 1622; reparó esta misma iglesia el señor Manzo y Zúñiga, y restituyó a ella la imagen Guadalupana, desde nuestra catedral, que por causa de la inundación del año 1630 se había conducido a esta catedral. Siglo dichoso, siglo verdaderamente guadalupano, el que corrió desde el año 1531 en que se apareció la imagen hasta el de 1631. Y siglo no menos glorioso para nuestra imagen por los cultos que en él recibió, que honroso para los prelados mexicanos que se lo tributaron. No ha sido vuestra excelencia inferior a sus gloriosos predecesores en esta parte. ¿Pero qué sabemos si aquel dios que permite muchas veces los males y se vale de ellos como ocasión para hacer muchos bienes y que del fondo de las más densas tinieblas hace salir las más brillantes luces, qué sabemos si este gran dios habrá permitido el público desvarío con que se desfiguraba la tradición del milagro guadalupano para proporcionar al celo y piedad de vuestra excelencia ilustrísima la oportuna ocasión de confirmar más y más el portento y creencia, interponiendo a este fin su respetable autoridad? Nada más necesitábamos nosotros, para demostrar la universalidad, segunda nota de esta tradición, Quod ab omnibus. Pero cómo podremos pasar en silencio una circunstancia que la realza, y hace ver, cuan unánime y firme ha sido el consentimiento de los fieles en esta creencia. Porque quien no se admira, cuando considera atentamente que habiendo la severidad de la crítica, que declina tal vez en el escollo de la temeridad huyendo el de la crédula superstición, atrevídose a poner en duda las más respetables tradiciones, acordada y tímida a vista del portento guadalupano le ha tributado, por lo menos, el culto de un respetuoso silencio. Y sin hablar ahora de otras piadosas tradiciones, ¿acaso ha respetado la atrevida crítica no ya de los herejes, sino de algunos católicos, para no ponerla en duda en públicos escritos, la verdad de la traslación de la Santa Casa de Loreto? ¿Ha respetado la tradición célebre, sólida y digna de la más piadosa creencia de la aparición de María Santísima al apóstol Santiago en las orillas del Ebro, y del singular don que hizo a la España de su imagen y del pilar sobre el cual se venera en la ciudad de Zaragoza? Injusta y atrevidamente, pero han impugnado una y otra en públicos escritos aun doctores católicos. Mas la tradición Guadalupana, a manera de un sol en el medio día mas sereno, cuyas luces no se atreven a opacar los densos vapores de la tierra, brilla y resplandece en el orbe de la iglesia, sin que hasta ahora se haya atrevido una terrena crítica a levantar abiertamente nubes sospechosas, que la confundan. ¿Y esto en qué tiempo? puntualmente en este último siglo en que perdido todo el respeto y veneración que se debe a la Iglesia y a sus piadosas tradiciones, desenfrenada contra ellas la erudición soberbia del espíritu filosófico, se califican las tradiciones piadosas por errores vulgares, y la creencia de casi todos los milagros de supersticiosa credulidad. Corre sí, o por mejor decir vuela, en alas de la piedad y con las plumas de escritores piadosos, no sólo por toda la España (que casi compite con nuestra América en el culto de nuestra imagen y en la creencia de su aparición) sino por Italia y Francia, por Austria y Alemania, por Baviera y Bohemia, por Polonia y por Nápoles, por Flandes, Irlanda y Transilvania. En todos estos países se venera la imagen Guadalupana de México; en todos corren y se leen relaciones impresas; en Roma y Alemania se describe con toda puntualidad este portento; mas hasta ahora no ha habido italiano o francés, alemán o polaco, no ha aparecido hasta ahora escritor alguno extranjero o nacional, que haya osado impugnar públicamente esta maravilla. Admirable providencia de Dios que tanto se ha esmerado (permítasenos esta expresión) en que se propague esta piadosa creencia, reprimiendo tal vez y dejando sofocados en los senos más ocultos de algún crítico sus sospechas y dudas. Y podrá haber alguna, en que esta tradición está caracterizada con la nota de universal. Quod ab omnibus.

Y ya con esto queda también demostrada la tercera nota de ser ésta una tradición de los fieles de casi todo el mundo católico. Si las dos Américas se pueden llamar la mitad de él, si España y Italia componen su más floreciente parte, ¿en cuál de todas ellas no se venera esta tradición? y si ella no ha sido extranjera, como ya expusimos, en los demás países católicos, ¿qué resta ya para concluir que le conviene la otra nota de difundirla, por todo el mundo? Quod ubique.

Ni podía faltar la uniformidad a una tradición de esta clase. Ésta es como enseñan los doctores católicos la nota, que más caracteriza la verdad, ya sea la infalible de los artículos de nuestra fe, ya sea la moral, objeto de una piadosa pero digna creencia. La mentira es inseparable compañera de la variedad; y la verdad siempre se sostiene en la uniformidad. Este poderoso invicto argumento que tanto ha confundido a los protestantes es (hablando con la debida proporción) el más eficaz, para probar la verdad del milagro guadalupano. Doscientos sesenta y cuatro años ha que se creó este portento, que se escribe, que se pinta en lienzos y láminas, y que se graba en bronces y mármoles; pero siempre se ha creído como se ha escrito, se ha escrito como se ha pintado, se ha pintado como se ha gravado: que María Santísima después de haberse aparecido cuatro veces al feliz neófito Juan Diego apareció pintada en la tosca tilma del mismo a presencia del señor Zumárraga; esto es lo que han creído los fieles, lo que han escrito los autores, lo que los pintores han trasladado al lienzo y lo que nos han puesto a la vista los grabadores y escultores.

Ninguna otra cosa podía exigir la más severa crítica para graduar esta de una tradición eclesiástica y verdaderamente universal de la América, y casi universal de todo el orbe católico; pero la piedad no se contentaba aun con esto, y Dios en honor de su madre y de su imagen de Guadalupe llenó los deseos de sus devotos dando el último y mayor realce a esta tradición. Es notorio el empeño con que este cabildo mexicano uniendo sus votos a los del señor Escobar y Llamas obispo de la Puebla virrey de México y gobernador de su arzobispado, a los de la nobilísima ciudad y de todas las religiones pidió en 1663 al señor Alejandro VII la misa y rezo propio relativo a la aparición Guadalupana para el día doce de diciembre. Es igualmente notoria la solicitud sobre esto mismo que repitió en 1667 acompañando la célebre información que en 1666 se recibió con la mayor solemnidad previa citación fiscal y aprobada por el cabildo sede vacante remitida a Roma en el siguiente de 67.{20} Pero no es menos sabido que a pesar de una postulación tan bien fundada, de los esfuerzos de los apoderados en la curia, y del interés que tomó en el particular el eminentísimo señor cardenal Julio Rospilliozi, ni en 63 se impetró la gracia, ni el de 67 aun ocupando el solio pontificio con el nombre de Clemente IX el expresado cardenal protector. La empresa decía este eminentísimo, en carta escrita al magistral de la Puebla de los Ángeles el señor Peralta es muy dificultosa y no será fácil la consecución de lo que se pide. En iguales términos se explicó, siendo ya sumo pontífice por el año de 67 ponderando la dificultad de la postulación. Sepultóse, pues, en el silencio y olvidando este punto por espacio de ochenta años se excitó el heroico celo del padre Juan Francisco López de la Compañía de Jesús, el que pasando a Roma como procurador de su provincia impetró del sumo pontífice Benedicto XIV el oficio y misa propia de la aparición. Quien examinare en las balanzas de una juiciosa crítica el peso y autoridad que dio a la aparición Guadalupana esta gracia, no podrá menos que confesar, que toca en la raya de la temeridad, quien contradice a esta piadosa creencia. Examinarse el milagro una y dos veces por la sabia congregación de ritos con todo el rigor y severidad que acostumbra; calificarla digna, de que se celebre con misa propia, y que se lea en todas las iglesias y por todos los fieles de Nueva España en los sagrados fastos del divino oficio, haciéndose expresa mención de ella en las lecciones del segundo nocturno, aplicándola un pasaje el más alusivo a este favor en el tercero, y elogiándola en algunas de sus antífonas; especialmente en aquella en que haciéndose una comparación de la América con todos los demás países del mundo resuena por todo él desde el alto solio del Vaticano que María Santísima no ha hecho gracia, semejante a la que se dignó conceder a México, a alguna otra nación. Non fecit taliter omni Nationi ¿No convence que nuestra tradición ha subido casi hasta el último grado de piadosa credibilidad? ¿Y cuándo y por quién se concedió esta singular gracia? A los dos ciento veintitrés años de aparecida María Santísima en México, siendo así que en más de quinientos años no pudo conseguirlo la piedad italiana para la Santa Casa de Loreto, ni la de España en más de mil setecientos para la milagrosa imagen de María Santísima del Pilar de Zaragoza. ¿Y no parece que para cerrar enteramente los labios a la osada crítica disponía Dios que esta aprobación, por medio del oficio y misa propia, la hiciese aquel pontífice, cuya sabia erudición en materia de milagros y cuya severa circunspección en calificarlos manifestada en sus inmortales escritos ha puesto a la curia romana y a la santa silla ha cubierto de las mordaces sátiras de los herejes en esta materia? Un pontífice pues, que a la autoridad de supremo pastor y cabeza de la Iglesia añadía la que le daban su profunda sabiduría, su universal erudición y su severa crítica, no contento con los sabios dictámenes de la sagrada congregación todo lo examinó por sí mismo; leyó cuantas historias y papeles llevaba consigo el padre López; confirió con él muchas veces esta materia, y llegó a persuadirse tan íntimamente de la verdad de este milagro, que el mismo (si se cree al autor de la relación del culto de la real congregación Guadalupana sita en Madrid) compuso la oración para la misa y el oficio. Lo que no admite duda es la tiernísima cordial devoción que profesaba el señor Benedicto a la imagen mexicana de Guadalupe, devoción que explicó en términos los más afectuosos, cuando instándole humilde, pero eficazmente el padre López a que en la oración se hiciese, como se hace en las lecciones, expresa mención del milagro, le respondió (no teniendo a bien condescender en esta parte con su súplica) el Santo Padre,{21}que más he de concederte de lo que le has conseguido; te aseguro que he hecho más por los mexicanos y en obsequio de la imagen Guadalupana que por los italianos en honor de la Santa Casa de Loreto.

En vista de esto no puede menos, que calificarse de escandalosa y perturbadora de la sólida piedad la doctrina que contiene el sermón del padre doctor Mier. En efecto no puede ponderarse la conmoción que ella ha causado no ya en el pueblo y rudo vulgo; sino entre los más sabios, la ridícula soñada aparición que publicó. Pero si estos se escandalizan despreciándola, podría sin duda causar otro género de escándalo más nocivo en el pueblo menos instruido. Éste que no distingue las tradiciones piadosas de las divinas, éste que en la común y antigua creencia de sus padres y mayores encuentra uno de los argumentos más eficaces de la credibilidad de los misterios de la religión, los que llegan a sus oídos por el órgano de los predicadores en los púlpitos, y a quien en cierta manera se le sensibilizan por medio de las festividades sagradas con que se celebran; este pueblo, digo, quedaba expuesto a caer en el error más grosero, inducido de este sermón; porque formando un discurso, bien que falso pero de mucha fuerza para unas vulgares luces diría, o podría decir: doscientos y más años ha que se nos predica que María Santísima nos dio su imagen pintada en la tilma del indio Juan Diego, esto han creído nuestros padres, esto se escribe en los libros, esto protestamos en nuestras piadosas oraciones públicas y privadas, esto celebra la misma iglesia en la santa misa, esto nos dicen no sólo nuestros curas sino nuestros obispos, esto veneramos pintando en los lienzos que penden de las paredes de los templos y de las casas, y después de todo; esto es mentira. Así lo ha dicho y predicado en la fiesta más solemne un ministro del Señor, a presencia del mismo excelentísimo señor arzobispo pastor de nuestras almas, oyéndolo el excelentísimo señor virrey, los más respetables Tribunales y un numeroso pueblo; luego es mentira o por lo menos dudoso lo que por tantos años hemos creído acerca de este milagro. Pues qué sé yo se diría, si será lo mismo de cuanto nos enseñan acerca del misterio de la Trinidad, de la encarnación, y etcétera. El discurso sería falso, no hay duda; ilegítima y mala también la consecuencia; pero a ella induce el sermón del padre Mier, como inducen aunque por medio de discursos falsos y malas consecuencias a errar contra la fe todas aquellas doctrinas, que sin ser heréticas, son escandalosas, temerarias, y perturbadoras de la sólida piedad.

Esto sin duda tuvo presente el Tribunal Santo de la Inquisición general de España para prohibir por su decreto de 28 de agosto de 1720 cierto papel impreso intitulado: Examen de la Tradición del Pilar. Este decreto se halla copiado en la disertación del padre fray Manuel Risco continuador de las obras del reverendísimo padre fray Enrique Flores en el tomo XXX de España Sagrada y es del tenor siguiente: «Nos don Diego de Astorga y Céspedes y etcétera. Hacemos saber que se ha difundido un papel impreso en diez hojas cuyo título es Examen de la tradición del Pilar cuyo asunto es negar la tradición de la venida de la santísima virgen María Nuestra Señora de Zaragoza, el cual papel contiene muchas proposiciones contrarias a los decretos pontificios, irreverentes a los piadosos decretos del rey nuestro señor y de sus gloriosos progenitores, expedidos en favor de la piedad de esta tradición, injuriosas a gravísimos autores españoles y extranjeros, arrojadas y presuntuosas; depresivas del honor de nuestra nación, y que entibian y retraen de la piedad y religión con que los españoles y extranjeros veneran aquel santo templo, y del culto que dan a María Santísima en su santa capilla, excitativas de emulaciones entre personas y comunidades eclesiásticas respectivamente. Y poniendo en duda el autor de dicho papel la venida del apóstol Santiago a España, contraviene también a lo decretado por el Santo Oficio en el índice expurgatorio del año 1707 en que mandó borrar la proposición de la misma duda en las obras de Lorino. Y habiéndose tratado y conferido este negocio con pleno conocimiento con los señores del consejo de su majestad de la santa general Inquisición, y con muy graves teólogos y calificadores, se ha hallado que demás de las censuras referidas, el asunto y cuestiones de dicho papel se desvían del dictamen de los preceptos apostólicos, que prohíben la ciencia de inflación y inútil curiosidad con tenacidad del propio juicio, y sin debido rendimiento a los verdaderamente sabios, y al de no sentir con unánime afecto y caridad las cosas que inclinan y persuaden al favor de la devoción, religión y piedad. Y por cuánto es de nuestra obligación promover la devoción y piedad de la referida tradición de Nuestra Señora del Pilar, con acuerdo y parecer de los señores de dicho Consejo de su majestad prohibimos dicho papel intitulado: Examen de la tradición del Pilar. Y mandamos poner y ponemos perpetuo silencio para que nadie pueda escribir contra dicha tradición; antes sí permitimos y damos facultades a los escritores, para que en sus obras siempre que llegase artículo en que oportunamente se pueda tratar de la dicha tradición, escriban en su apoyo con todos los fundamentos que hallaren conducentes. En testimonio de lo cual mandamos dar, y dimos el presente y etcétera. El arzobispo de Toledo, inquisidor general.»

En el mismo año a los ocho días de marzo el católico y piadoso rey Felipe Quinto dio igual testimonio al de la Inquisición por su soberano decreto que es a la letra como sigue: «habiéndose publicado un libro en cuarto cuyo título es: Historia de España parte sexta; impreso en Madrid por Francisco del Hierro este presente año, se hallan puestas en el principio de este tomo antes del argumento principal de él tres hojas, en las cuales entre otras cosas se intenta hacer incierta la Historia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, que por tradición piadosamente se cree, y devotamente se testifica en aquella santa capilla todos los días en la oración que se canta en ella; y siendo muy de mi desagrado, que con impertinentes vanas curiosidades se quiera entibiar la devoción con que España y todas las provincias cristianas veneran aquel santuario; y que se exciten disputas inútiles a que ocasionen escándalo en los ánimos constantemente católicos y ardientemente píos de mis vasallos. Mando al Concejo que luego, luego de providencia para que de todos los ejemplares del libro referido se quiten y supriman las tres hojas primeras de él; y que de ésta mi resolución se despache cédula y se remita al cabildo de Zaragoza para que la ponga y guarde en el archivo como prenda de mi especial devoción a aquella santa y milagrosa imagen.»

A no ser tan clara, y mucho más a la erudición de vuestra excelencia ilustrísima y conocimientos que lo adornan de la historia, la semejanza de las dos tradiciones Cesar augustana y Guadalupana, nosotros haríamos ver, cotejando lo que han escrito los historiadores de la primera y de la segunda que son casi los mismos los fundamentos en que se apoyan. Y valga la verdad si la falta de historiadores contemporáneos es una conjetura tan débil para impugnar la verdad de un hecho constante por la tradición (como demuestran los juiciosos críticos que tratan esta materia) contra ninguna milita menos este debilísimo argumento que contra la Guadalupana. ¿Cuántos siglos pasaron para que las tradiciones francesas sobre el obispado parisiense de San Dionisio, y sobre el arribo de Santa María Magdalena al reino de Francia, se publicarán las historias? ¿Cuántos hasta la primera que refiere el favor de María Santísima del Pilar? Pero por singular beneficio de dios a esta América, apenas había pasado un siglo cuando comenzaron a publicarse impresas en idioma español en 1648 la relación de Miguel Sánchez, en 1649 la mexicana de Luis Laso, en 1660 la del jesuita Mateo de la Cruz, y apenas corrido el siglo y medio salió a luz en Toscano la de Nicoselli. Pero hemos hablado hasta ahora de una época muy atrasada, porque, como demostramos arriba, en los años cercanos a la aparición comenzó ya a publicarse esta por relaciones mexicanas de cuya existencia hay moral certidumbre. La autoridad, pues, que da a la verdad del milagro de María Santísima del Pilar la tradición movió al católico monarca Felipe Quinto y al Tribunal Santo de la Fe en España a las severas prohibiciones que hemos trasladado. Porque en la historia a que se refiere el real decreto se intenta hacer incierta la historia de Nuestra Señora del Pilar, porque ella da motivo a que se exciten disputas inútiles, que ocasionen escándalo en los ánimos constantemente católicos y ardientemente píos de los españoles, manda nuestro monarca católico que se quiten y supriman las tres hojas de aquella historia en que se hace dudosa la tradición. El Tribunal Santo de la Fe condena el otro papel, ya porque contiene proposiciones contrarias unas a los decretos pontificios, otras injuriosas a gravísimos autores españoles y extranjeros, y ya por otras arrojadas y presuntuosas, que entibian y retraen de la piedad y religión con que los españoles y extranjeros veneran aquel santo templo. Un papel, dice este venerable tribunal, que fomenta la ciencia de inflación e inútil curiosidad, con tenacidad del propio juicio y sin el debido rendimiento a los verdaderamente sabios, no sintiendo con unánime afecto y caridad las cosas que inclinan y persuaden al fervor de la devoción, religión y piedad merece una grave censura. Por tanto el señor inquisidor general arzobispo de Toledo con acuerdo y parecer de los señores del Consejo de su majestad de la santa y general Inquisición no sólo prohibió aquel escrito, mas también mandó poner y puso perpetuo silencio para que nadie pueda escribir contra la tradición del Pilar.

El escándalo que dio motivo a estas justísimas providencias aunque muy grave es menor, que el que podía causar el sermón que censuramos. En las historias muchas veces se hecha mano de lo verosímil a falta de lo verdadero; en los papeles críticos es permitido y aun necesario que el ingenio corra por la provincia de lo probable, tropezando tal vez en lo incierto; pero en el púlpito, cátedra divina en que el predicador como ministro de Jesucristo enseña las verdades santas, deben ser éstas el fondo todo de los sermones, a los que si conviene el adorno de la elocuencia y erudición que los hermosee, debe estar muy distante de ellos el afeite de la mentira que desfigure las verdades comúnmente recibidas. De aquí es, que más escándalo recibe el pueblo de una falsa doctrina predicada en el púlpito, (especialmente en las circunstancias de una extraordinaria solemnidad a presencia de un pontífice de la Iglesia de un príncipe secular que representa al rey y de los magistrados y cuerpos más respetables de la República) que de ella misma publicada en una historia, o en un papel critico.

Esta última reflexión, teniendo presentes los fundamentos que hemos expendido, comprendo y justifica el dictamen que hemos formado del sermón del padre Mier, reducido a los dos siguientes puntos, primero: Este sermón (prescindiendo de las censuras teológicas con que merece calificarse en otro tribunal) contiene una doctrina escandalosa ajena del lugar sagrado en que se publicó, injuriosa a gravísimos autores españoles y extranjeros, fomenta la inflación y tenacidad del propio juicio contra los preceptos apostólicos, perturba la devoción, religión y piedad, combatiendo una tradición constante, uniforme, universal, por lo menos era esta América, y calificada como piadosa por la misma silla apostólica.

Segundo: Siendo propio del celo, autoridad y potestad de vuestra excelencia ilustrísima corregir los desordenes, y precaver los abusos que puedan originarse de semejantes doctrinas escandalosas publicadas en el púlpito por los predicadores, juzgamos: Que vuestra excelencia ilustrísima, si su prudencia lo estima por conveniente, mande extender un edicto, o carta pastoral en la que haga saber al pueblo que el sermón predicado en la iglesia de la Insigne Colegiata de María Santísima de Guadalupe el día 12 de diciembre de 1794 es un tejido de sueños, delirios y absurdos, que no tienen otro origen y fundamento, que el de una fantasía alterada, vendiéndose en él por historia genuina y verdadera, vanas y ridiculísimas fábulas, y que por tanto no merecen adoptarse, no ya como doctrina probable, más ni aún como leve conjetura; que con esta ocasión, se exhorta a todos los fieles a que se conserven era la devota creencia apoyada en la piadosa y sólida tradición de que María Santísima madre de Dios y nuestra, habiéndose aparecido al indio Juan Diego se dignó dejarnos para nuestro beneficio y consuelo pintada su celestial imagen en la tilma o manta del mismo Juan Diego, la que se venera hoy en la iglesia de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe. Que a este fin y para que no se perturbe esta piadosa devoción se prohíbe a todos los predicadores seculares y regulares, que puedan predicar contra esta tradición; y antes bien se les exhorta y encarga, que cuando se trate en los púlpitos oportunamente de ella, hablen en su apoyo con todos los fundamentos que hallaren conducentes.

Nos parece, señor excelentísimo, que siendo éste el más oportuno medio para corregir los escándalos y serenar las perturbaciones que ha causado en los ánimos el sermón censurado, es al mismo tiempo una providencia correspondiente a la legítima autoridad de vuestra excelencia ilustrísima a quien toca guardar, conservar y prescribir los medios de distribuir en los púlpitos el depósito de la sagrada doctrina.

Pero habiéndosenos pasado también los papeles del licenciado don Ignacio Borunda, y siendo ellos el origen primero del hecho que ha dado ocasión a este expediente, nos parece propio de nuestro cargo exponer sobre ellos nuestro dictamen; y desde luego estamos persuadidos; que el licenciado Borunda está libre de culpa, y que no hay motivo, para sospechar en él malicia, o siniestra intención, y menos para hacerlo reo del error que contienen muchas de sus proposiciones hijas en parte de su ignorancia de la teología y de la historia eclesiástica, y en el todo de la perturbación de su fantasía. Él, no menos que el imaginario héroe de Cervantes; que impresionado de las ideas caballerescas ya ponía en libertad a las delincuentes que llevaba en collera la justicia; ya en descomunal batalla rompía los cueros del vino tinto, ya acometía la devota procesión de los disciplinantes, creyendo firmemente que en estos hechos, por sí culpables, hacia un grande servicio al mundo todo; él no menos persuadido a que sirve a la santa madre Iglesia católica, a la monarquía y al Estado enristra la pluma y comete mil entuertos teológicos e históricos con la más sana intención. Con la misma (porque no dudamos de ella) hace presente a vuestra excelencia que a los calificadores no les asiste inteligencia en el idioma mexicano, especialmente en los sentidos compuesto y alegórico y los cuales son notorios a las personas juiciosas que por muchos años lo han observado, y lo comprueban las citas de impresos que se apuntan en los mencionados borradores. Éste era ni más ni menos el escudo con que se armaba don Quijote para rebatir a todos aquellos que pretendían desengañarlo de sus disparatadas y graciosas ideas; porque con decirles que no entendían de achaques de caballerías, con añadir cómo lo hizo con el canónigo, el sin juicio es vuestra merced pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan verdadera; lea estos libros y verá el gusto que recibe de su leyenda… daba solución a cuanto se le oponía. No de otra manera nuestro licenciado a cuanto pueda oponérsele sacado de los historiadores responde que éstos no entendían de achaques de los sentidos compuesto y alegórico. Así lo ha creído y lo ha asentado. Y si aquellos sabios historiadores mexicanos peritísimos en el idioma e instruidos más que otros, como más cercanos a la era de la América gentil, nada entendieron de esto, ¿quién habrá entre los que hoy florecen que lo entienda? seguramente ninguno; de lo que inferimos, que a todos comprende la tacha que el licenciado nos ha puesto. Pero para no dejarlo con este escrúpulo será razón decir algo sobre esto.

Y, en primer lugar, no estamos tan desnudos ni somos tan pobres en el idioma mexicano, como nos supone el licenciado Borunda. Uno de nosotros (el magistral) fue por muchos años cura de indios, trató con ellos; lo que basta para que no le sea extranjero el idioma. El otro (el penitenciario) cura también en algún tiempo, hizo un largo estudio de esta lengua, y cree que aunque no la posee para hablarla le bastan los conocimientos que tiene de su sintaxis y el manejo de artes y diccionarios de ella, y de los historiadores mexicanos para discernir el sentido compuesto y alegórico.

Mas a la verdad no es necesario tanto para absolver este escrúpulo. El más ignorante del idioma mexicano puede calificar el sermón del padre doctor Mier y el sistema de Borunda, con sólo una mediana tintura de teología, historia eclesiástica e historia de las Indias. Pues que, para calificar un papel en que dando a los idiomas hebreo, siríaco y caldaico una inteligencia diferente y aun contraria a la recibida por los intérpretes se asentará:{22} que el maná que llovió del cielo eran dulces chirimoyas de la América, que la vara de Moisés era el árbol del chicozapote, que el santo rey David usaba una peluca blonda, y otros iguales desvaríos, especialmente si lastimaban algo las verdades recibidas por la Iglesia; para calificar semejante papel; ¿era menester la posesión perfecta de dichos idiomas? Si los resultados (para hablar con los propios términos del autor) de las interpretaciones borundianas son contrarios a lo que enseñan comúnmente los historiadores eclesiásticos y profanos, a las tradiciones eclesiásticas, y a una sana razón, no es necesaria la inteligencia de los sentidos compuesto y alegórico de la Clave de Borunda, que en su última declaración rehúsa que se llame Clave historial, y hubiera acertado si dijera que ni es historial, ni es clave. Ella no es otra cosa como hemos demostrado, que una confusa colección de ficciones, de absurdos, y de delirios, que contra la fe que se debe al común consentimiento de los historiadores de la América, inventando épocas, y sucesos desconocidos de todos los historiadores eclesiásticos, fingiendo monumentos proféticos, soñando milagros aunque viejos por la era que de ellos se supone, enteramente nuevos por inauditos, que carecen de toda calificación y aprobación superior, mezcla y confunde entre ridículas y vanísimas fábulas una respetabilísima tradición impugnándola y combatiéndola en puntos muy sustanciales. Por todo esto, y sin perjuicio ni ofensa de la jurisdicción y derechos del Santo Tribunal de la Inquisición, que debe también en nuestro juicio tomar conocimiento sobre la clave y el sermón, a vuestra excelencia ilustrísima pertenece no menos conocer, como ya fundamos, del segundo y de la clave, así por la incidencia del sermón, como por los milagros que en ella se asientan. Nulla etiam admit tendal, son las palabras del Santo Concilio de Trento, esse nova miracula… nisi eodem recognoscente et approbante Episcopo, qui simul ataque de iis aliquid compertum habuerit adhibitis in concilium Theologis et aliis piis viris, ea faciat quoe veritati, et pietati consentanea judica verit. Y para precaver toda alucinación o siniestra interpretación sobre la inteligencia de milagros nuevos, los que Borunda establece son tales, no sólo por inauditos hasta ahora y nuevamente publicados, sino también en todo el rigor material; porque si acaso lo fuesen eran milagros actualmente y del tiempo presente. Dice Borunda que la imagen Guadalupana, el Santo Cristo de Chalma y las otras de María Santísima que fueron del tiempo de Santo Tomás se conservan guardadas en cuevas y lugares subterráneos. Y bien, ¿no es milagro que actualmente se obra y se verifica, la actual conservación de imágenes en materias frágiles y deleznables, que cuentan más de mil y setecientos años habiendo estado guardadas cerca de mil y quinientos entre el polvo y la humedad que habrían destruido aun bronces y mármoles? Es pues incontestable, que toca privativamente a vuestra excelencia el reconocimiento de estos nuevos soñados milagros, y que calificándolos, como sin duda los calificará por falsos, es propio de su autoridad determinar lo que juzgue unas conforme a la piedad y a la verdad. A ambas juzgamos que en la presente materia es lo más conforme que vuestra excelencia ilustrísima mande que se retengan los papeles del licenciado don Ignacio Borunda, y que si no hubiesen de pasar a otro tribunal se guarden en el archivo secreto con la nota correspondiente de esta censura; convendrá no menos que vuestra excelencia haga saber y entender a dicho licenciado que por su superior autoridad se ha calificado por ridículo y vano en la mayor parte cuanto asienta tocante a los prodigios y milagros de la nueva Iglesia americana en tiempo de Santo Tomás, y especialmente lo que respecta a las novedades que establece sobre la imagen santísima de Guadalupe; que a consecuencia de esta superior calificación se le amonesta serene su fantasía y deponga las falsas ridículas ideas de su nueva clave, mandándosele con los apercibimientos que hayan lugar, que en lo de adelante ni escriba ni hable como ha escrito y hablado hasta aquí en orden a la imagen de Guadalupe, sino que sujete su dictamen y uniforme su creencia al dictamen y creencia común de los fieles acerca de lo que enseña la piadosa tradición.

Y para evitar cualquiera reparo que pueda ofrecerse sobre la providencia consultada en orden al sermón, hacemos presente a vuestra excelencia ilustrísima; que aun cuando este expediente debiera seguirse por los trámites comunes judiciales y con todo el rigor de una causa criminal, nada falta en el día para que vuestra excelencia pronuncie formal sentencia contra el sermón del padre Mier. Nada más necesita una causa para concluirse en forma, supuestas las demandas de la parte actora, que la audiencia del reo reducida a su declaración, cargos, confesión, y descargos. Todo está evacuado y completo en este expediente. Han pedido contra el sermón del padre Mier el Venerable Cabildo Guadalupano, y la Ilustre Congregación de Guadalupe; ha declarado el padre Mier; ha presentado los documentos que podrían servirle de único descargo; ha confesado ingenuamente que nada sabe ni entiende acerca de ellos porque ignora el idioma mexicano y lo que ha dicho ha sido en la fe de Borunda; ha confesado también su yerro; y retractado la doctrina que predicó, ratificándose en que su retractación es sincera y hecha con plena voluntad. ¿Se necesita más?

Sin duda bastaba mucho menos de lo que hemos dicho para el desempeño de nuestra comisión, y ciertamente no nos habríamos difundido tanto si con un grande dolor de nuestro corazón no supiéramos de ciencia cierta que hay personas en México, que siguen la carrera literaria, o quienes pareciéndoles sublime lo oscuro y extravagante, admirable lo increíble, y medio para exaltar la aparición Guadalupana lo que la destruye y deprime, han visto la clave de Borunda como un plausible sistema, y han aplaudido el sermón del padre Mier como un ingenioso pensamiento. ¿Pero será posible que una tradición uniforme, constante, universal en esta América, de todos tiempos desde su origen, y común a toda suerte de personas; que una tradición apoyada por testimonio aun de autores contemporáneos; que una tradición autorizada por la Iglesia de un modo y por un medio, que casi canoniza el milagro; que una tradición que si se compara con cuantas tradiciones particulares eclesiásticas ha habido podrá tener igual, pero ciertamente ninguna de mayor autoridad; es posible que una tradición tan venerable ha podido menos en el concepto de estos hombres, que la ficción de una persona, tejida, de extravagantes ridiculísimas ideas? Éste ha sido, excelentísimo señor; (ya lo hemos dicho, y lo repetimos) el poderoso motivo que nos ha obligado a difundirnos en nuestra censuras y ojalá que así como en fuerza de ella hemos podido y debido exponer nuestro juicio a cerca del sermón y de la clave, pudiéramos también pedir oportunamente lo que nos parece sobre la opinión que establece la identidad de Santo Tomás con Quezalcohuatl, que se halla en no pocos manuscritos que se guardan y se leen con aprecio por no pocas personas. Si los novelistas no hubieran atestado el mundo de libros de caballería, no hubieran en otros tiempos infatuadose muchos a quienes quiso ridiculizar el ingenioso Cervantes, con su imaginario Quijote. Si el erudito don Carlos de Sigüenza y Góngora no hubiera por desgracia nuestra, imaginado que Quezalcohuatl era Santo Tomás, ni el jesuita Duarte, ni el clérigo N. Autor del Fénix, ni el licenciado Borunda hubieran, copiándose unos de otros, escrito tales extravagancias a las que se puede aplicar oportunamente que erit novissimus error pejor priore. Escribía el padre Duarte por los años de 1686 y como conjeturamos, escribía lo que había leído en los manuscritos de Sigüenza, o lo que había conferido con él; en su obra tenemos las ideas de aquel erudito, y aunque inverosímiles y vanas, podían aun pasar como un ingenioso delirio a que expone aun a los sabios el fuego de una fantasía viva y preocupada de noticias históricas antiguas y oscuras. Siguió a Duarte y desde luego tuvo a la vista sus papeles escribiendo a mediados de este siglo el presbítero que no hemos querido nombrar. ¡Pero qué de gracias desatinadas puso de su propia cabeza; qué de asombros y qué de milagros! Después de todo se conservaba intacta la imagen Guadalupana reservándose para los pinceles de Borunda y del padre Mier que la retocaran para destruirla. Así se propagan las ficciones creciendo siempre más y más y pudiéndose decir de todas, y especialmente de la de nuestro asunto lo que Virgilio de la fama

Monstrum horrendum ingens, au lumen ademptum… vires adquirit eundo.

Así pudiéramos, señor excelentísimo, en vista de estas juiciosas reflexiones, pedir y alcanzar que se recogieran y archivaran en el más profundo secreto los manuscritos en que se ha sostenido la imaginaria identidad de Santo Tomás con Quezalcohuatl, que así han trastornado la cabeza de Borunda, que por medio de éste han precipitado al padre doctor Mier en un profundo abismo, y que en lo sucesivo son capaces de formar mil caballerescos y novelistas historiadores.

México 21 de febrero de 1795.– Excelentísimo señor.– José Uribe. Una rúbrica.– Manuel de Omaña. Una rúbrica.– Excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Alonso Núñez de Haro.

México 26 de febrero de 1795.– Pase esta censura, y demás antecedentes del asunto al doctor don José Nicolás de Larragoiti catedrático de vísperas de leyes de esta Real y Pontificia Universidad y cura del sagrario de nuestra santa Iglesia catedral, a quien nombramos promotor fiscal de esta causa, para que como tal pida y promueva todo lo que corresponda a derecho. Así lo decretó y firmó su excelencia el arzobispo mi señor. Una rúbrica.– Alonso arzobispo de México. Una rúbrica.– Ante mi doctor don Manuel de Flores secretario. Una rúbrica.

———

{1} En el discurso de este expediente se retractó el padre Mier, y reconociendo bajo la religión del juramento su retracción se ratificó en ella declarando haberla hecho espontánea y libremente.

{2} Esto mismo y aun mucho más dice el licenciado Borunda en la declaración que ha dado después, la que corre en el expediente a fojas 73 cuaderno 1.

{3} Aún en el día en que las aguas se han retirado tanto, hay algunas chinampas, en el barrio de Tomatlán.

{4} Para que la verdad no se confunda con disputas inútiles, queda así asentado en este punto como en los demás de igual clase que aunque las composiciones borundianas se sostengan conformes a la sintaxis mexicana, siempre son ridículas por su significación, antojadizas, y defectuosas tal vez porque quita y pone letras a su capricho.

{5} Habla Isaías no profética, sino históricamente de las ruinas del diluvio y dice: Morientes non vivant gigantes non resurgant; propterea visitasti et contrivisti cos, et perdidisti omnem memoriam eorum.

{6} Unos escriben Quetzalcohuatl y otros Quetzalcoatl, variación que nada inmuta porque lo mismo significa cohuatl, que coatl.

{7} Entre los mexicanos se encontraron también restos del judaísmo, del mahometanismo y de otras religiones.

{8} Sin ocurrir a esta conjetura hay un rumbo sólido para explicar el origen a que deben atribuirse las cruces y semejanzas del rito cristiano que se hallaron en nuestra América. Las transmigraciones de hunnos, de seitas, de turcos de chinos y de otras muchas naciones que después de la venida de Jesucristo y con algunos conocimientos de su religión vinieron a esta América ministran un medio más verosímil de explicar este problema, que lo es la incierta venida de Santo Tomás. Véase el erudito tratado de George Horno de Originibus Americanis.

{9} Es digno de notar que los manuscritos de quienes se han validado los que creen esta identidad, convienen en haber sido Quetzalcohuatl coetáneo de Huemac.

{10} Aunque el padre Mier afirma claramente y sin restricción muchas veces que sólo fueron doce los que salvaron (en alguna parte dice que catorce) pero entre sus apuntes se halla una cláusula que alude a haberse salvado de otras naciones, pero la ficción siempre muda trajes y todos son de color negro por lo oscuro.

{11} De aquella altura (son palabras de Borunda que habla de la serranía del sur)… resultan venidos estos peñascos dictándolos impelidos los monumentos volcánicos que conserva… sin vestigio en costumbres nacionales et maquina con que pudiera haberlos dirigido la industria.

{12} Pero eso no puede decirse, porque el padre Mier afirma que el apóstol enseñó a los indios a poner las datas de las pinturas en la orla, como lo hizo el santo en la orla de la piedra de la torre de catedral. Rara data que aún no nos ha explicado Borunda, dejándonos también en la ignorancia de adónde se gravó éste que llama el padre Mier precioso relicario que les dejó el Santo y en que se contienen los más altos misterios de nuestra religión. ¡Qué gloria será ver allí descifrado el alto misterio de la augustísima Trinidad!

{13} Los mexicanos fueron la última nación que vino a poblar el país de Anáhuac, en esto convienen todos los historiadores sino es Betancur que dice haber sido los penúltimos y los últimos los otomíes, pero no hemos visto ni sabemos que haya habido autor alguno juicioso que haya establecido la venida de los mexicanos a este país y la fundación de su imperio antes del año 1100 de la era cristiana.

{14} Más que mucho si la piedra ayudada del maravilloso sentido compuesto borundiano instruye: que el trozo desarraigado de la serranía de Tula es simbólico ejemplar de la conservación de la naturaleza divina después de encarnado el verbo, y de la virginal integridad de su inmaculada madre, y también lo es de la que Jesucristo conserva en la ostia eucarística aún dividida ¿Desde que hay hombres ha habido cerebro más fecundo de disparates?

{15} Las expresiones de Borunda semejantes a los oráculos de la gentilidad son siempre enfáticas oscuras y equívocas. La apostasía de los indios se declara en Tula; así lo dice expresamente en la llama 3ª del pliego 12. ¿Pero si ellos declararon su apostasía desollando la imagen, cómo se ejecutó este desuelle en el otro templo que levantaron los mexicanos en las inmediaciones de México?

{16} He aquí los prodigios que obra Borunda quitando y poniendo letras. Huitzillin significa el precioso pajarito chupamirtos; uitztli significa espina, y como esta última significación es la que acomoda a Borunda, al ídolo que todos lo llaman Huitzilopuchtli, quitada una i le llama uitzlupuchtle. Bien puede decir lo que don Tristan en el Entremés del poeta:

Mas faltale una letra solamente,
pero por una letra no es precepto
Que haya yo de perder tan buen concepto.

{17} Casi no hay misterio que no se descifre en la imagen; la anunciación, la encarnación, la pasión y muerte de Jesucrito, la destrucción del mundo por medio del fuego y el juicio final, la resurrección de la carne y la vida perdurable… No podemos acabar con el amén del credo porque gracias a Dios no estamos en estado de asentir a tanto delirio.

{18} Ut coram Episcopo Joanes pallium expandit, veris bellisimis, recentique rore madidis floribus decidentibus, in eodem ricino non modo supra, verum et contra omnia picturæ præceptua apparuit, quam veneramur Beatissima Virginis Imago Guadalupana. Estas son las terminantes palabras del líbelo suplicatorio que se copió a la letra en la bula Non est equidem del señor Benedicto XIV por la que se concedió el oficio y misa propia de María Santísima de Guadalupe.

{19} Aug. lib. IV cont. Donat. cap. XXIV. Quod universa tenet Ecclesia, nec Conciliis institutum eset, sed semper retentum est; non nisi autoritate apostolica traditum rectissime creditur.

{20} Consta en debida forma que esta información comenzada a recibir en enero de 1666 y concluida se aprobó en abril del mismo 66 por los señores jueces diputados del venerable cabildo sede vacante. Remitióse a Roma en el mismo año de 66 y acaso no se presentó hasta el de 67, lo que ha dado lugar a la variedad que se nota en los autores asentando unos que se presentó en 66 y otros que en 67.

{21} No es ésta de aquellas anécdotas que deben todo su origen a un rumor vulgar. El padre Juan Francisco López refirió esto muchas veces a su íntimo amigo el señor doctor y maestro don Cayetano Torres maestre escuelas de esta santa Iglesia de cuya boca lo oí también muchas veces yo el penitenciario.

{22} Quien lee en el licenciado Borunda que el tiempo de Santo Tomás había ya en esta América capas pluviales con cruces coloradas como las de los patriarcas orientales Almaizal y etcétera; quien ve en las dos piedras excavadas no ya escrita la ley sino gravadas la historia sagrada universal, los ministerios principales de nuestra religión y muchas profecías; quien advierte en los manuscritos de que bebió Borunda que en la era de Santo Tomás había ya sotanas negras talares, mitras episcopales, procesiones de corpus y etcétera no extrañará las ridículas semejanzas de que nos valemos.

Tomado de Juan E. Hernández Dávalos, CDHGIM, México 1880, III:1

#Genealogia.org.mx 35611 Manuel de Omaña y Sotomayor 1735-1796

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El 12 dic 2020, a la(s) 13:16, Presidencia – Sociedad Genealógica y de Historia Familiar de México <genealogia.org.mx> escribió:

Manuel de Omaña y Sotomayor

1735-1796

Clérigo católico novohispano, nacido en Tianguistenco en 1735, doctor en Teología, Cura del Sagrario y Canónigo Magistral de la Catedral Metropolitana de México, rector del Real y Pontificio Colegio Seminario Conciliar de México, hermano de Gregorio José de Omaña y Sotomayor [1729-1799, Rector de la Real y Pontificia Universidad de México, obispo de Oaxaca]. Se recuerda a Manuel Omaña principalmente por haber sido coautor, junto con José de Uribe, del «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794».

El 24 de diciembre de 1794 el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro encargó a José Patricio Uribe, en tanto canónigo penitenciario, y a Manuel de Omaña y Sotomayor, en cuanto canónigo magistral (hermano del rector de la Universidad), un informe sobre el famoso sermón que el dominico fray Servando Mier había pronunciado el 12 de diciembre en la colegiata de Guadalupe.

El «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», rubricado el 21 de febrero de 1795 y que parece que es obra principalmente de Uribe, es una pieza magnífica que prueba la potencia crítica y la superioridad, dentro de la lógica interna católica, que sobre las estupideces sostenidas por fray Servando Mier y su inspirador, el licenciado José Ignacio Borunda, podían mantener clérigos con potente formación filosófico crítica y sentido común que seguían la estela iniciada, medio siglo antes, por el padre Feijoo en su Teatro Crítico Universal.

Llama la atención la contundente ironía con la que está escrito todo el Dictamen, y sus continuas referencias al Quijote. De resultas del alucinante episodio del sermón del dominico, no exento sin duda de componentes políticos, fue fray Servando Mier apartado al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, en Santander, a muy poca distancia por cierto de Buelna, en Asturias, de donde procede la ilustre familia de los Mier.

El 1796 falleció Manuel de Omaña y Sotomayor (mientras, fray Servando, que se había escapado de las Caldas de Besaya, había sido reducido de nuevo y se encontraba entonces en el convento de San Pablo en Burgos).

Un cuarto de siglo después de que Mier pronunciase el sermón que hizo posible se elaborase el magnífico Dictamen crítico, y más de veinte años después del fallecimiento del canónigo Uribe, disponiendo el antiguo dominico de mucho tiempo, preso como estaba en los calabozos de la Inquisición de México, escribió entre 1817 y 1820 una «Apología del Dr. Mier» y una «Relación de lo que sucedió en Europa al Dr. D. Servando Teresa de Mier de julio de 1795 a octubre de 1805» (a finales de 1820, preso entonces en el Castillo de San Juan de Ulúa, en Veracruz, escribió un «Manifiesto apologético», resumen de las dos obras anteriores, que creía se habían perdido), en los que se despacha a gusto contra Manuel de Omaña (aunque José de Uribe se lleva la peor parte). La «Apología» y la «Relación» fueron publicadas en ciudad de México en 1865, y en Monterrey en 1876 por su paisano el médico regiomontano José Eleuterio González Mendoza (1813-1888) (a) Gonzalitos, bajo el título Biografía del benemérito mexicano D. Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, Juan Peña editor, Monterrey 1876, 368 páginas. Estas obras de Mier, bien curiosas y entretenidas, han conocido bastantes ediciones, casi siempre bajo el rótulo de Memorias, por lo que servirá ofrecer aquí sólo unos párrafos que muestren el recuerdo ponzoñoso que Mier reconstruyó entonces de Omaña (citamos por la edición de 1876):

«El día infraoctava de Corpus, se me embarcó, convaleciente de fiebre, y bajo partida de registro en la fragata mercante la Nueva Empresa. Mientras ella navega, yo voy a dar cuenta del dictamen que dieron sobre mi sermón los dos Canónigos Uribe y Omaña, escogidos por el Arzobispo a propósito para condenarme.» (Servando Mier, pág. 80)

«III. Las pasiones bajo el disfraz de censores calumnian a la inocencia. Decían los conquistadores de los indios que eran esclavos a natura: ¿será verdad de sus antecedentes? Siendo puestos en acción por algún europeo poderoso contra sus paisanos, no hay esclavos más leales, aduladores más viles, ni perseguidores más enconosos y rateros. Escogió el Arzobispo por censor a Uribe, porque ya se sabía su opinión en lo que había escrito de Guadalupe, y porque todos sabían que no podía decir como San Pablo, nunquam fuimus insermone adulationis, sicut scitis. Omaña tenía por imagen de su devoción un retrato magnífico del Secretario del Arzobispo, Flores; y en efecto se me aseguró que no había hecho más que conformarse con el dictamen de Uribe como una criatura. Su censura demostrará que fueron mandados hacer. […]
Entregado todo esto al Notario, sacó un papel, y leyendo en él, todo pensativo y misterioso, comenzó a hacerme de parte de Uribe algunas preguntas tan insidiosas, que el Notario se enredó, y me preguntó algunos absurdos, como si las pruebas que yo tenía del sermón, eran de autores Infalibles, inmutables e invariables. Toda esa jerga se reducía a saber si tenía más pruebas, o si estaban en autores impresos, únicos que respetasen sus obras como el Sr. D. Quijote de la Mancha. […] También se me preguntó si sabía mexicano, aunque yo tenía más derecho para preguntar si lo sabían los censores para juzgar de un sermón todo fundado en frasismos de la lengua. Uribe dice en su dictamen que él no lo hablaba; pero que había estudiado la gramática, y que su compañero había sido cura de varios pueblos de indios. Es decir, que Uribe era como aquellas gramáticos macancones [82] que han estudiado la gramática en el aula, y no hablan latín, ni lo entienden. Y Omaña sabía algunos términos machucados, que es lo que saben muchos Curas para preguntar a los indios casaderos su consentimiento, y tomar los derechos. Si hubiera sabido más, no hubiera usado Uribe de este circunloquio. Pero asegura que según su gramática todos los términos de Borunda estaban bien explicados. Llegándome a preguntar de Borunda, en lugar de decir que él me había instruido en aquellos términos e ideas, dije haberlas tomado de su obra, porque aunque no la había visto, sabía que las contenía. Viendo fraguado el rayo, quise más bien recibir yo todo el golpe, que hacerlo resentir sobre un infeliz padre de familia, que si me había sorprendido y engañado, era con buena intención. Borunda pagó mal la mía, porque en España ví en los autos una esquela a Uribe, en que procuraba echar el cuerpo fuera, cuando ni yo había imaginado en mi vida tal sistema, ni me hubiera atrevido a predicarlo sin sus pruebas incontrastables. Aún se atrevía a llamar a mi sermón rudis indigestaque moles cuando confiesan los censores que sin la clave de mi sermón, que contenía la quinta esencia de la obra de Borunda, les hubiera sido imposible penetrar en su inextricable laberinto. Acaso por su lectura yo tampoco hubiera hallado salida; pero él hablaba mejor que escribía, y mi sermón era sólo análisis de lo que le oí. El dictamen de Uribe en su mayor parte está sobre el género de la impugnación del Padre Isla al Cirujano, que es una burla continuada, sin decir un ápice de sustancia. Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como D. Quijote sobre caballerías, y se ocupa en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones. […]» (Servando Mier, págs. 81-82.)

Textos de Manuel de Omaña y Sotomayor en el Proyecto Filosofía en español:

#Genealogia.org.mx 35610 José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo 1742-1796

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José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo

1742-1796

José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo (1742-1796)Clérigo católico novohispano, nacido en la ciudad de México en 1742, catedrático de Retórica, de Filosofía y de Sagrada Escritura en la Real y Pontificia Universidad de México, de la que fue Rector en 1779, Cura del Sagrario y Canónigo Penitenciario de la Catedral Metropolitana de México, Cruz de la Orden de Carlos III, falleció en la ciudad de México el 12 de mayo de 1796, gozando de un gran prestigio como teólogo, predicador e historiador. Se le recuerda sobre todo por haber sido autor principal del «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», que elaboró junto con Manuel de Omaña y Sotomayor. En 1821 se publicaron en Madrid –por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M.– tres tomos con los Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, de José Patricio Fernández de Uribe.

José de Uribe, que era como firmaba habitualmente, procedía de una familia modesta, criolla de segunda generación, de pequeños comerciantes. Pudo ingresar en el Colegio de San Ildefonso, de los jesuitas, donde curso gramática y filosofía: en 1753-1754 estudió retórica con el joven jesuita Francisco Javier Clavigero. En 1757 se matriculó en la universidad, graduándose de bachiller en Teología en 1760 y de licenciado en Teología en 1764, nemine discrepante, doctorándose al año siguiente gracias al mecenazgo de Antonio del Villar Lanzagorta, comerciante de origen vasco. A principios de 1767 (el año en el que se produciría la expulsión de los jesuitas, ejecutada en México a principios de 1768) estaba Uribe, formado con los jesuitas, bajo la protección del arzobispo Francisco Antonio Lorenzana, destacado antijesuita. Ese mismo año se ordenó como sacerdote, dedicándose unos años a la actividad pastoral propia de un presbítero, hasta ser nombrado Cura del Sagrario de la Metropolitana.

En 1774 fue Uribe uno de los firmantes del elogioso parecer que figura impreso al inicio de los famosos Elementa Recentioris Philosophiae (Imprenta de José de Jauregui, México 1774, 2 vols.) de Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos (1745-1783), sacerdote de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. «Brioso, con el fervor de la juventud, dotado de extraordinario talento, rico de variada erudición, entusiasta por temperamento, justamente satisfecho por haber frecuentado las aulas europeas y por haber tratado con eminentes sabios, alentado por el feliz éxito de los asuntos que le llevaron a Madrid y a Roma, así como por los amplios privilegios que obtuvo en favor de su comunidad y Colegio de San Francisco de Sales, de San Miguel, llamado entonces el Grande; honrado con la borla de Doctor por la Universidad de Pisa, anhelante de feliz porvenir para la juventud, y celoso de la prosperidad de su amada patria, puso manos a la obra…» (Emeterio Valverde Téllez, «Influencia del Padre Gamarra en los estudios filosóficos», 1904, pág. 60.). Un grupo de profesores de filosofía y teología de la Real Universidad de México propusieron que el texto de Gamarra fuera oficialmente aprobado por la institución, iniciativa que no fue aceptada por la mayoría del claustro, receloso ante recientes filosofías [«Elementos de filosofía moderna», figura en la traducción al español del primer tomo de Gamarra, realizada por Bernabé Navarro, UNAM, México 1963], por lo que los defensores de esa obra dentro de la Universidad, entre ellos Uribe, decidieron firmar nominalmente el parecer ensalzatorio que antecede al texto. [Vicente Muñoz Delgado publicó en 1981, Cuadernos Salmantinos de Filosofía, VIII:149-174, un interesante artículo sobre los recelos que, en 1778, se produjeron en la Universidad de Salamanca ante este manual de Gamarra.]

El 14 de diciembre de 1777 pronunció un sermón en el santuario de Guadalupe, que junto con una Disertación histórico-crítica (publicados ambos textos en 1801), ofrece un acercamiento crítico a los documentos conservados sobre la cuestión guadalupana, como forma de responder a los impugnadores de tradición ya entonces bien arraigada. En 1778 elogia a Antonio de León y Gama en el breve dictamen aprobatorio de su Descripción ortographica universal del eclipse de sol del día 24 de junio de 1778 (México 1778).

El 10 de febrero 1779 toma posesión como Rector de la Real y Pontificia Universidad, nombrado por el virrey Antonio María Bucareli (que falleció en junio, predicando Uribe tal sermón funerario que se consagró en México como gran orador). Una de las primeras cosas que hizo fue intentar reorganizar la biblioteca de la institución. En noviembre de 1779, aunque el claustro deseaba renovarle para un nuevo periodo, se excusó alegando sus deberes parroquiales. Su sucesor en el rectorado, Pedro del Villar, también prebendado de la catedral, era buen amigo suyo e hijo del Antonio del Villar, el comerciante vizcaíno que le había patrocinado el doctorado en 1765. De manera que en 1780 obtuvo Uribe en propiedad la cátedra de Retórica de la universidad.

En 1783 logró entrar en el Cabildo metropolitano como medio racionero, y en 1785 ascendió a Canónigo penitenciario, gracias a su habilidad como Durante 95 años la Piedra del Sol estuvo adosada a la torre nueva de la catedral de Méxiconegociador ante las autoridades civiles y su talento como administrador. Al descubrirse en 1790, en las obras de saneamiento y empedrado de la Plaza de Armas de la capital de la Nueva España, dos interesantes reliquias prehispanas, la estatua de Coatlicue y la Piedra del Sol, intervino Uribe para que ésta fuera entregada a la Catedral, donde quedó colocada en la torre nueva durante noventa y cinco años, hasta que en 1887 Porfirio Díaz decidió su traslado al Museo Nacional. La incorporación de esta pieza a la Catedral suponía abstraer el uso que de ella habían hecho los «sacerdotes gentiles», en tanto que calendario para sus sacrificios, incluidos los cruentos humanos, en la línea que Antonio de León y Gama mantuvo al presentarla más como «instrumento científico» que como monumento religioso. Abstracción que no era tan sencillo realizar con la estatua morfológicamente zoológica de Coatlicue, que fue depositada en la universidad: «el peñasco de la universidad», dirá Uribe de ella en el Dictamen, no sin cierto desprecio (absolutamente justificado, en tanto que ante ese «peñasco» se realizaban los cultuales sacrificios humanos aztecas).

«Poco tiempo había pasado de su conducción [de la estatua de Coatlicue a la Universidad] cuando con motivo del nuevo empedrado, estándose rebajando el piso antiguo de la plaza el día 17 de diciembre del mismo año 1790, se descubrió a sola media vara de profundidad y en distancia de 80 al poniente de la misma segunda puerta del real palacio, y 37 al norte del portal de las Flores, la segunda piedra, por la superficie posterior de ella, según consta del oficio que en 12 de enero de este año de 1791 remitió al señor intendente uno de los maestros mayores de esta N. C. D. José Damian Ortiz, comunicándole la noticia de su hallazgo. Esta segunda piedra, que es la mayor, la más particular e instructiva, se pidió al Excmo. señor Virrey por los señores doctor y maestro D. José Uribe, Canónigo penitenciario, y prebendado doctor D. Juan José Gamboa, comisarios de la fábrica de la santa iglesia Catedral: y aunque no consta haberse formalizado este pedimento por billete, o en otra manera jurídica, ni decreto de donación; se hizo entrega de ella de orden verbal de S. E. a dichos señores comisarios, según me ha comunicado el señor corregidor intendente, bajo de la calidad de que se pusiese en parte pública, donde se conservase siempre como un apreciable monumento de la antigüedad indiana.» (Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790 [1792], segunda edición, dala a luz Carlos María de Bustamante, México 1832, págs. 10-11.)

Sus buenas relaciones con el rector Gregorio de Omaña y Sotomayor, nombrado por el Virrey (el Conde de Revillagigedo), le facilitaron obtener en 1792 la titularidad de la cátedra de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología.

El 24 de diciembre de 1794 el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro encargó a José Patricio Uribe, en tanto canónigo penitenciario, y a Manuel de Omaña y Sotomayor, en cuanto canónigo magistral (hermano del rector de la Universidad), un informe sobre el famoso sermón que el dominico fray Servando Mier había pronunciado el 12 de diciembre en la colegiata de Guadalupe.

El «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», rubricado el 21 de febrero de 1795 y que parece que es obra principalmente de Uribe, es una pieza magnífica que prueba la potencia crítica y la superioridad, dentro de la lógica interna católica, que sobre las extraviadas especies sostenidas por fray Servando Mier y su inspirador, el licenciado José Ignacio Borunda, podían mantener clérigos con potente formación filosófico crítica y sentido común que seguían la estela iniciada, medio siglo antes, por el padre Feijoo en su Teatro Crítico Universal.

Llama la atención la contundente ironía con la que está escrito todo el Dictamen, y sus continuas referencias al Quijote. De resultas del alucinante episodio del sermón del dominico, no exento sin duda de componentes políticos, fue fray Servando Mier apartado al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, en Santander, a muy poca distancia por cierto de Buelna, en Asturias, de donde procede la ilustre familia de los Mier.

El 12 de mayo de 1796 falleció José de Uribe en la ciudad de México (mientras, fray Servando, que se había escapado de las Caldas de Besaya, había sido reducido de nuevo y se encontraba entonces en el convento de San Pablo en Burgos). Nos informa Iván Escamilla González que se conservan localizados tres retratos de Uribe: el que aquí aparece reproducido, en atuendo de canónigo penitenciario, conservado actualmente en el Museo Nacional del Virreinato; otro en el salón general de actos del Colegio de San Ildefonso (su antigua escuela); y el tercero, peor conservado que los dos anteriores, en el antiguo Colegio de San Ignacio.

Un cuarto de siglo después de que Mier pronunciase el sermón que hizo posible se elaborase el magnífico Dictamen crítico, y más de veinte años después del fallecimiento del canónigo Uribe, disponiendo el antiguo dominico de mucho tiempo, preso como estaba en los calabozos de la Inquisición de México, escribió entre 1817 y 1820 una «Apología del Dr. Mier» y una «Relación de lo que sucedió en Europa al Dr. D. Servando Teresa de Mier de julio de 1795 a octubre de 1805» (a finales de 1820, preso entonces en el Castillo de San Juan de Ulúa, en Veracruz, escribió un «Manifiesto apologético», resumen de las dos obras anteriores, que creía se habían perdido), en los que se despacha a gusto contra José de Uribe. La «Apología» y la «Relación» fueron publicadas en ciudad de México en 1865, y en Monterrey en 1876 por su paisano el médico regiomontano José Eleuterio González Mendoza (1813-1888) (a) Gonzalitos, bajo el título Biografía del benemérito mexicano D. Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, Juan Peña editor, Monterrey 1876, 368 páginas. Estas obras de Mier, bien curiosas y entretenidas, han conocido bastantes ediciones, casi siempre bajo el rótulo de Memorias, por lo que servirá ofrecer aquí sólo unos párrafos que muestren el recuerdo ponzoñoso que Mier reconstruyó entonces de Uribe (citamos por la edición de 1876):

«Viendo que pasaban días, y la cosa proseguía, escribí al Canónigo Uribe, en cuyo poder supe que estaban los autos para la censura, sobre el mismo tono que hable al Doctor Leyva; y me escribió que me rogaba por el amor que me tenía, no dijese a nadie que mi retractación había sido forzada. Este conjuro tan tierno como pérfido, pues al mismo tiempo estaba pidiendo un Edicto contra mí, e instando para que el asunto pasase a la inquisición, que aunque solicitada del Arzobispado no quiso admitirlo por no pertenecer a la fe, me entretuvo algún tiempo.» (Servando Mier, pág. 75.)

«El día infraoctava de Corpus, se me embarcó, convaleciente de fiebre, y bajo partida de registro en la fragata mercante la Nueva Empresa. Mientras ella navega, yo voy a dar cuenta del dictamen que dieron sobre mi sermón los dos Canónigos Uribe y Omaña, escogidos por el Arzobispo a propósito para condenarme.» (Servando Mier, pág. 80)

«III. Las pasiones bajo el disfraz de censores calumnian a la inocencia. Decían los conquistadores de los indios que eran esclavos a natura: ¿será verdad de sus antecedentes? Siendo puestos en acción por algún europeo poderoso contra sus paisanos, no hay esclavos más leales, aduladores más viles, ni perseguidores más enconosos y rateros. Escogió el Arzobispo por censor a Uribe, porque ya se sabía su opinión en lo que había escrito de Guadalupe, y porque todos sabían que no podía decir como San Pablo, nunquam fuimus insermone adulationis, sicut scitis. Omaña tenía por imagen de su devoción un retrato magnífico del Secretario del Arzobispo, Flores; y en efecto se me aseguró que no había hecho más que conformarse con el dictamen de Uribe como una criatura. Su censura demostrará que fueron mandados hacer. […]
Entregado todo esto al Notario, sacó un papel, y leyendo en él, todo pensativo y misterioso, comenzó a hacerme de parte de Uribe algunas preguntas tan insidiosas, que el Notario se enredó, y me preguntó algunos absurdos, como si las pruebas que yo tenía del sermón, eran de autores Infalibles, inmutables e invariables. Toda esa jerga se reducía a saber si tenía más pruebas, o si estaban en autores impresos, únicos que respetasen sus obras como el Sr. D. Quijote de la Mancha. […] También se me preguntó si sabía mexicano, aunque yo tenía más derecho para preguntar si lo sabían los censores para juzgar de un sermón todo fundado en frasismos de la lengua. Uribe dice en su dictamen que él no lo hablaba; pero que había estudiado la gramática, y que su compañero había sido cura de varios pueblos de indios. Es decir, que Uribe era como aquellas gramáticos macancones [82] que han estudiado la gramática en el aula, y no hablan latín, ni lo entienden. Y Omaña sabía algunos términos machucados, que es lo que saben muchos Curas para preguntar a los indios casaderos su consentimiento, y tomar los derechos. Si hubiera sabido más, no hubiera usado Uribe de este circunloquio. Pero asegura que según su gramática todos los términos de Borunda estaban bien explicados. Llegándome a preguntar de Borunda, en lugar de decir que él me había instruido en aquellos términos e ideas, dije haberlas tomado de su obra, porque aunque no la había visto, sabía que las contenía. Viendo fraguado el rayo, quise más bien recibir yo todo el golpe, que hacerlo resentir sobre un infeliz padre de familia, que si me había sorprendido y engañado, era con buena intención. Borunda pagó mal la mía, porque en España ví en los autos una esquela a Uribe, en que procuraba echar el cuerpo fuera, cuando ni yo había imaginado en mi vida tal sistema, ni me hubiera atrevido a predicarlo sin sus pruebas incontrastables. Aún se atrevía a llamar a mi sermón rudis indigestaque moles cuando confiesan los censores que sin la clave de mi sermón, que contenía la quinta esencia de la obra de Borunda, les hubiera sido imposible penetrar en su inextricable laberinto. Acaso por su lectura yo tampoco hubiera hallado salida; pero él hablaba mejor que escribía, y mi sermón era sólo análisis de lo que le oí. El dictamen de Uribe en su mayor parte está sobre el género de la impugnación del Padre Isla al Cirujano, que es una burla continuada, sin decir un ápice de sustancia. Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como D. Quijote sobre caballerías, y se ocupa en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones. […]» (Servando Mier, págs. 81-82.)

«Seguramente yo no soy un nahuatlato; y creí a Borunda que lo es, porque peritis in arte credendum est; por lo que había leído en Torquemada, Boturini y Clavijero, no me pareció tan irracional el modo Borundiano de interpretar los jeroglíficos, y mucho menos me parece racional el método Uribiano de refutarle.» (Servando Mier, pág. 85.)

«En fin, concluye el Sr. Uribe su defensa Guadalupana con un golpe de Maestro siempre consecuenciario. Si se negase la tradición, dice, después de habérsela estado predicando al pueblo, como el resto de la religión, creería que ésta tampoco era verdadera. No se puede negar la inventiva al Sr. Uribe, porque en tantas disputas sobre tradiciones e historietas piadosas como se agitan y han agitado en el cristianismo, a nadie le ha ocurrido una reflexión semejante; porque ya se ve, con ese argumento no habría abuso que no se pudiera escudar, y porque se ha obrado algún tiempo mal, se ha de obrar siempre; y una vez que algún pueblo se engañó, ha de seguir engañado. […] Es cierto que el pueblo raciocina así, pero no por eso se ha de seguir a la multitud para hacer mal, dice el Espíritu Santo: se le ha de instruir. Es cierto que así han corrompido al pueblo de Francia los filósofos, haciéndole ver los abusos, los milagros falsos y las historietas fingidas; y eso lo que prueba es gravísima culpa en los sacerdotes que se los predican como pertenecientes a la religión, no teniendo que ver con ella para nada.» (Servando Mier, págs. 96-97.)

«Hablaré claro: todo esto no es más que comedia, con dos actos y un entremés. Uribe sabe que los gachupines están siempre hablando contra la tradición de Guadalupe que no creen; y sabiendo que el Arzobispo no se para en barras desde que pega contra uno de los criollos, que son sus encantadores follones y malandrines; valiéndose de la ocasión, ha tirado a echarles un candado en la boca con el peso de la autoridad episcopal y el terror de la Inquisición; y páguelo el fraile. Los europeos, sin creer la tradición de Guadalupe, han gritado más alto que los criollos, para destruir la especie de la predicación de Santo Tomás, porque creen que les quita la gloria de haber traído el evangelio, y los iguala con los indios en cuanto a la imagen del Pilar. Desgraciadamente ha tocado la tecla un criollo brillante; y S. Illma. ha embrazado el escudo con furor para exterminar de una vez mi honor y dejarme confundido para siempre con el polvo. Este es el ruido ordinario que en el asunto han metido las pasiones encontradas en un punto. De ahí la chusma de mis émulos armados, como otros tantos monos orangutanes, de los palos que les ha suministrado la envidia, han acudido sobre el caído, que los frailes les han entregado a discreción con una mordaza en la boca y atado de pies y manos. A moro muerto gran lanzada.» (Servando Mier, pág. 98.)

Algunas referencias sobre José de Uribe:

«Advertencia. Salen a luz estos sermones a los veinte y cinco años de la muerte de su autor, que no habiendo pensado en imprimirlos solo dejó de ellos los borradores que hizo para predicarlos, sin trasladar tal vez al papel aquellas correcciones que hacen los oradores al tiempo de aprender sus discursos de memoria, o al de pronunciarlos. De aquí, o lo que es más creible, del descuido e ignorancia de quien escribió la copia que ha servido de ejemplar a esta impresión, resultaron en ella muchos defectos de ortografía, no pocos que alteran el sentido [4] de los períodos, o que los dejan sin él, y algunos que los hacen confusos o les quitan su número o cadencia. Estos últimos han quedado sin enmendarse por no tener a la vista los borradores, ni otras copias más exactas que hay en Méjico; y sólo se han corregido, cuanto ha sido dable, los defectos de las dos primeras clases. Adviértese esto para que los deslices, en que tal vez tropezarán los lectores literatos, no se atribuyan al autor de estos sermones, que en tiempos en que ya el buen gusto reinaba en el mundo nuevo fue un sabio de los más distinguidos, y un orador de los más célebres que florecieron en Méjico. [5] Son prueba de esto, al mismo tiempo que elogio del autor, las expresiones del erudito europeo Doctor Don Fr. Ramón Casaus, hoy dignísimo Arzobispo de Goatemala, en el dictámen que dio para la impresión de la disertación guadalupana, obra también póstuma del mismo autor que va comprehendida en esta edición: le compara en él a un Fleury, dice que por la superioridad de sus talentos se miraba y oía en Méjico con respeto, y admiración profunda, y se gloría de haber disfrutado en vida de su amistad y confianza, como participó del dolor que causó a toda la ciudad su temprana muerte. A esto se puede añadir que si el Ilustrísimo Casaus se da por honrado con [6] la amistad y confianza del sabio y virtuoso Uribe, este no lo fue menos con la estimación y confianza que de él hicieron los hombres más grandes que en su tiempo gobernaron a Méjico con acierto, así en lo civil como en lo eclesiástico: a saber Bucareli, los Galvez y el gran Revillagigedo entre los Virreyes, y entre los Arzobispos el Eminentísimo Lorenzana, justo apreciador de los literatos americanos, que de Arzobispo de aquella ciudad distinguió mucho a Uribe en su aprecio, y trasladado a Toledo mantuvo con él correspondencia por cartas.» (Advertencia que figura en las páginas 3 a 6 del tomo I de los Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, Por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M., Madrid 1821, 3 tomos.)

«Uribe y Casarejo (D. José Patricio Fernández de): natural de la ciudad de México, colegial de oposición en el más antiguo de San Ildefonso de dicha capital, doctor, maestro en artes, rector y catedrático de retórica, de filosofía y de Sagrada Escritura en la universidad, cura y juez eclesiástico de Zinacantepec, cura del Sagrario de la metropolitana, prebendado y canónigo penitenciario de la misma, y agraciado con la cruz de la distinguida orden española de Carlos III. Murió de edad de 54 años, a 12 de mayo de 1796; pero vive en la memoria de su cabildo, que reconocido a los singulares servicios que le hizo este prebendado, le decretó un aniversario perpetuo, y que su retrato se colocase en las oficinas públicas de esta iglesia. Fue el canónigo Uribe uno de los sabios de su tiempo, versado en todo género de literatura, singularmente estimado de los virreyes y arzobispos, y amado del pueblo por su dulzura y beneficencia. Escribió: «Epitafios e inscripciones latinas para el cenotafio erigido en las honras solemnes del Illmo. Rojo, arzobispo de Manila,» Imp. –«Elogio fúnebre en las exequias del Exmo. Sr. Bailío Frey D. Antonio María Bucareli y Ursúa, virrey de México», Imp. 1779, 4º. –«Elogio fúnebre del Exmo. Sr. D. Matías de Gálvez, virrey de México, con la descripción de sus exequias y los adornos e inscripciones de la pira,» México 1785, 4º. –«Oratio funebris pro Carolo Tertio, Hisp. et Ind. Rege potentissimo.» Mexici 1789, fol. –«Censura del sermón predicado en el Santuario de Guadalupe, por Fr. Servando Mier,» Imp. 1796. –«Sermón de Nuestra Señora de Guadalupe de México, predicado en su Santuario el año 1777 día 14 de Diciembre, el que dio motivo para escribir la adjunta disertación, como en ella misma se expresa,» México 1801, 4º. –«Oda en elogio de la reina María Luisa de Borbón, premiada en el certamen poético de la Universidad de México,» 1790, 4º. –«Oda dirigida al virey conde de Revillagigedo,» México 1791, 4º. –«Representación al rey en su supremo consejo de Indias, a favor de la renta decimal de la Catedral de México y demás catedrales de la Nueva España,» MS. de singular trabajo y mérito. BERISTAIN.» (Diccionario universal de historia y de geografía, por los señores Lucas Alamán, &c., México 1855, tomo séptimo, págs. 410-411.)

Bibliografía sobre José Patricio Fernández de Uribe:

1999 Iván Escamilla González, José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796): el cabildo eclesiástico de México ante el estado borbónico, Conaculta, México 1999, 313 págs. Facsímil publicado por el Proyecto Filosofía en español (junio 2009), http://www.filosofia.org/aut/002/esc1999.htm

2001 Iván Escamilla González, «Un rector ilustrado: José de Uribe y la Universidad de México, 1742-1796», en Permanencia y cambio: Universidades hispánicas 1551-2001 [Actas del VIII Congreso de Universidades Hispánicas, México 2001], México 2006, págs. 197-216.

Bibliografía de José Patricio Fernández de Uribe:

1821 Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, su autor, el Doctor Don José Patricio Fernández de Uribe, Canónigo penitenciario que fue de la iglesia catedral de Méjico, Por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M., Madrid 1821, 3 tomos en 8º: 438+282+493 págs. [Disponible facsímil del ejemplar que fue de Emeterio Valverde Téllez, en formato pdf, en el sitio de la Universidad Autónoma de Nuevo León: cd.dgb.uanl.mx]
• Tomo I: 3-6 Advertencia, Índice de los sermones que contiene el primer tomo: 7-32: Sermón de la Santísima Trinidad (predicado en el templo de la Santísima Trinidad el día de su dedicación, año de 1784: día de la cátedra de San Pedro), 33-60: Sermón del nacimiento de N. S. Jesucristo (predicado en el convento de religiosos bethelemitas de Méjico), 61-84: Del Jesús niño perdido y hallado en el templo (sermón del niño Jesús perdido en Jerusalén, predicado en el convento de Jesús María de México), 85-95: De la entrada de Jesucristo en Jerusalén (sermón de la dominica de palmas, predicado en la catedral de Méjico), 96-116: Sermón de la sangre de N. S. Jesucristo (predicado en la catedral de Méjico), 117-145: Sermón del Señor de la humildad y paciencia, o del Ecce Homo (predicado en el convento de religiosas de Regina Coeli de México, en la fiesta con que el día de la Invención de la Santa Cruz se celebra allí bajo el título de Ecce Homo), 146-169: Sermón de la concepción inmaculada de María (predicado en el convento de religiosas de la Concepción de Méjico), 170-193: Sermón de la Natividad de María Santísima (predicado en el convento de la Encarnación el día 8 de setiembre en que profesó una religiosa), 194-212: De su Asunción al cielo (sermón de la Asunción de María Santísima, predicado en la catedral de Méjico), 213-233: Sermón de San Miguel (predicado en el convento de religiosas de la Encarnación de Méjico), 234-261: Sermón de San Rafael (predicado en el convento de religiosos de San Juan de Dios de la ciudad de Toluca), 262-280: Sermón primero de San Pedro (predicado en el templo de la Santísima Trinidad de Méjico en que está fundada la venerable congregación de dicho santo Apostol), 281-309: Sermón segundo de San Pedro (predicado en la Santísima Trinidad el día 3 de julio de 1768), 310-330: Sermón de San Esteban, 331-357: Sermón de Santo Tomás de Aquino (predicado en la iglesia de religiosos Dominicos de Méjico en la solemne fiesta con que celebra a dicho Santo en su día la real y pontificia universidad), 358-374: De San Elígio o Eloy (Sermón de San Elígio, predicado en la catedral de Méjico), 375-405: Sermón de San Bernardo (predicado en su iglesia el día 21 de agosto de 1768), 406-436: Sermón de San Francisco (predicado en las Capuchinas de Méjico el día 4 de octubre).
Sermones de la Virgen en sus imágenes del Pilar de Zaragoza, y Guadalupe de Méjico, con una disertación de la milagrosa aparición de Guadalupe, su autor… Tomo II. Índice de los sermones que contiene el segundo tomo, y de los parágrafos de la disertación guadalupana: 3-25: Sermón de la Virgen en su imagen del Pilar (sermón de N. S. del Pilar de Zaragoza, predicado en la catedral de Méjico el 12 de octubre de 1785). 26-49: Primero: de la Virgen en la de Guadalupe de Méjico (sermón primero de N. S. de Gudalupe, predicado en su santuario el día 12 de diciembre en que se celebra su milagrosa aparición). 50-64: Segundo: de la Virgen en dicha imagen (sermón segundo de N. S. de Guadalupe). 65-91: Tercero: de la Virgen en la misma imagen (sermón tercero de N. S. de Guadalupe). Disertación histórico-crítica del mismo autor, en que se comprueba la milagrosa aparición de nuestra Señora de Guadalupe. Parágrafos de la disertación Guadalupana: 92-98: Primero: Expónense los motivos que obligaron a escribir esta disertación, 98-112: Segundo: Dase una breve noticia del suceso y circunstancias de la aparición de Guadalupe, 113-117: Tercero: Pruébase que no haberse hecho información jurídica de este milagro no arguye negligencia en el V. Obispo Zumárraga, ni menos disminuye la fe debida a la aparición, 118-123: Cuarto: Discúrrese, con graves fundamentos, que el no haberse hallado las escrituras auténticas de este milagro no prueba que no se formaron, y se alegan algunas razones que hacen creible su pérdida, 123-131: Quinto: el silencio de los autores coetáneos, o inmediatos al tiempo de la aparición no debilita la fe del milagro, 131-146: Sexto: discúrrese en particular sobre el silencio del reverendo Torquemada, y de Bernal Díaz del Castillo, 147-166: Séptimo: razones sólidas que prueban la aparición milagrosa de la imagen, 166-181: Octavo: documentos auténticos, e irrefragables del culto no interrumpido de la imagen prueba la tradición de su origen, 181-208: Nono: confirmase la verdad de la aparición con el testimonio de los historiadores (confírmase la fe piadosa de este milagro con el testimonio de los historiadores), 208-215: Décimo: se confirma con los monumentos históricos, 215-241: Undécimo: la misma imagen es prueba de su origen milagroso, 241-279: Duodécimo: Se apuntan ligeramente otros argumentos poderosos que confirman la verdad de la aparición.
Sermones de honras militares, de profesiones de religiosas, morales y doctrinales, su autor… tomo III. Índice de los sermones y pláticas que contiene este tercero y último tomo: 3-42: Sermón de honras del Excmo. Bucareli (Elogio fúnebre del Excelentísimo Señor Baylío Fr. D. Antonio María Bucareli, Virrey que fue de Méjico [1779]), 43-82: Sermón de honras del Excmo. Galvez (Elogio fúnebre del Excelentísimo Señor Don Matías de Gálvez, Virrey que fue de Méjico [1784]), 83-109: Sermón primero de profesión de religiosa, 110-134: Sermón segundo de profesión de religiosa, 135-160: Sermón tercero de profesión de religiosa, 161-183: Sermón cuarto de profesión de religiosa, 184-203: Sermón de honras de militares (predicado en la santa iglesia catedral de Méjico el día del aniversario u honras de los militares), 204-226: Sermón del amor a los enemigos (sermón a los jueces sobre el amor a nuestros enemigos predicado en la capilla del palacio real), 227-251: Sermón de gracias a fin de año (predicado la última noche del año de 1780 en la parroquia del Sagrario de la santa iglesia catedral), 252-271: Sermón de la tibieza (sermón predicado el viernes de Lázaro en la catedral de Méjico el día 3 de abril de 1767), 272-303: Sermón en oposición a la Magistral (sermón predicado en oposición a la magistral vacante en la metropolitana de Méjico el 28 de noviembre de 1766). Pláticas doctrinales del mundo enemigo del hombre. 304-325: Plática primera: el mundo enemigo del hombre en el uso y moda de trajes indecentes, 325-344: Plática segunda: el mundo enemigo del hombre en el uso de bailes peligrosos, 344-362: Plática tercera: el mundo enemigo del hombre en el uso de amorosos cortejos. Pláticas doctrinales del amor de Dios y del prójimo. 363-378: Plática primera del amor de Dios, 378-391: Plática segunda del amor del prójimo. Pláticas doctrinales del amor propio o de sí mismo. 392-408: Plática primera: el amor propio manifiesto y descubierto, 408-426: Plática segunda: el amor propio encubierto y disfrazado, 426-442: Plática tercera: el amor propio vencido y curado consigo mismo. Pláticas doctrinales de la gracia santificante. 443-457: Plática primera: la naturaleza de la gracia, 457-472: Plática segunda: estima de la gracia porque hace a los justos hijos de Dios y sus herederos (estima de la gracia porque hace al hombre hijo adoptivo de Dios y su heredero), 472-489: Plática tercera: facilidad y medios de aumentar la gracia.

Textos sobre José Patricio Fernández de Uribe en el Proyecto Filosofía en español:

1999 Iván Escamilla González, José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796). El cabildo eclesiástico de México ante el Estado borbónico · Introducción · I. La nueva época · II. Viejas instituciones · III. Instituciones cambiantes · IV. El Siglo de las Luces · V. Privilegios cifrados · VI. La crisis en el poder · VII. La crisis en el espíritu · Epílogo · Fuentes. Índice onomástico

2001 Iván Escamilla González, Un rector ilustrado: José de Uribe y la Universidad de México

Textos de José Patricio Fernández de Uribe en el Proyecto Filosofía en español:

1785 Sermón de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, predicado en la Catedral de Méjico

1795 Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794

#Genealogia.org.mx 35609 Manuel de Omaña y Sotomayor 1735-1796

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Manuel de Omaña y Sotomayor

1735-1796

Clérigo católico novohispano, nacido en Tianguistenco en 1735, doctor en Teología, Cura del Sagrario y Canónigo Magistral de la Catedral Metropolitana de México, rector del Real y Pontificio Colegio Seminario Conciliar de México, hermano de Gregorio José de Omaña y Sotomayor [1729-1799, Rector de la Real y Pontificia Universidad de México, obispo de Oaxaca]. Se recuerda a Manuel Omaña principalmente por haber sido coautor, junto con José de Uribe, del «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794».

El 24 de diciembre de 1794 el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro encargó a José Patricio Uribe, en tanto canónigo penitenciario, y a Manuel de Omaña y Sotomayor, en cuanto canónigo magistral (hermano del rector de la Universidad), un informe sobre el famoso sermón que el dominico fray Servando Mier había pronunciado el 12 de diciembre en la colegiata de Guadalupe.

El «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», rubricado el 21 de febrero de 1795 y que parece que es obra principalmente de Uribe, es una pieza magnífica que prueba la potencia crítica y la superioridad, dentro de la lógica interna católica, que sobre las estupideces sostenidas por fray Servando Mier y su inspirador, el licenciado José Ignacio Borunda, podían mantener clérigos con potente formación filosófico crítica y sentido común que seguían la estela iniciada, medio siglo antes, por el padre Feijoo en su Teatro Crítico Universal.

Llama la atención la contundente ironía con la que está escrito todo el Dictamen, y sus continuas referencias al Quijote. De resultas del alucinante episodio del sermón del dominico, no exento sin duda de componentes políticos, fue fray Servando Mier apartado al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, en Santander, a muy poca distancia por cierto de Buelna, en Asturias, de donde procede la ilustre familia de los Mier.

El 1796 falleció Manuel de Omaña y Sotomayor (mientras, fray Servando, que se había escapado de las Caldas de Besaya, había sido reducido de nuevo y se encontraba entonces en el convento de San Pablo en Burgos).

Un cuarto de siglo después de que Mier pronunciase el sermón que hizo posible se elaborase el magnífico Dictamen crítico, y más de veinte años después del fallecimiento del canónigo Uribe, disponiendo el antiguo dominico de mucho tiempo, preso como estaba en los calabozos de la Inquisición de México, escribió entre 1817 y 1820 una «Apología del Dr. Mier» y una «Relación de lo que sucedió en Europa al Dr. D. Servando Teresa de Mier de julio de 1795 a octubre de 1805» (a finales de 1820, preso entonces en el Castillo de San Juan de Ulúa, en Veracruz, escribió un «Manifiesto apologético», resumen de las dos obras anteriores, que creía se habían perdido), en los que se despacha a gusto contra Manuel de Omaña (aunque José de Uribe se lleva la peor parte). La «Apología» y la «Relación» fueron publicadas en ciudad de México en 1865, y en Monterrey en 1876 por su paisano el médico regiomontano José Eleuterio González Mendoza (1813-1888) (a) Gonzalitos, bajo el título Biografía del benemérito mexicano D. Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, Juan Peña editor, Monterrey 1876, 368 páginas. Estas obras de Mier, bien curiosas y entretenidas, han conocido bastantes ediciones, casi siempre bajo el rótulo de Memorias, por lo que servirá ofrecer aquí sólo unos párrafos que muestren el recuerdo ponzoñoso que Mier reconstruyó entonces de Omaña (citamos por la edición de 1876):

«El día infraoctava de Corpus, se me embarcó, convaleciente de fiebre, y bajo partida de registro en la fragata mercante la Nueva Empresa. Mientras ella navega, yo voy a dar cuenta del dictamen que dieron sobre mi sermón los dos Canónigos Uribe y Omaña, escogidos por el Arzobispo a propósito para condenarme.» (Servando Mier, pág. 80)

«III. Las pasiones bajo el disfraz de censores calumnian a la inocencia. Decían los conquistadores de los indios que eran esclavos a natura: ¿será verdad de sus antecedentes? Siendo puestos en acción por algún europeo poderoso contra sus paisanos, no hay esclavos más leales, aduladores más viles, ni perseguidores más enconosos y rateros. Escogió el Arzobispo por censor a Uribe, porque ya se sabía su opinión en lo que había escrito de Guadalupe, y porque todos sabían que no podía decir como San Pablo, nunquam fuimus insermone adulationis, sicut scitis. Omaña tenía por imagen de su devoción un retrato magnífico del Secretario del Arzobispo, Flores; y en efecto se me aseguró que no había hecho más que conformarse con el dictamen de Uribe como una criatura. Su censura demostrará que fueron mandados hacer. […]
Entregado todo esto al Notario, sacó un papel, y leyendo en él, todo pensativo y misterioso, comenzó a hacerme de parte de Uribe algunas preguntas tan insidiosas, que el Notario se enredó, y me preguntó algunos absurdos, como si las pruebas que yo tenía del sermón, eran de autores Infalibles, inmutables e invariables. Toda esa jerga se reducía a saber si tenía más pruebas, o si estaban en autores impresos, únicos que respetasen sus obras como el Sr. D. Quijote de la Mancha. […] También se me preguntó si sabía mexicano, aunque yo tenía más derecho para preguntar si lo sabían los censores para juzgar de un sermón todo fundado en frasismos de la lengua. Uribe dice en su dictamen que él no lo hablaba; pero que había estudiado la gramática, y que su compañero había sido cura de varios pueblos de indios. Es decir, que Uribe era como aquellas gramáticos macancones [82] que han estudiado la gramática en el aula, y no hablan latín, ni lo entienden. Y Omaña sabía algunos términos machucados, que es lo que saben muchos Curas para preguntar a los indios casaderos su consentimiento, y tomar los derechos. Si hubiera sabido más, no hubiera usado Uribe de este circunloquio. Pero asegura que según su gramática todos los términos de Borunda estaban bien explicados. Llegándome a preguntar de Borunda, en lugar de decir que él me había instruido en aquellos términos e ideas, dije haberlas tomado de su obra, porque aunque no la había visto, sabía que las contenía. Viendo fraguado el rayo, quise más bien recibir yo todo el golpe, que hacerlo resentir sobre un infeliz padre de familia, que si me había sorprendido y engañado, era con buena intención. Borunda pagó mal la mía, porque en España ví en los autos una esquela a Uribe, en que procuraba echar el cuerpo fuera, cuando ni yo había imaginado en mi vida tal sistema, ni me hubiera atrevido a predicarlo sin sus pruebas incontrastables. Aún se atrevía a llamar a mi sermón rudis indigestaque moles cuando confiesan los censores que sin la clave de mi sermón, que contenía la quinta esencia de la obra de Borunda, les hubiera sido imposible penetrar en su inextricable laberinto. Acaso por su lectura yo tampoco hubiera hallado salida; pero él hablaba mejor que escribía, y mi sermón era sólo análisis de lo que le oí. El dictamen de Uribe en su mayor parte está sobre el género de la impugnación del Padre Isla al Cirujano, que es una burla continuada, sin decir un ápice de sustancia. Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como D. Quijote sobre caballerías, y se ocupa en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones. […]» (Servando Mier, págs. 81-82.)

Textos de Manuel de Omaña y Sotomayor en el Proyecto Filosofía en español:

#Genealogia.org.mx 35608 Fray Servando Teresa de Mier

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Fray Servando Teresa de Mier

Memorias

< Primera parte >

Apología

Poderosos y pecadores son sinónimos en el lenguaje de las Escrituras, porque el poder los llena de orgullo y envidia, les facilita los medios de oprimir, y les asegura la impunidad. Así la logró el arzobispo de México D. Alonso Núñez de Haro en la persecución con que me perdió por el sermón de Guadalupe, que siendo entonces religioso del orden de Predicadores, dije en el santuario de Tepeyácac el día 12 de Diciembre de 1794.

Pero vi al injusto exaltado como cedro del Líbano, pasé, y ya no existía. Es tiempo de instruir a la posteridad sobre la verdad de todo lo ocurrido en este negocio, para que juzgue con su acostumbrada imparcialidad, se aproveche y haga justicia a mi memoria, pues esta apología ya no puede servirme en esta vida que naturalmente está cerca de su término en mi edad de cincuenta y seis años. La debo a mi familia nobilísima en España y en América, a mi Universidad mexicana, al orden a que pertenecía, a mi carácter, a mi religión y a la Patria, cuya gloria fue el objeto que me había propuesto en el sermón.

Seguiré en esta apología el orden mismo de los sucesos. Contaré primero, para su inteligencia, lo que precedió al sermón y le siguió hasta la abertura del proceso. [2] Probaré luego que no negué la tradición de Guadalupe en el sermón; lo expondré con algunas pruebas, y haré ver que lejos de contradecirla, su asunto estaba todo él calculado para sostenerla contra los argumentos, si era posible, y si no para que restase a la Patria una gloria más sólida y mayor sin comparación. De ahí aparecerán las pasiones en conjura, procesando a la inocencia, calumniándola bajo el disfraz de censores, infamándola con un libelo llamado edicto pastoral, acriminándola con un pedimento fiscal que él mismo no es más que un crimen horrendo, y condenándola con una sentencia digna de semejante tribunal; pero con la irrisión cruel de llamar piedad y clemencia a la pena más absurda y atroz. Y partí para el destierro; pero siempre bajo la escolta tremenda de los falsos testimonios enmascarados con el título de informes reservados. Siempre me acompañó la opresión, siempre la intriga, y no hallé en todos mis recursos sino la venalidad, la corrupción y la injusticia. Aunque con veinticuatro años de persecución he adquirido el talento de pintar monstruos, el discurso hará ver que no hago aquí sino copiar los originales. No tengo ya contra quién ensangrentarme; todos mis enemigos desaparecieron de este mundo. Ya habrán dado su cuenta al Eterno, que deseo les haya perdonado.

I
Antecedentes y consiguientes del sermón hasta la abertura del proceso

Unos diez y siete días antes del de Guadalupe, el regidor Rodríguez me encargó el sermón para la fiesta del Santuario, y como orador ejercitado y que ya había predicado tres veces de la misma imagen con aplauso, presto inventé mi asunto, y lo estaba probando, cuando el [3] padre Mateos, dominico, me dijo que un abogado le había contado cosas tan curiosas de Nuestra Señora de Guadalupe, que toda la tarde le había entretenido. Entré en curiosidad de oirle, y él mismo me condujo a casa del licenciado Borunda. Este me dijo: «yo pienso que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es del tiempo de la predicación en este reino de Santo Tomás, a quien los indios llamaron Quetzalcohuatl.» No extrañé esta predicación que desde niño aprendí de la boca de mi sabio padre. Cuanto he estudiado después me ha confirmado en ella, y creo que no hay americano instruido que la ignore, o que la dude. Pero contra ser de aquel tiempo la imagen de Nuestra Señora, opuse la tradición. «No la contradice mi opinión –respondió–, porque según ella ya estaba pintada la imagen cuando la Virgen la envió a Zumárraga.» «No estaría –repliqué– en la capa de Juan Diego, que entonces no existía.» «No es capa de indio –me dijo–: yo creo más bien que está en la capa del mismo Santo Tomás, que la daría a los indios como el símbolo de la fe, escrito a su manera, pues es un jeroglífico mexicano, de los que llaman compuestos, que lo cifra y lo contiene.» «No sería, pues, la pintura sobrenatural.» «Antes en mi sistema sólo puede probarse. El doctor Bartolache ha arruinado todos los fundamentos que tuvieron los pintores en 1666; pero los jeroglíficos que yo veo en la imagen están ligados a los frasismos más finos del idioma nahuatl, con tal primor y delicadeza, que parece imposible que los indios neófitos, en tiempo de Santo Tomás, como después de la conquista, pudiesen cifrar los artículos de la fe en una manera tan sublime. Aun la conservación de la imagen sólo puede ser milagrosa en el transcurso de tantos siglos. Y si es que está maltratada, como ya lo estaba en 1666, pudo provenir de algún atentado de los apóstatas, cuando la persecución de Huemac, rey de Tula, contra Santo Tomás y sus discípulos. Y a eso puede aludir tal vez la alegoría del desuello de la Tetehuinan, tan célebre en las historias mexicanas. Los cristianos la [4] esconderían y la Virgen se la envió al obispo con Juan Diego, &c., conforme a la corriente tradición.»

Esto es en último resultado cuanto me dijo Borunda, y es también el análisis de mi sermón. Él prosiguió así: «yo, a más de serme el idioma nahuatl nativo, llevo más de treinta años de estudiar su sentido compuesto y figurado, de leer manuscritos, confrontar tradiciones, examinar monumentos, con viajes al efecto, ejercitarme en descifrar jeroglíficos, de que creo haber encontrado la clave; y lo que he dicho sobre la imagen de Guadalupe es el resultado de mis estudios. Todo está desenvuelto en este tomo de folio, titulado Clave general de jeroglíficos americanos, que he escrito en obsequio a la orden Real, con que a instancia de la Real Academia de la Historia se nos invivó a escribir sobre nuestras antiguallas, y con ocasión de los tres monumentos excavados en la plaza Mayor.

»Ahí se han explicado aludiendo a las antiguas supersticiones achacadas en todo a los indios; pero no hay tal cosa; lo que contienen son las épocas de los sucesos principales de la escritura y de la religión cristiana.» «Entonces –interrumpí yo– son monumentos preciosísimos en su abono, porque no podrán decir los incrédulos que los cristianos los hemos fingido. Eso debería imprimirse.» «Yo –continuó Borunda– reclamé a su tiempo en la gaceta literaria; pero me han faltado caudales para la impresión. Si usted quisiere dar noticia al público en su sermón, para excitar la curiosidad, acaso se lograría lo necesario para la impresión.» «Yo lo haría gustoso –respondí–; pero era necesario que tuviese certeza de los fundamentos, y ya ve usted que no tengo tiempo de examinar su obra.» Creo que sólo faltaban nueve o diez días para el sermón. «¡Oh! –me dijo– las pruebas son incontrastables, sino que necesitan extensión para presentar su fuerza. Eso puede remediarse exhibiendo sólo algunas pruebas ligeras, adaptables a un sermón, remitiéndose a una discusión pública, en que se exhibirán todas; y no hay miedo. Yo he consultado mi obra con el presidente ministro Luengo de San Agustín, [5] y también la llevé al canónigo Uribe, quien me dijo no le daban sus ocupaciones tiempo para examinarla; pero no me la reprobó.»

Estas recomendaciones eran buenas: yo tampoco podía imaginarme que un abogado de la Real Audiencia en función, tuviese los sesos averiados, como pretenden los canónigos censores. Soy también sencillo; me ha cabido esta pensión de los grandes ingenios, aunque yo no lo tenga. Vi un sistema favorable a la religión, vi que la patria se aseguraba de un apóstol, gloria que todas las naciones apetecen, y especialmente España, que siendo un puño de tierra, no se contenta menos que con tres apóstoles de primer orden, aunque todos se los disputen: vi, en fin, que sin perjudicarse a lo substancial de la tradición, se exaltaba la imagen y el Santuario, y sobre todo que se abría un rumbo para responder a los argumentos contra la historia guadalupana, de otra suerte, en mi juicio, irresolubles. La religión, la gloria de la patria, de la imagen, del Santuario, me llenaron de entusiasmo, y éste me trastornó, si es que me trastornara. Huic uni forsan potui succumbere culpae.

Me retiré a mi celda después de haber oído a Borunda. Dos o tres días medité todo lo que me había dicho, lo reduje a cuatro proposiciones, calqué algunas pruebas, y ya fijado el cuadro, volví para llenarlo a recoger las necesarias. Es verdad que cuantas se me daban eran ligeras; pero ya creía conforme a lo antecedente que lo substancial quedaba en el fondo de la obra. Pedí especialmente apuntes sobre la explicación de los jeroglíficos mexicanos que Borunda creía ver en la imagen, porque mis conocimientos sobre este género son muy superficiales; y él me los dictó, ya hablando, ya leyendo en su obra.

Con este material volví a trabajar, y como tenía que probar cuatro proposiciones, enlazar las pruebas, dar a todo el tono oratorio, y no poseía la materia, borroneé más de lo que suelen borronear todos los oradores antes de sacar una pieza perfecta. De suerte que mis borrones, [6] con los apuntes de Borunda, suben en los autos a diez y ocho pliegos, aunque el sermón sólo tiene cinco.

Cuando ya no faltaban sino dos o tres días para el sermón, habiendo logrado un borrador tal cual legible para mí, lo fui a leer a Borunda, quien lo aprobó. Lo leí igualmente a varios doctores amigos; nadie lo halló teológicamente reprensible; nadie creyó que se negaba la tradición de Guadalupe: todos lo juzgaron ingenioso, y algunos participaron de mi entusiasmo, hasta ofrecerme sus plumas para presentarse a mi favor en la lid literaria a que provocaba.

Confieso, sin embargo, que mi entusiasmo había caído con el tiempo, y que a haber habido dos días más para hacer otro sermón, no hubiera predicado el mismo. Pero la urgencia del tiempo, el voto de mis amigos, las pruebas incontrastables que decía tener Borunda, y algunas no muy despreciables que yo hallaba en el fondo de mi instrucción, y sobre las cuales entablaré luego mi defensa, me hicieron echar el pecho al agua.

Predicado el sermón, tuve como siempre lo que llaman galas y no faltó, entre los canónigos de la Colegiata, quien me lo pidiese para archivarlo como una pieza erudita que hacía honor a la América, ni entre los individuos del Ayuntamiento de la ciudad, quien me aconsejase no lo diera, porque se trataría de imprimirlo. Yo, aunque tenía que predicar en las Capuchinas de México a los sereneros, y no tenía sermón (de que al cabo no alcancé a componer sino la primera parte), preferí andar por los lugares más públicos, y visitar varias casas respetables, para observar la impresión que había hecho mi sermón. No encontré escándalo ninguno, salvo entre algunos la noticia de que había predicado una especie nueva.

Pero mirabile dictu!, el señor arzobispo envió orden a las iglesias para que en el domingo infraoctava se predicase nominalmente contra mí, por haber negado la tradición de Guadalupe, afirmando que la imagen estaba pintada en la capa de Santo Tomás, y no en la del indio Juan Diego. [7] Y como para este día se reservan casi todas las fiestas de Guadalupe en México, por estar ocupado el pueblo el día principal en romería al Santuario, y, por consiguiente, los oradores son muchos, su declamación simultánea y acalorada produjo inmediata y necesariamente un escándalo terrible. La medida para excitarlo y motivarme sobre él un proceso era tan infalible, que antes que resultara (pues a las ocho y media de la mañana del mismo domingo aún no se había predicado ningún sermón), ya se me pidió el mío por medio de mi provincial, que tuve la sencillez de entregar como lo tenía en borrador, y se me intimó la suspensión de predicar, al tiempo mismo que iba a hacerlo en las Capuchinas.

Considérese un pregón semejante en un pueblo tan vivo como el mexicano, que a sola la vista de una aurora boreal había representado poco antes el día del juicio; y tan entusiasmado por la imagen de Guadalupe, que sin embargo de creer que el fuego celeste venía de hacia el Norte, toda la noche se precipitaba a bandadas sobre Tepeyácac para morir quemados, decían, con nuestra Señora. Hic dies primus laeti, primusque malorum, &c. Si no perecí víctima de la indignación popular, quizás lo debí a la prudencia de mantenerme recluso en mi convento. Mi comunidad se creyó expuesta, y el provincial le previno cuando iba en aquellos días a la procesión de la imagen de los Remedios, marchase con un recogimiento extraordinario, para evitar los insultos del populacho. Se sabía entre las gentes instruidas de México que el arzobispo no creía la tradición de Guadalupe, y que él mismo, cuando yo estaba predicando, estaba diciendo a sus compañeros que era poco creíble; y este alboroto no era más que una maniobra para procesarme, quitarme el crédito que yo tenía en el pueblo, y perderme por envidia o por su odio notorio contra todo americano especialmente sobresaliente. Pero aun cuando hubiera creído la tradición, y mi sermón hubiera sido escandaloso, no era él quien debía juzgarme, porque su pregón lo era más. [8] Y al cabo, injusto en todo sentido, porque ciertamente no había pensado en negar tal tradición de Guadalupe. El buen pastor del Evangelio buscó a la oveja que se había extraviado, la cargó amorosamente sobre sus hombros para reconducirla al redil, no le dio de palos, le echó los perros, ni alborotó el rebaño. Y ¿había yo negado la tradición de Guadalupe? Ni me había pasado por la imaginación.

Era fácil que yo me engañase en propia causa; pero el Cabildo de la Colegiata misma de Guadalupe, que debía reputarse el más interesado, habiendo visto el escándalo suscitado el día 14 de Diciembre, se juntó en pelícano, el 16, y después de haber convenido en que lo que yo había predicado era más glorioso a la patria, a la imagen y al Santuario, que lo que ellos tenían, dijeron que su dictamen hubiera sido diputar cuatro o cinco capitulares a conferenciar conmigo; y si resultaba fundado lo que había predicado como probable, se me convidaría con un sermón para que lo predicase como cierto; y si no para que lo desdijese. Pero que S. S. I. había avocado a sí la causa. El canónigo de Guadalupe Gamboa estuvo el mismo día por la noche en mi celda para avisármelo, y me lo confirmó luego el canónigo Leyva, secretario del Cabildo. Ambos se maravillaron de que yo hubiese entregado el sermón, sabiendo la antipatía del arzobispo contra los criollos y sus glorias. Este dictamen, así como prueba que el arzobispo procedió a dar su pregón sin pedimento de parte, así prueba que los canónigos no habían creído que se hubiese negado la tradición, ni hubiese en el sermón cosa digna de censura o nota teológica, pues no hubieran querido que lo predicase como cierto, si estaba fundado.

Consta de los autos y juro in verbo sacerdotis que desde el principio del sermón hice esta protesta: «Advierto que no niego las apariciones de María Santísima a Juan Diego y Juan Bernardino; antes, negarlas me parece reprensible. Tampoco niego la pintura milagrosa de nuestra [9] imagen, antes he de probarla de una manera plausible.» Advertí luego que nada negaba de cuanto creía ser la tradición genuina y legítima. Tal debe reputarse aquella que la Sagrada Congregración de Ritos, después del acostumbrado examen, se sirvió expresar en las lecciones del rezo. Al fin de la tercera del segundo nocturno, después de haber hablado de la mujer del Apocalipsis vestida del sol y teniendo la luna debajo de sus pies, prosigue: «casi en esta figura cuentan que apareció en México, año 1531, una imagen maravillosamente pintada de la Virgen María, la cual dicen designó allí cerca de la ciudad a un piadoso neófito con un prodigio el lugar donde quería se le consagrase un templo.» No dice más en todo el oficio. ¿He negado yo algo de esto? Antes he admitido más, como se ve por la protesta; ni sin lo dicho podría subsistir el complejo de mi sermón. Luego no negué en él la tradición de Guadalupe.

Es verdad que añadí una u otra especie, para exaltar, como ya dije, la patria y la imagen, y suprimí algunas circunstancias, tampoco admitidas por la Congregación de Ritos, no esencial a la tradición, y necesaria en mi juicio de omitir, para salvar la tradición de dificultades insuperables. Y, sin embargo, desde la introducción del sermón anticipé esta otra protesta, que consta también, y juro in verbo sacerdotis. «Sujeto mi proposición a la corrección de los sabios; que aunque a algunos parecerán extrañas, a mí me parecen probables. Y a lo menos, si me engaño, habré excitado la desidia de mis paisanos, para que, probándomelo, aclaren mejor la verdad de esta historia que no cesan de criticar los desafectos. Y entonces más gustoso yo retractaré todas mis pruebas, de que ahora sólo puedo exhibir algunas, consultando a la brevedad y a la inteligencia de la mayor parte del auditorio.» Está claro que mi intento era sólo excitar una discusión literaria para afianzar mejor la tradición, y que mientras, presentaba yo el medio que me parecía conducente.

Si no obstante mis protestas, infería el arzobispo que [10] con lo que añadí se perjudicaba la tradición, no por eso le era lícito hacerme acusar ante el pueblo de la negativa como de una doctrina expresa mía, siendo sólo una consecuencia suya, que yo había negado de antemano en el sermón. –Nuestro Santísimo Padre Inocencio IX, en su célebre Breve dogmático dirigido a las iglesias de Francia para darles la paz sobre las querellas de Jansenio y Quesnel, definió que aunque uno asiente principios de que se sigan consecuencias heréticas, no se le deben atribuir al que las niega, aunque haya establecido los principios de que se infieren. Si esto es un punto doctrinal y dogmático, mucho menos se me debía imputar a mí contra mis protestas la consecuencia de haber negado la tradición de Guadalupe, siendo un punto histórico compuesto de muchas circunstancias, de que algunas pueden negarse, como sucede a cada paso en muchos puntos de Historia, sin que por eso se diga negada la Historia misma.

Aunque la cosa es evidente, pondré un par de ejemplos en tradiciones aprobadas. Los españoles tienen por tradición que la Virgen Santísima, apareciendo en vida mortal a Santiago, mandó que le erigiera un templo en Zaragoza, para ser desde allí la protectora de las Españas. Pero cuando se pidió rezo sobre esto a la Congregación de Ritos, Benedicto XIV, como promotor entonces de la fe, objetó que parecía indecente a la humanidad de la Madre de Dios en vida mortal mandar se le erigiese templo. Y así que se omitiese esta circunstancia, poniendo sólo en el rezo que la Virgen mandó a Santiago levantar un templo, y se dejase a su devoción haberlo consagrado a ella misma. Así se hizo: ¿y se ha de decir por eso que la Congregación de Ritos negara la tradición del Pilar?

Otro ejemplo. Es tradición de los españoles consignada en sus Breviarios, que Santa Leocadia, levantándose del sepulcro delante del pueblo toledano, dijo a San Ildefonso: «Alfonso, por ti vive mi Señora, que tiene las cumbres del cielo.» Pero cuando se trató de insertar esto en las lecciones de San Ildefonso en el Breviario romano, [11] opuso el mismo Benedicto XIV que estas palabras eran hiperbólicas y exageradas, ajenas del lenguaje sencillo de los bienaventurados en sus apariciones, y verdaderamente no sanas. Y así que, aunque se permitiesen a los españoles en sus Breviarios, se debían omitir en el romano, que debe estar compuesto con más peso y maduro examen; y tanto más, cuanto había antes español que hubiese puesto aquellas palabras en la boca del pueblo. Así se hizo; y ¿se ha de decir por esto tampoco que la Congregación de Ritos negó la aparición de Santa Leocadia a San Ildefonso?

Mucho menos se debió, pues, afirmar que yo había negado la tradición de Guadalupe, sobre la cual los mismos autores guadalupanos se contradicen, negando alternativamente muchas y muy graves circunstancias, como se verá en la serie del discurso, sin que nadie tampoco diga por eso que han negado la misma tradición.

Arguyo ad hominem contra el mismo arzobispo. Todos los testigos nemine discrepante de las informaciones sobre Guadalupe de 1666, que tanto pondera en su edicto, y todos los autores guadalupanos, que llama gravísimos (excepto uno moderno, que duda por una inscripción mexicana del Santuario), afirmaron que el obispo Zumárraga, en obediencia al mandato de la Virgen de erigirle templo en Tepeyácac, labró allí una capilla provisional, adonde la trasladó a los quince días de la aparición, es decir, a 24 de Diciembre de 1531, yendo él en la procesión, y algunos añaden que descalzo y llorando de devoción.

Pero el señor arzobispo afirma en su edicto que no se trasladó la imagen hasta el año de 1533, año que todo lo pasó en España Zumárraga, para donde partió unos seis meses después de la aparición, y no volvió hasta 1534. Consta de Torquemada en su vida, tomo III, y también del mismo en el I; de cédula real que cita Tanco en su advertencia y de orden real que cita el cronista real Muñoz en su disertación sobre Guadalupe, de que luego hablaré. [12] De que se infiere que ni el obispo trasladó la imagen, ni hizo tal capilla, aunque antes de irse a España hizo el hospital del Amor de Dios y su palacio, que lo cedió, como consta de su libro manual de recibo y gastos, que tenía en su poder D. Carlos de Sigüenza, ni hizo caso de ella después que volvió de España, aunque todavía vivió diez años, aunque el año de 1544 hizo el colegio de Santiago, y que en aquel tiempo nada costaba edificar sino mandarlo, pues los indios (como dice Torquemada) lo hacían todo de balde. Casas fue quien en 1542 sacó las primeras leyes para que se les pagase su trabajo.

¿Sería posible, si la tradición fuese verdadera, que un obispo venerable hubiese desobedecido una orden tan terminante de la Madre de Dios y jamás hubiese hecho caso de la imagen que la misma había puesto a su cuidado como un gaje de protección para sus ovejas? Y sin embargo de haber afirmado el señor arzobispo una proposición de tan terribles consecuencias contra la aparición, no querría que dijésemos que la había negado en el mismo edicto en que pretendió apoyarla. Luego tampoco S. I. debió decirlo de mí contra mis protestas, por más que le pareciese inferirse de la negativa de alguna circunstancia.

Y ¿qué hubiera dicho si yo me hubiese puesto a pregonar en los pulpitos que S. I., no sólo había negado esta y otras muchas graves circunstancias de la tradición, sino minádola toda por sus cimientos? A lo menos, con su aprobación se imprimió el manifiesto del doctor Bartolache, del cual estoy persuadido, hasta creer (lo puedo demostrar) que es una refutación completa y fundamental de la tradición de Guadalupe, aunque disfrazada con el mayor arte para evitar el odio público. Hubiera dicho el arzobispo, sin duda, que él no lo había creído así, que mi juicio privado no era un título suficiente para entregarle a la furia del resentimiento popular, y pediría altamente justicia contra mí, aun cuando hubiese podido ser su superior, por haberlo desacreditado sin haberle oído ni convencido. [13]

Eso es lo mismo que yo debí decir y pedir sobre el caso de mi sermón.

Para penetrar su objeto y artificio era menester haberse hecho cargo primero del estado de la cuestión. En 1648, es decir, ciento diez y siete años después de la aparición, se dio a luz en México por Sánchez su primera historia, sin fundarla en documento alguno, y nació con ella la dificultad y la oposición. El capellán mismo del Santuario, licenciado Lazo, escribió al autor, felicitándole por la noticia, que le cogía enteramente de nuevo, porque hasta entonces ni él ni sus antecesores los capellanes de la ermita de Guadalupe habían sabido la Eva que allí poseían.

Después de algunos años imprimió su historia el cura Becerra Tanco, y se queja de los desafectos que le habían interceptado su primera relación, escrita poco después del primer autor. Siguióse a escribir en el mismo siglo el padre Florencia, lamentándose de los incrédulos sobre el particular. Ellos han crecido tanto desde entonces, que años ha los sermones de Guadalupe en México se han convertido en disertaciones apologéticas, y nadie diserta así donde no hay opositores. El doctor Bartolache dice que tituló satisfactorio su manifiesto, porque era satisfacer a los muchos que en México niegan o dudan la tradición. El mismo les ha multiplicado, pues con una mano destruyó sordamente sus fundamentos y con la otra, no sólo repuso en pie las antiguas dificultades, sino que excitó nuevas, sin dar solución a ninguna, sino aparente a lo más. Pocos americanos habrá en México que no hayan tenido sobre esto debates con los europeos, que como no nacieron en esta creencia y media alguna rivalidad, no cesan de oponernos las dificultades que están saltando a la vista, y aun se aseguraba que el arzobispo era uno de los que las objetaban. Sin embargo, como nadie sin vocación al martirio se atreve a arrostrar públicamente una tradición popular piadosa, por falsa que le parezca, la contradicción había sido privada y solapada hasta entonces. Pero ya entonces no lo era. [14]

El Dr. D. Juan Bautista Muñoz, bien conocido por sus obras en la república literaria, cronista real de las Indias, de cuya historia ya había dado un tomo a luz, y secretario de S. M. en la Secretaría de Gracia y Justicia del mismo Departamento, encontró en el archivo real de Simancas el informe que en 1575 envió el virrey D. Martín Enríquez al rey, que se lo había pedido, sobre el origen de la devoción o historia de Guadalupe, y la contradice expresamente. Tampoco le es favorable el venerable padre Sahagún, el más instruido de los primeros misioneros, el cual, en su historia universal de la Nueva España, tres tomos, folio, que halló el cronista en la librería de San Francisco de Tolosa, en Guipúzcoa, va hasta llamar sospechosa de idolatría la devoción de los indios con la Virgen de Guadalupe.

Con estos y otros documentos formó el cronista una disertación pulidamente escrita, en que se propuso probar que la historia de Guadalupe es una fábula. La presentó en Septiembre de 1794 a la Real Academia de la Historia, que, habiéndola hecho examinar, la aprobó, decretó la impresión entre sus actas y expidió al cronista la patente de académico de número. Teníamos, pues, ya contra la tradición, el dictamen de una Academia real tan sabia como la de la Historia, en la cual estaban los Campomanes, los Capmanys, los Riscos, los Tragias, lo más florido de la nación, y teníamos los argumentos de un cronista justamente célebre, tanto más terribles cuanto me constaba por testimonio jurado de D. Carlos de Sigüenza, uno de nuestros mayores sabios, que el manuscrito mexicano, que se creía muy antiguo, que es el único documento de la tradición como se cuenta, y del cual todos los autores guadalupanos no son más que paráfrasis, tradiciones y copias; es obra del indio D. Valeriano, natural de Azcatpozalco, escrita de ochenta a ochenta y dos años después de la aparición.

Para evitar si era posible estos argumentos contra ella, estaba calculado el sermón, lejos de haber pensado en negar la tradición. [15] Y si no era posible sostenerla para que nos quedase una cosa tanto más gloriosa cuanto va de no haber merecido la parte mayor del mundo una ojeada de misericordia a Jesucristo ni a su Madre hasta mil seiscientos años después de la muerte del Redentor, o haberla logrado al mismo tiempo que las demás partes del mundo, no menos pecadoras que la América.

Para esto expuse como probables dos proposiciones, a que en substancia se redujo todo el sermón. Lo demás no eran sino episodios de poca importancia para tapar algunos agujeros que la crítica ha abierto en la tradición. La primera fue que el Evangelio ha sido predicado en América siglos antes de la conquista por Santo Tomás, a quien los indios llamaron ya Santo Tomé en lengua siriaca, como los cristianos de Santo Tomé en el Oriente; ya Chilancambal, en lengua chinesa, cosas muy para notar; ya Quetzalcohualt (sincopado Quetzacoatl) en lengua mexicana. Porque quetzal, por la preciosidad de la pluma de Quetzalli, correspondía en las imágenes aztecas a la aureola de nuestros santos, así como zarcillos y rayos alrededor de la cara era un distintivo de la divinidad, y, por consiguiente, vale como decir santo. Y coatl, corruptamente coate, significa lo mismo que Tomé, esto es, mellizo, por la raíz taam, pues en hebreo se dice Thama o Taama, y con inflexiones griegas Thomas, a quien, por lo mismo, los griegos también llamaban Dydimo en su lengua. Thomas qui dicitur Dydimus.

Esta predicación ha sido defendida por muchos y muy graves autores españoles, extranjeros y americanos, aun en obras a propósito, no solo manuscritas sino impresas en España, como Diego Durán, Gregorio García, Alonso Ramas, Antonio Calancha, Nobrega, Mendieta, Remesal, Torquemada, Betancourt, Rivadeneira, Abraham, Justo Lipsio, el autor español de las excelencias de la Cruz, Sigüenza en su Fénix del Occidente, el apóstol Santo Tomé; el jesuíta autor de la Historia del verdadero Quetzacohuatl, el apóstol Santo Tomé; Becerra Tanco, Boturini, [16] Veitia y otros muchos. Sin que hayan faltado santos y sabios arzobispos y obispos de América, verbigracia, Dávila Padilla, Casas y Zarate, ni cardenales de la santa romana Iglesia, como Gotti.

Esta opinión es la más conforme a la Sagrada Escritura y a los SS. PP., la más digna de la misericordia de Dios con una inmensa porción de linaje humano, la más propia para confundir las blasfemias de los incrédulos contra la divinidad de la religión cristiana, y al mismo tiempo que está apoyada sobre monumentos irrecusables, la más gloriosa, no sólo a los americanos, sino a los españoles.

Esta predicación fue, no obstante, la verdadera piedra de escándalo para el arzobispo y otras personas de igual antipatía a las glorias de América, y por tanto insinuaré algo en su apoyo, de lo mucho que podría alegar sin otro trabajo que copiar de los volúmenes impresos y manuscritos que existen sobre el particular, y de lo que yo he traído también en otra obra.

He dicho que esta opinión es la más conforme a la Sagrada Escritura, porque Jesucristo, enviando a predicar a sus apóstoles, les mandó: «Yendo al mundo entero, predicad el Evangelio a toda creatura que está por debajo del cielo; y sedme testigos desde Jerusalén y Judea hasta lo último de la tierra.» ¿Sería dable que en una orden tan fuerte, general y absoluta no se hubiese comprendido la mitad del globo? Y ¿qué disculpa podrían tener los apóstoles de no haberla cumplido, habiéndoles su Maestro comunicado expresamente los poderes de su omnipotencia para levantar los obstáculos? El Evangelio no se plantó sino a fuerza de milagros; y si, según San Lucas, el apóstol San Felipe fue arrebatado por los aires para ir a anunciar el Evangelio a una sola ciudad de filisteos llamada Azoto, adonde podía ir por su pie, ¿había mayor dificultad o menor interés para que Santo Tomé lo trajese a casi la mitad del mundo? San Marcos concluye su Evangelio afirmando que habiéndose los apóstoles partido, predicaron en todas partes; [17] y la mayor parte del mundo es la América.

San Pablo escribía a los colosenses que el Evangelio estaba entre ellos, como en el mundo entero está, les dice, y fructifica y cree. Y escribiendo a los romanos veintinueve años después de la muerte de Cristo, les dice que en verdad ya se había cumplido el vaticinio de David acerca de los apóstoles, «a toda la tierra llegaron sus palabras».

Habiendo dicho Jesucristo a sus discípulos que del templo de Jerusalén que estaban admirando no quedaría piedra sobre piedra, y preguntándole ellos la época de su destrucción, la más decisiva, última y próxima señal de todas las que les dio, fue «se predicará este Evangelio en todo el mundo, y entonces vendrá la consumación». Hablaba de la del templo y de Jerusalén. Este es el sentido literal que sigue Calmet, y que Jesucristo mismo parece confirmar, pues concluye así su discurso: «De verdad os digo que no pasará la presente generación sin que todas estas cosas se hayan cumplido.» Y que efectivamente se cumplieron todas las señales que entonces dio antes de la ruina de Jerusalén, que fue cuarenta o cuarenta y dos años después de su muerte, lo prueba con mucha erudición el insigne obispo Testado sobre San Mateo.

Así lo entendieron también multitud de Padres que sostuvieron haberse predicado el evangelio por todo el mundo desde el tiempo de los apóstoles. Pueden leerse reunidos sus textos en Maluenda de Ante-Christo. San Crysóstomo hasta compuso para probarlo una homilía entera, que es la 21. San Agustín es verdad que pareció dudar, pero sin ocurrir al docto Titelman, que de propósito se puso a probar que las razones del Santo no concluyen su intento. Santo Tomás lo reconcilia con los otros Padres explicándolo y diciendo que sólo quiso decir que no se predicó el Evangelio en todo el mundo desde el tiempo de los apóstoles, de tal modo que fructificase hasta fundarse iglesias en todos los reinos y provincias (y en realidad eso es lo que prueban las razones de San Agustín); [18] pero que no negó se hubiese dado un pregón general de la nueva ley en todo el mundo, conforme a las órdenes de Jesucristo.

Yo bien sé que a pesar de la explicación de Santo Tomás, y de decir Bossuet que en el último discurso que cité de Jesucristo se pueden muy bien discernir las señales que pertenecen al fin del mundo de las que tocan a la ruina de Jerusalén, los teólogos todavía se dividen y subdividen, citando cada uno los Padres, ni yo intento decidir la cuestión. Bien concibo que para salvar la verdad de los textos de la escritura citados y otros que pudieran citarse, no es necesario que los apóstoles predicasen en cada lugar, ni provincia, ni reino, bastando anunciarlo en las capitales de los reinos, o fundar iglesias en las provincias contiguas, de donde poco a poco se fuese comunicando con fruto a las demás por sus discípulos. Pero cuando se trata de un continente separado, tan vasto que propiamente se pueda llamar un nuevo mundo, y de un período, sin noticia de Evangelio, tan largo como quince siglos, me parece que los textos sagrados adquieren una fuerza extraordinaria, y que ningún Padre, a haber tenido noticia de la América, hubiera negado en ella la predicación desde los tiempos apostólicos. Y mucho menos San Agustín, que asienta por canon para la interpretación de la escritura, que se debe entender siempre a la letra cuando no se siga un absurdo; y tan no se sigue en el caso, que más bien el absurdo estaría en que no se hubiese predicado.

Sí, parece un absurdo en la misericordia con el mundo todo, igualmente redimido con su sangre, haber dejado perecer entre las tinieblas de la infidelidad durante diez y seis siglos, la parte mayor del mundo, en la cual informó al rey, año de 1542, como testigo de vista el venerable obispo Casas, que parecía haber puesto Dios el mayor golpe del linaje humano. No, no, mucho más digno parece de la misericordia sin límites de Nuestro Salvador haberla luego extendido a todos los hombres, a quienes [19] debía obligar su ley. No argüiré yo sino al apóstol de las gentes. Et quomodó credent ei, quem non audierunt? Quomodó autem audient sine predicante? Quomodó autem predicabunt nisi mittantur? Sed dico: Nunquid non audierunt? Et quidem in omnem terram exivit souus eorum, &c. in fines orbis terrae verba eorum. Los que pretenden que Dios hiciese distinción de naciones, trasladan a él nuestras miserables pasiones; pero Dios, decía San Pedro, no es aceptador de personas; ni en Cristo Jesús, dice San Pablo, hay distinción de griego ni judío, bárbaro ni scita: quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad: omnes nomines vult salvos fieri et ad agnitionem veritatis venire.

Es tradición general de la Iglesia, atestiguada por los Padres, que los Apóstoles, antes de partir de Judea, distribuyeron entre sí las partes del mundo para no agolparse todos en un punto. Y no leemos que se hiciese exclusión de parte alguna, y mucho menos de la mayor. Al contrario, habiendo predicado primero, según las órdenes de Jesucristo, el Evangelio en Judea, recibieron orden de llevarlo a los gentiles, mediante una visión hecha a San Pedro, de un lienzo cuadrado lleno de animales inmundos. Estos eran los gentiles de las cuatro partes del mundo, según la interpretación de los Padres: ut per universas quadrati orbis partes –dice San León– lux evangelii omnibus inferretur.

Decir que no se conocía entonces la América es un despropósito, porque los Apóstoles tenían ciencia infusa de cuanto importaba al desempeño de su misión. Fuera de que es falso que no se conociese la América en los primeros siglos del cristianismo. Masdeu (Historia crítica, título I, ilustración 1.ª, pág. 324) prueba con evidencia que, no obstante la sumersión de la Atlántida, que interrumpió la comunicación entre el antiguo y nuevo Continente, desde Solón hasta Orígenes, es decir, nueve siglos, se tuvo en Europa claro conocimiento de la América, el cual sólo comenzó a obscurecerse por la oposición teológica [20] de San Agustín, las befas de Lactancio, a que se añadieron después los anatemas del papa Zacarías contra el presbítero Virgilio, conservándose siempre la memoria entre los árabes o antiguos orientales, que llamaban a la América Jesu-Dunico, o Nuevo Mundo. San Clemente, discípulo de San Pedro, y su sucesor, a los veinte años de su martirio, en su célebre carta a los corintios, que se leyó en las iglesias del Oriente más de treinta años como una escritura, les dice así: «En el inmenso Océano hay otros mundos gobernados por el Creador con las mismas leyes con que se gobierna el nuestro.» De la misma manera hablaron Orígenes, San Jerónimo y otros Padres.

¿Y quién no sabe las blasfemias de los incrédulos contra la religión cristiana, cuya divinidad, dicen, se les estuvo probando diez y seis siglos, hasta majarles los huesos, con su dilatación en todo el mundo por solos doce hombres, y con la universalidad de la Iglesia, y al cabo se descubrió un nuevo mundo donde nada se sabía de ella? Es falso. En toda la América se hallaron monumentos y vestigios evidentes del cristianismo, según testimonio unánime de los misioneros.

No hubo entre ellos más diferencia sino que algunos temerosos por las opiniones del tiempo en que la predicación del Evangelio servía de título a la conquista de América, simularon atribuirlos a monerías del diablo, que tuvo, dicen, en América la extraña humorada de meterse a catequista de doctrina cristiana, cuyos misterios todos conocían nuestros indios, en unas partes puros, y en otras más o menos trastornados con fábulas, y de meterse también sin miedo a fabricante de cruces, que los indios adoraban, de manera que desde que los españoles surgieron en las costas de Yucatán, viendo tantas cruces pintadas y de todas materias dentro y fuera de los templos y aun sobre el pecho de los difuntos antiguamente sepultados, comenzaron a llamar a nuestra América Nueva España. Este es el origen de este nombre, que le confirmó después el rey a petición de Cortés. Y no alcanzando [21] todavía la manta del diablo a los misioneros para explicar las profecías antiquísimas, individuales y circunstanciadas que tenían los indios sobre la venida, religión y dominio de los españoles, porque el catequista aquel fabricante de cruces, no alcanza a prever tanto, abrieron un cuño nuevo de profetas numerosos y verdaderos entre gentiles idólatras. Tales fueron, según ellos, en Nueva España, Quetzalcohuatl, Chilancambal, Cozas, Toltoxin y algunos otros; en el Brasil, Eguiara; en la Nueva Granada, otros varios; en el Perú, Viracocha, y en todas partes Tomé. Efugios tan miserables y ridículos, recursos tan desesperados sólo sirven para demostrar que los hechos en favor de la antigua predicación a que pretendían satisfacer eran incontestables.

Por los mismos motivos políticos se había opuesto el Sr. Solórzano de jure in indiarum a la predicación de Santo Tomás. Pero habiendo salido a luz La predicación del Evangelio en el Nuevo Mundo viviendo los Apóstoles, por el dominicano fray Gregorio García, y La predicación de Santo Tomás en América, por el agustiniano fray Antonio Calancha, retractó su oposición en la Política indiana, diciendo que no se atreve a negarla, aunque no se despide todavía enteramente de los demonios, recomienda la lectura de dichas obras por la mucha diligencia que testifican haber puesto sus autores, y asegura que esto nada perjudica a los derechos de S. M.; que el mismo emperador Carlos V escribió a los indios disyuntivamente, diciéndoles «el Evangelio que nunca habíais oído, o que habéis olvidado, &c.» Los vasallos, pues, no deberían querer ser más delicados que sus soberanos.

Digo esto porque algunos me acusaban de que había intentado quitar a los españoles la gloria de haber traído el Evangelio. ¿Cómo pude haber pensado en quitarles una gloria que es muy nuestra, pues fue de nuestros padres los conquistadores, o los primeros misioneros, cuya sucesión apostólica está entre nosotros? Gloria filiorum patres eorum. La gloria de los Apóstoles tampoco perjudica a la [22] de sus sucesores; y tan glorioso es haber introducido el Evangelio al principio como restablecerlo después que se había olvidado o trastornado.

Yo pienso aún que es cosa más gloriosa para los españoles la predicación antigua de Santo Tomé, que el no haber precedido; porque constando de sus propias historias que debieron la posesión de la América, menos a su espada que a las profecías antiguas sobre su venida y dominio, creídas generalmente en toda la América como de Santo Tomé, es más glorioso, sin duda, haber debido este favor a un apóstol de Jesucristo que no al diablo, o a cosa suya como profetas idólatras.

Apenas pusieron la proa los españoles para Nueva España, hallaron en Cozumel a los indios haciendo una procesión para pedir lluvia, alrededor de una gran cruz que llamaban «árbol verdadero del mundo», levantada por Chilancambal, que en lengua chinesa, como tengo dicho, significa Santo Tomé. Habíales predicho en Campeche que vendrían gentes de hacia donde nace el sol, armados de aquella señal a señorear estas tierras; y luego que vieron a los españoles venerarla tanto, creyeron que eran los mismos designados en la profecía y se les sometieron.

Nuestros aztecas hasta tenían marcado en sus pinturas el año ce acatl en que debían venir, y corresponde puntualmente al año 1519, en que arribó Juan de Grijalva a Chalchihuican, hoy Veracruz; y dejó su nombre al castillo de San Juan de Ulúa. Apenas llegó a México la noticia de esta arribada, el sabio rey de Téscuco Nezahualpilizintli vino a México a dar a Mocteuhzoma el pésame del fin de su imperio; le jugó su reino y desapareció hasta el día, sin haber dejado designado entre sus hijos, según la ley de los acolhuas, el heredero del reino, porque ya no era menester. De la creencia de dicha profecía dimanaron los magníficos regalos que Mocteuhzoma envió a Cortés, luego que desembarcó; y si damos crédito a Torquemada, estando todavía Cortés en la nave, los enviados, creyendo que era el mismo Santo Tomé, lo revistieron [23] de las vestiduras episcopales que se habían conservado en Cholollan. Con dicha profecía y el cumplimiento de cuanto debía precederla, convenció Maxiscátzin, capitán general de Tlaxcala, a su Senado para someterse a Cortés.

Mocteuhzoma le salió a recibir en persona, creyendo que era embajador de Quetzalcohuatl o Santo Tomé, porque por tal se vendía, como él mismo lo escribió a Carlos V. «Mi empeño –le dice– era hacerle creer que V. M. era el mismo cuyas gentes esperaban.» «Si es así, señor capitán –le dijo Mocteuhzoma–, que ese gran señor que os envía es nuestro señor Quetzalcohuatl, suyo es este imperio y yo haré cuanto mande.» Porque los emperadores o huetlatoanis de México sólo se titulaban tenientes de Quetzalcohuatl, a quien por lo mismo llamaban Teteolt o nuestro Señor. Juntó Mocteuhzoma en Cortes los reyes del imperio, los príncipes y señores de vasallos, y arengándoles con la profecía que tenían en sus monumentos, hizo homenaje del imperio a Carlos V, y a su ejemplo, todos los príncipes y señores fueron presentando sus tributos.

«En cuanto a la religión –prosiguió diciendo– que me habéis propuesto, estamos de acuerdo: veo que es la misma que nos enseñó Quetzalcohuatl. Nosotros, con el tiempo la hemos olvidado o trastornado; tú que vienes ahora de su corte, la tendrás más presente; irás diciendo lo que debemos tener, y nosotros lo iremos practicando.» Por lo cual dice Acosta que se había abierto el mejor camino para plantar sin oposición ni efusión de sangre alguna, el Evangelio. Lo mismo es fácil hacer ver que aconteció en las Antillas, en la Nueva Granada, en el Brasil y en el Perú. Si hubo después guerras, fue porque los nuestros no se contentaban con nada, y sus costumbres tan poco dignas de los discípulos de Santo Tomé, hicieron después dudar de ser ellos los designados en la profecía.

Así la antigua predicación del Evangelio en América es tan cierta como gloriosa a americanos y españoles; [24] pero no es igualmente indisputable quién fue el predicador; porque la quema que hizo el obispo Zumárraga de todos los archivos y bibliotecas de nuestros indios y que otros obispos han continuado, nos ha dejado en esta incertidumbre.

De los residuos que logró juntar Boturini, consta, dice Veitia, que hubo en Nueva España dos predicadores. Uno hacia el siglo VI, y otro más antiguo, doce años después de un gran eclipse que el mismo Vietia y Boturini calculan ser el de la muerte de Cristo.

Si es así, el más antiguo no pudo ser otro que el apóstol Santo Tomás, como ellos piensan, y esta es la opinión general de los autores. No sólo porque en todas las Américas se conservó el nombre de Tomé, que no aprendieron de los españoles, los cuales les hubieran enseñado a decir Tomás.

No sólo porque significan lo mismo otros nombres que le daban en sus respectivas lenguas, como Quetzalcohuatl, Cozas, Chilancambal, &c., esto es, mellizo o coate, sino porque es el único de quien digan los Padres que se remontó a naciones bárbaras y desconocidas. Y consta por los monumentos de la iglesia siriaca que de la India ulterior, donde le llamaron y llama Tomé, pasó a predicar en la China.

Ora de ésta no sólo era fácil venir a la América, pasando el corto estrecho que la separa del Asia, o pasando de isla en isla, de que hay a las costas entre ambas una cordillera, sino en los buques de la China, que estaba en comunicación con ambas Américas en los siglos primeros del cristianismo. Consta de monseñor Wache, que estudió en Pekín mismo los mapas geográficos de los chinos, y en su memoria sobre una isla desconocida, presentada al Instituto Nacional de Francia, e impresa entre sus Memorias, refiere los nombres que los chinos daban a ambas Américas, describe el derrotero con que venían y aun cuenta que el año de Jesucristo 450, pasaron religiosos a nuestra América, donde extendieron la religión de Joë, [25] que, como es parecida a la cristiana, puede ser la equivocasen con ella.

En cuanto al segundo predicador que hubo en el Anáhuac, si fue en el siglo VII, diría que había sido San Bartomé apóstol de ese siglo en la China, y cuyo nombre encontramos acá en el célebre copil de Tula, que martirizó el rey Huemac y mandó echar su cabeza en la laguna, donde se llamó Copilco, que quiere decir «donde está el hijo de Tomé», y eso significa Bartomé. Su sepulcro se conservó con mucha veneración en el templo mayor de México hasta la conquista, según Acosta y Torquemada.

Si este predicador fue en el siglo VI, en que colonias de monjes irlandeses, cuyos abades todos eran obispos, se esparcieron por diferentes rumbos a predicar el Evangelio, sería el abad San Brendano, vulgarmente San Borondón, que, según sus Actas, vino en el siglo VI de Irlanda a una muy grande isla remota y desconocida, con siete compañeros, y con ellos, ordenados de obispos, fundó siete iglesias y se volvió a Europa. Es verdad que sus Actas en esta parte son reputadas apócrifas por las circunstancias de su viaje, que huelen a fábula; pero siempre en lo antiguo y raro se añaden muy maravillosas, sin que por eso deje de ser la cosa verdadera en su fondo. Ya desde el principio del descubrimiento de las Américas le ocurrió esto mismo a Oviedo, primer historiador general de las Indias, para explicar los vestigios que por todas partes se hallaban del cristianismo. Yo lo que advierto es que esto cuadra admirablemente con la historia del célebre Quetzacohuatl, conforme la refiere Torquemada, según el cual hacia ese tiempo desembarcó en Panuco con siete discípulos, que después fueron muy venerados bajo el nombre de Chicome-cohuatl, o los siete Tomés. Fue Papa o gran sacerdote en Tula, donde daba la penitencia al pueblo, y desde donde envió sus discípulos a predicar por Oaxaca y otras partes una ley santa y el ayuno de cuarenta días; levantó las cruces que los conquistadores hallaron en Tlaxcala, Tehuantepec y Cuatulco, [26] a quien su célebre cruz dio el nombre, pues significa «adonde es adorado el palo», destruyó los ídolos, prohibió las guerras y sacrificios humanos, no admitiendo otros que de pan, flores y perfumes; vivió siempre en castidad e hizo muchos milagros.

Habiendo Huemac, rey de Tula, levantado una persecución cruel contra la religión, en que algunos apostataron y otros sufrieron el martirio, pasó a establecerse en Cholula. Y yendo aun allá para perseguirle Huemac con un ejército, después de haber estado acá veinte años cabales, se embarcó para donde nace el sol en Cuatzacoalco, que desde entonces se llamó así, esto es, donde se esconde Tomé. Envió desde allí cuatro discípulos a gobernar a Cholula, la cual se dividieron en barrios o parroquias, división que duró hasta la conquista, y dejó predicho el año en que gentes de su misma religión vendrían de hacia el Oriente a dominar estos países. Del cumplimiento futuro de esta profecía remota les dio, a estilo de los profetas, una señal más próxima, y fue que se trozaría la inmensa pirámide de Cholula, lo que habiéndose verificado, como también seguido en Tula a la persecución del cristianismo cuatro años de un hambre y epidemia tan horrorosas que casi acabaron con la nación tolteca, le tuvieron desde entonces por santo y creyeron la profecía. Por eso, como en significación de que lo estaban aguardando, tenían recostada su imagen en su templo de Chololan, donde por haber estado la cátedra de este Padre o Apóstol común de los aztecas, era su Roma y tenía tantos templos como días el año.

Era alto, blanco, rubio, ojos azules, pelo y barba larga y la cara rayada de azul, como sus siete compañeros, y como por ese tiempo la tenían los irlandeses. Usaba corona en el pelo, mitra y báculo, y sobre su túnica negra una capa blanca sembrada de cruces coloradas, que es puntualmente el palio antiguo de los obispos. El país adonde se volvió y de donde había venido se llamaba Huehuetlapal-lan, que significa gran tierra colorada, y eso [27] puede significar Irlanda; land, a lo menos, sé que es tierra. Torquemada conjetura también que vino de Irlanda. Las mismas señales fisonómicas daban de Santo Tomé en la otra América. Respecto a ser el mismo San Brendano, sólo hay dificultad por el nombre de Tomé; pero, o aquel santo tenía también este nombre, o significará tal vez en la lengua hibérnica lo mismo.

Yo hallo, por otra parte, en los nombres, en los vestuarios y mitra, en el cabello largo de los obispos (a quienes en todas las lenguas de nuestra América llamaban papas), en el matrimonio de los presbíteros (que en su lengua llamaban viejos los mexicanos), en las ceremonias de su misa que tenían, según Acosta y Torquemada, en que al pan que consagraban los teopixquis o ministros de Dios creían convertirlo en la verdadera carne y sangre del Señor de la Corona de espinas, y lo tomaban en ayunas con mucha compunción y lágrimas; en el ayuno desde la Septuagésima, en la época del diluvio, que marcaban conforme a los 70 intérpretes, en la invocación de la Trinidad o forma del bautismo en hebreo, en la unción por todo el cuerpo que le precedía y en las ceremonias de los otros seis sacramentos que usaban según Betancourt, en la confesión aun de los catecúmenos, que les exigían, según Remesal, en las imágenes de Jesucristo atado y no clavado en la Cruz, como después veremos, etcétera, &c., yo hallo, digo, en todo esto, ritos y costumbres orientales. Es verdad que muchas podían retener los monjes de Irlanda fundados por los griegos, como lo eran; pero puede ser que uno de los dos apóstoles del Anáhuac haya sido oriental y otro occidental, y después se hayan mezclado y confundido los ritos. Aquí la decisión depende de averiguar nuestros astrónomos la época del grande eclipse que antecedió doce años al primer predicador.

Para la predicación en tiempos posteriores no debe haber dificultad, porque desde el siglo X ya hubo en América colonias de normandos o dinamarqueses, de irlandeses y escoceses. [28] Pueden verse las pruebas claras en la Geografía de Maltebrum. Ciertamente nuestros autores, aun prescindiendo de Santo Tomé, convienen en que a lo menos cuatro edades antes de la conquista, que otros llaman cuatro generaciones, y otros muy equivocadamente cuatro años, ya se tuvo en América claro y distinto conocimiento de la religión cristiana y de la venida de los españoles. Cada uno haga sus cuentas sobre esto. Lo que yo me atrevo a asegurar es que si ambos predicadores susodichos no tuvieron un mismo nombre, el más célebre se llamó Tomé, y su predicación y su nombre son la clave de la historia antigua azteca, de su teología, de la fundación de México, de su imperio y de la conquista de los españoles. Me sería muy fácil dar las pruebas, que omito, porque necesitan mucha extensión y porque ya han avanzado la mayor parte muchos autores mexicanos en obras manuscritas que pueden consultarse. Volveré a hablar de este asunto cuando hable del dictamen de los dos canónigos censores de mi sermón, los cuales convinieron conmigo en ser verdadera la predicación del Evangelio en la América antes de la conquista de los españoles, y que es probable la del apóstol Santo Tomás.

La segunda proposición de mi sermón fue que la Madre del verdadero Dios dada a conocer a los indios por Santo Tomé, tuvo en el cerrillo Tonantzin de Tepeyac desde aquellos tiempos templo y culto en la imagen de Guadalupe. A lo menos era idéntica, y Tonantzin llamaron los indios a la de Guadalupe cuarenta años, según el padre Sahagún, hasta que por los años 1560 los españoles la comenzaron a bautizar con el nombre de Guadalupe, como haré ver después con el testimonio oficial del virrey Enríquez. A consecuencia dije que la Virgen Santísima, apareciendo a Juan Diego, le daría su antigua imagen para que la llevase al obispo, &c., conforme a la tradición.

Esta proposición no es nueva ni debe parecer extraña. No lo primero, porque se halla en manuscritos de autores respetables, que se guardan y leen con aprecio en México, [29] donde tienen muchos secuaces. No lo segundo, porque los primeros misioneros hallaron en poder de los indios la Biblia en imágenes y figuras, y dice el sabio padre Gregorio García que temiendo no se lo creyesen en España, pidió a los misioneros en Veracruz su testimonio por escrito, y se lo dieron. Torquemada refiere de un libro que tenían los otomies con la doctrina e imagen de Jesucristo, y lo enterraron para esconderlo a la llegada de los españoles. Cuenta igualmente que los misioneros dominicos hallaron también descritos en las pinturas de los indios varios artículos de nuestra fe, como la Anunciación a Nuestra Señora o la Encarnación, y la Resurrección de Nuestro Señor; y que éstos tenían imágenes pintadas de María Santísima con una crucecita en el pelo, y de Cristo crucificado, con la circunstancia de estar en la Cruz no clavado, sino atado, y así creían que lo fué. Circunstancia muy de notar, porque así lo pintan los cristianos de Santo Tomé en el Oriente, a causa de que en todo él no se da el suplicio de la Cruz con clavos, sino con cordeles, como se puede ver en las historias de los mártires del Japón.

Esto supuesto, es menester todavía no confundir la religión antiquísima del Anáhuac con las fábulas adicionales introducidas con el lapso del tiempo que todo lo confunde y trastorna, y por la naturaleza de los jeroglíficos propios a causarlas desde que se olvida su clave con la antigüedad. Los mismos misioneros, tan preocupados al principio contra los indios, cuyas imágenes les chocaban por estar cargadas de jeroglíficos extravagantes para su inteligencia, supieron distinguir entre los dioses primitivos del tiempo de los tultecas, introducidos por Quetzalcohuatl, que ellos llaman tlaloques o del paraíso, o de los montes y de las aguas (a saber, Teotlipalmenohuan o Tenteotl, Teohuitzahuac o Teotlaloc, y la Tonantzin o Tzenteotinanzin), y entre la teogonia posteriormente forjada, sobre la cual los mismos misioneros inventaron también no poco, por sus prejuicios, por la ignorancia de la lengua [30] y de la teología azteca y la ineptitud de los Nahuatlatos o intérpretes de las pinturas.

Bajo estos presupuestos, la segunda proposición del sermón me parece que puede probarse, así con la antigua historia mexicana, como con la misma historia guadalupana. ¿Quién era, según aquélla, la Tzenteotinanzin, o Tonanzin, dada a conocer por Quetzalcohuatl, que desde aquellos tiempos fue venerada en el cerrillo de Tepeyac, al cual comunicó el nombre de Tonantzin? Basta para saberlo leer a Torquemada y Cabrera.

Era una Virgen consagrada a Dios, en el servicio del templo, que por obra del cielo concibió y parió sin lesión de su virginidad al Señor de la Corona de espinas o Teohuitzahuac, que constaba de naturaleza humana y divina, nació hecho varón perfecto, faemina circundabit virum, y destruyó en naciendo una serpiente que perseguía a su Madre, tu insidiaberis calcaneo mulieris et ipsae (conforme al texto hebreo y griego) conteret caput tuum.

Este Señor de la Corona de espinas, a quien pintaban también desnudo y con una cruz en la mano, formada con cinco globos de pluma, se llamaba por otro nombre Méxî, que pronunciado en mexicano como en hebreo, con la misma letra hebrea scin, significa lo mismo en ambas lenguas, esto es, ungido o Cristo. Por eso celebraban su fiesta todos ungidos, y aún decían que tuvieron el nombre de mexicanos desde que su Dios les mandó ungirse las caras con cierto ungüento. Es decir: que mexicanos significa lo mismo que cristianos, y a consecuencia México significa donde es adorado Cristo. Aún se encuentra esta palabra entera, como la pronuncian los indios, en el verso 2.º del salmo II hebreo que dice: Mescicho donde la vulgata lee Christum eius. Y pudieron darle este nombre los cristianos que fugitivos de Tula por la persecución de Huemac se salvaron en esta laguna sobre una isla de arena, o Xaltelolco, y que después llamaron Tlatelolco, y de allí fundaron a Tenochtitlan, llamando México al conjunto de los dos barrios. Ved a Maluenda de Ante-Cristo. [31]

Ni es esta la única palabra hebrea que usaban nuestros indios, pues así como usan del hebreo en su liturgia los cristianos de Santo Tomé en la india Oriental, en la Occidental los sacerdotes Cocómes o Tomés bautizaban con el nombre de la Trinidad en hebreo (ved a Maluenda, ubi supra), según testimonio del venerable obispo Casas, quien añade que en Yucatán tenían los indios pleno y limpio conocimiento de la religión cristiana enseñada por Cozas o Tomé, que llegó allá con veinte discípulos y llamaban a la Virgen Santísima con palabras hebreas que significan: Madre del Hijo del Gran Padre.

En México llamaban también a la Tonantzin Tonacayohua, o Señora del que ha encarnado en nosotros, como a las cruces que adoraban, llamaban Tonacayoüitl, árbol del que ha encarnado entre nosotros. Llamábanla en fin Tzenteotinantzin, esto es, Madre del verdadero Dios, que eso significa Tzenteolt, por otro nombre Teotl-ipalmenohuani o el Señor por quien vivimos; puro espíritu, Omnipotente, Omniscio, eterno, inmenso, incomprensible, justo, misericordioso; a quien sólo rendían adoración de latría de obra y de palabra, pues sólo ante sus imágenes se arrodillaban, y a él sólo le dirigían esta oración: «O Dios Omnipotente, que te llamas Titlacahua (cuyos esclavos somos), abrid las manos de vuestra piedad, y tened misericordia de nosotros.»

La Virgen Madre de este verdadero Dios era la madre querida de todas las gentes del Anáhuac, y por eso la llamaron Tonantzin o nuestra Señora y madre; gustaban mucho levantarle templos por su antigua y grande beneficencia, y eran tan devotos de su imagen sobre el cerrillo de Tepeyac, que nadie pasaba sin subir a derramar sobre su ara las flores que hallaba por allí, ofrenda de que se placía, porque detestaba y prohibía las víctimas humanas, lo mismo que Santo Tomé, y por eso la llamaban Cihuacohuatl, o mujer Tomé.

Pero la llamaban también Coatlautona, porque decían que era madre especialmente de Quetzacohuatl y de los [32] sacerdotes Coatlan o Tomés, los cuales hacían voto de pobreza, obediencia y castidad, vivían de limosna, que salían a pedir de dos en dos, con sus túnicas blancas ceñidas, los ojos bajos y los brazos cruzados, se bañaban en la fuente coapan o de Tomé, que se descubrió cuando se abrieron los cimientos de la catedral, y aunque de buena agua, fue tapada supersticiosamente; se levantaban a orar a media noche, hacían grande penitencia, llevaban la corona de espinas figurada con el pelo de cada uno, senchonhnitznahuac, y servían en el templo del Señor de la Corona de espinas, huitznahuac-teocalli, palabra esta última enteramente griega.

La figura en que veneraban a esta Virgen era la de una niña o jovencita azteca, vestida de una túnica blanca resplandeciente y ceñida, y con un manto azul verde mar, tachonado de estrellas. Esta es la misma figura de Nuestra Señora de Guadalupe. Y decían que en tal figura aparecía muchas veces, aunque siempre a uno solo y revelándole cosas ocultas, principalmente poco antes de la conquista, y que poco después de ésta se le veía en el mismo traje andar lamentando por el cerrillo la ruina de su templo, acaecida durante el sitio de México, para que se le reedificase.

Le celebraban varias fiestas, siendo las principales la del día 2 de Febrero o de la Purificación de Nuestra Señora y presentación del Niño Jesús en el templo, con la circunstancia de que le presentaban niños, y habían de ser precisamente comprados con dinero omne primogenitum pretio redimes, y procuraban que parte de ellos fuesen blancos y rubios, en memoria de haber sido Quetzalcohuatl quien instituyó la fiesta. La otra se le hacía el día del solsticio hiberno, que en nuestra América es el 22 de Diciembre, día en que, según el cura Becerra Tanco, fue la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Lo cual, añade el autor, no carece de misterio, por haber sido a otro día del Apóstol Santo Tomás, que fue el que trajo el Evangelio a este reino, de que he visto pintura y [33] tradición que no puede aplicarse a otro del Apostolado, por haberse conservado el nombre Dydimus. Quiere decir que fue Quetzalcohuatl.

Si apelamos a la historia guadalupana, la misma Virgen Santísima se dio a conocer por la antigua Tzenteotinantzin desde el primer recado que envió con Juan Diego. «Dirás al obispo que te envía la Madre del verdadero Dios, con orden de que se me edifique templo en este lugar, para mostrar desde aquí las antiguas entrañas de Madre que yo conservo a las gentes de tu linaje.» ¿Y cómo diría la Virgen a Juan Diego, ni éste al obispo, en buen mexicano, que lo enviaba la madre del verdadero Dios, sino diciendo Tzenteotinantzin? Porque Diosinantzin es un amalgama de español y nahuatl, introducido posteriormente por los misioneros franciscanos, a despecho de los dominicos. ¿Ni cómo podía decir la Virgen, si no era la antigua Tonantzin, que pedía templo allí para mostrar en aquel lugar las antiguas entrañas de madre que conservaba al linaje de los indios, cuando en mil seiscientos años no les había echado una ojeada de misericordia, ni habían tenido noticia de ella sino después de tres o cuatro años entre la esclavitud, la desolación y la muerte?

Juan Diego, a lo menos, no podía entender por todo este recado, sino que lo enviaba la Beneficentísima Madre y Señora de los indios, en cuyo idéntico traje contaban ellos entonces que se le veía en el cerrillo andar lamentando la ruina de su templo, para que se le reedificase. La misma aparición dentro de un arco iris, al mismo tiempo que todo el montecillo representaba un vergel de flores, hasta con lucidos y armoniosos pajarillos nunca vistos en estas regiones, como los aztecas se figuraban el paraíso, estaba manifestando que era la antigua Tlaloque o del paraíso, que ellos veneraban de antiguo en Tepeyácac. Juzgarlo así era tan natural que el mismo Juan Diego, según la historia guadalupana, exclamó admirado: «¿Estoy yo en el paraíso de mis mayores, que llamaron [34] origen de toda carne?» Tal es el paraíso cristiano, y es claro que el indio supone haber sido el cristianismo la religión de sus mayores, y, por consiguiente, la verdadera Madre del verdadero Dios la que ellos veneraban en Tepeyácac. Nadie ha podido jamás sacar a los indios de la cabeza que su antigua religión fue la nuestra, y en este sentido y creencia se hace aquí hablar y obrar a Juan Diego.

Dije en el sermón que tal vez haría al caso de la proposición que estoy probando el famoso número 8 que la imagen de Guadalupe tiene al pie. Ello puede ser una casualidad, pero también puede ser alguna cifra o resto de algún letrero siro-caldeo, porque, sin duda, no es un número 8, como lo llaman, sino un carácter de dicha lengua que se ve en la orla de la célebre Cruz de Santo Tomé en Meliapur de la India Oriental, cuya inscripción fue explicada por orden del cardenal Don Enrique, infante de Portugal. El mismísimo se halla en la famosa piedra excavada en China, relativa a la predicación de San Bartomé en el siglo VII, explicada en Roma por el padre Kirker. De esta misma lengua parecen haber sido o ser las inscripciones grabadas sobre piedras que se hallaron en ambas Américas con tradición de ser relativas a la predicación de Santo Tomé. Y por eso Santo Toribio, arzobispo de Lima, mandó cubrir con capillas las que restaban en el Perú, juzgando muy digna de respeto semejante tradición. El padre Calancha trae grabada una de dichas inscripciones. Vio otras de grandes letreros sobre los grandes edificios de Mictlan en Yucatán el venerable obispo Casas, y también se indujo a creer que Santo Tomé había predicado en Onahualco. Así llamaban a Campeche nuestros indios. Estas cosas debieran haber merecido y merecen más atención que la de alborotar al populacho ignorante.

En una palabra: Yo haré ver que la historia de Guadalupe incluye y contiene la historia de la antigua Tonantzin, con su pelo y con su lana, lo que no se ha [35] advertido por estar su historia dispersa en los escritores de las antigüedades mexicanas. Y así, una de dos: o lo que yo prediqué es verdad, o la historia de Guadalupe es una comedia del indio Valeriano, forjada sobre la mitología azteca tocante a la Tonantzin, para que la ejecutaran en Santiago, donde era catedrático, los inditos colegiales que en su tiempo acostumbraban representar en su lengua, así en verso como en prosa, las farsas que llamamos autos sacramentales, muy de boga en el siglo XVI en España y en América. Y por eso hizo Valeriano a Santiago como lugar de la escena objeto de los viajes de Juan Diego, aunque natural y feligrés de Cuautitlan, y aunque quizás tampoco existía entonces la iglesia de Santiago. Es necesario optar entre los cuernos de este dilema, porque no hay medio.

Más diré: si lo que prediqué no es verdad, la imagen de Guadalupe sería una de las prohibidas en un decreto del segundo Concilio mexicano, por haberse mezclado en su pintura rasgos mitológicos de los aztecas. Tal es el color de la luna que está bajo sus pies, y que ellos pintaban negra o subcinericia, porque creían se transformó en luna un buboso, habiéndose echado en una hoguera, cuando ya casi estaba en carbones y ceniza, envidioso de haber visto salir de ella convertido en sol al penitente Ycapan. ¿Es creíble que la Madre de Dios, apareciéndose cuando los indios eran casi todos gentiles e idólatras, pareciese así confirmarlos en su génesis mitológico del sol y la luna, contrario al de las Sagradas Escrituras? Fue para evitar estos y otros muchos argumentos contra la tradición, que creí necesario declinar un poco del rumbo acostumbrado. Yo los exhibiré después que haya probado que nada de lo dicho hasta aquí contradice a la genuina y legítima tradición de Guadalupe.

Esta enseña que ya estaba pintada la imagen cuando la Virgen la mandó al obispo Zumárraga. Así lo dice el manuscrito mexicano, fuente original de la historia en cuestión. Lo prueba con sus mismas palabras el cura [36] Becerra Tanco, maestro insigne de la lengua nahuatl. Y este autor, que fue uno de los testigos de las informaciones de 1666, y según Florencia él solo vale por muchos, cuyo voto es de tanto peso que su relación se insertó en las actas enviadas a Roma, y que, en fin, según Bartolache, es el más clásico, instruido y juicioso de los autores guadalupanos, habla así expresamente: «Es de advertir que no dice la tradición que la imagen se pintó al desplegar la manta el indio en presencia del obispo, sino que se vio entonces, y no antes; y por estar ya pintada la imagen mandó la Virgen a Juan Diego que no mostrase a persona alguna lo que llevaba antes que al señor obispo. Decir que se pintó ante éste con flores es imaginación con que algunos han querido hacer mayor el milagro.»

También el licenciado Lazo, capellán del Santuario, en la relación mexicana que dio a luz el año 1648, dice claramente, según Bartolache, que ya estaba pintada la imagen cuando se llevó al obispo. ¿Cuándo, pues, cómo o dónde se pintó? No se sabe, responde el padre Anaya, cuyas octavas sobre Guadalupe son muy estimadas. Luego yo he podido retrasar la época de la pintura, sin perjudicar a la genuina y legítima tradición, para salvar ésta de los argumentos y hacer aquélla más gloriosa a la patria.

Una sola objeción está saltando a la vista, por consecuencia natural, y es que retrasada la pintura hasta el tiempo de la predicación de Santo Tomé, no puede estar pintada en la capa de Juan Diego, que entonces no existía. Pero una cosa es que el indio llevase al obispo la imagen colgada al cuello, como ellos acostumbran llevar su capa, que es lo único que podía constar para erigirse en una tradición fundada, y otra cosa es que el lienzo de la imagen sea la misma capa usual de Juan Diego.

Esto segundo dije que lo negaba solamente en la inteligencia de que tal no era la tradición genuina, porque tal no puede ser lo que haría contradecir en su fuente el manuscrito mexicano, lo que no puede sostenerse como [37] verdadero y lo que la sagrada Congregación de Ritos no quiso admitir o expresar en el rezo, a pesar del empeño con que le informaron en favor de esta circunstancia.

Digo que se contradeciría el manuscrito mexicano, porque según nos le ha dado literalmente traducido el cura Tanco, Juan Diego, viniendo desde Tepeyac con las flores en su capa, la venía abriendo de cuando en cuando para regalarse con ellas. También los familiares del obispo se la abrieron a la fuerza y echaron mano a las flores, que de repente se les volvieron pintadas o tejidas en la capa, pero no vieron la pintura. Tampoco la había visto Juan Diego, pues al soltar las flores ante el obispo quedó pasmado de ver la imagen. Es así que esto no podía ser si la imagen ya estaba pintada en su capa. Ni aun siquiera la hubiera podido extender a las gentes de la calle, según el mandato de la Virgen, trayéndola colgada al cuello como los indios llevan su capa. Luego no está en la de Juan Diego, o el manuscrito mexicano se contradice.

En vano se me dirá que eso prueba que la imagen no se pintó sino delante del obispo, porque sobre el afirmar el manuscrito mexicano, fuente original de la historia guadalupana, que ya estaba pintada, o se ha de decir que no está en la capa de Juan Diego para levantar la contradicción, o la Real Academia de la Historia responderá, con el cardenal Baronio, que nunca permite Dios a los impostores urdan tan bien su tela, que no se les escape algún hilo por donde al cabo se deshaga su trama. Es menester hacerse cargo que no podemos ya echar sobre la tradición coplas a nuestro antojo: tenemos la guerra declarada por enemigos tan hábiles como respetables.

Digo también que no puede sostenerse como verdadero que el lienzo de la imagen de Guadalupe sea la capa usual de Juan Diego, por tres razones: La primera, porque la capa de un indio mexicano consta precisamente de tres piernas, como todos saben y afirma Tanco, y el lienzo de Nuestra Señora no tiene más que dos. [38]

Responder que se le cortaría la tercera es adivinanza. Las hilachas que de un lado tiene hacia el pie, o deberían estar hasta arriba para probar algo, o sólo prueban lo que dice el mismo Tanco, que han quedado de los pedacitos que se le han ido cortando para reliquias. Y aún es claro que estando como están las piernas unidas con un hilo más grueso que el de la tela, según el pintor Cabrera y Bartolache, se hubiera cortado el hilo y no un lienzo tan precioso.

Responder que de Tanco se infiere haberse cortado una pierna –como responde Bartolache– es una falsedad manifiesta. Tanco discurre que la imagen se pintaría al pie del montecillo de Tepeyacac, cuando el indio estaba mostrando a la Virgen las flores de su capa, que tendría terciada al hombro, como ellos acostumbran cuando cogen algo en ella. Para esto imagina que a la Virgen le daba entonces el sol al nacer por la espalda, hacia su hombro derecho, y en esta actitud algún ángel con los colores preparados por algún pintor, pintaría su imagen siguiendo las inflexiones ópticas de su sombra en el lienzo y medio de la capa que le quedaban a Juan Diego por delante, hacia su hombro derecho. Si esta poesía valiese para inferir algo, lo que se podría inferir es que se le había quitado al lienzo de la imagen pierna y media. Ilación falsa, porque son las que tienen dos piernas iguales, con sola la diferencia de dos dedos, según las dimensiones dadas por el mismo Bartolache.

La segunda razón para no ser verdad que el lienzo de la imagen es la capa de Juan Diego, nace de la calidad del indio, que era macehual u ordinario; y, por consiguiente, su capa o tilmatli debía ser de ixtle o hilo de maguey, especialmente reciente la conquista como antes. Esta era una etiqueta tan rigurosa entre los aztecas, que un hijo mismo del emperador de México no podía llevar la capa de otro género antes de haber ganado una batalla. Por esto todos los testigos de las informaciones sobre Guadalupe de 1666, suponiendo con Sánchez, primer historiador [39] guadalupano impreso que el lienzo de la imagen es la capa de Juan Diego, asentaron con él que es de ichtli, y ponderaron mucho su aspereza. La plebe mexicana, también suponiendo hasta hoy lo mismo, llama todavía al lienzo de nuestra imagen ayate, que es de tejido de maguey. Es así que está averiguado que no es tal, desde el tiempo del cura Tanco, y Bartolache ha demostrado jurídicamente con fe de escribanos y pintores que es de la palma iczotl, suave como el algodón, tan fino y bien tejido, que habiendo traído Bartolache sin perdonar a costo ni fatiga los indios mejores tejedores e hilanderos de géneros del país, y presidiendo él mismo todo un año su trabajo, no pudo igualar la finura del lienzo de Nuestra Señora. Luego no es capa o tilma de Juan Diego.

La tercera razón para probar lo mismo es que el lienzo de Nuestra Señora, conforme a la declaración de los protomédicos que lo inspeccionaron en 1666, y conforme también a las inspecciones de Bartolache, está más suave por el haz que por el envés. Es así que de la misma manera están todas las pinturas hechas en el lienzo de palma iczotl, que destinaban los indios para pinturas finas, porque dice Boturini que bruñían primero la parte que pintaban. Luego el lienzo de Nuestra Señora es un lienzo preparado a estilo de los indios para pintar en él, y no es la capa del indio Juan Diego.

La imagen de Nuestra Señora del pueblo de Tecaxique es idéntica en pintura y lienzo a Nuestra Señora de Guadalupe, y nadie dice por eso que está en la capa de un indio, aunque allá también se cuenta una aparición, como otras innumerables en el reino reciente de la conquista, porque entonces –dice Torquemada– se dieron los indios a pintar muchas imágenes que llevaban y dejaban en las iglesias, donde cada día remanecían sin saber quién las había traído.

Digo, por último, que no puede ser la tradición genuina que la imagen esté en la capa de Juan Diego, porque la Sagrada Congregación de ritos no quiso admitir o [40] expresar en el rezo esta circunstancia, a pesar del empeño con que le informaron en su favor.

Efectivamente no se expresa tal en todo el rezo, ni se indica siquiera por alguna alusión, como las flores. Y no sólo se informó que estaba en la capa del indio en las preces del postulante López, que incluye el Breve de concesión, in eodem linteolo; sino que en las actas enviadas a Roma se hizo consistir lo principal del milagro en la capa del indio, por ser de ixtle y a consecuencia áspera, rala, y llena de agujeros, incapaz en fin, naturalmente, de haberse pintado en ella la imagen sin imprimación. Consta este informe de Nicoselli, que tradujo al italiano la relación latina enviada de México con las actas, en la cual están resumidas y suplió por ellas, que se habían perdido, ante la Congregación de Ritos para la concesión del rezo.

Sin embargo, la Congregación suprimió en él circunstancia tan relevante. Luego no la creyó verdadera, o a lo menos no la creyó esencial a la tradición. En cualquier caso de los dos yo pude negarla sin perjuicio de la tradición genuina, y tanto más cuanto que asegura el doctor Bartolache, en virtud de sus experiencias e inspecciones solemnísimas, que no hay media palabra de verdad en toda la media página que contiene el informe enviado a Roma sobre esto. Pues ni el lienzo ni la imagen es de ixtle, sino de iczotl suave como el algodón, tan fino como bien tejido, y que no sólo puede pintarse en él naturalmente sin otra imprimación que el cuerpo mismo de los colores, sino que en un lienzo de iczotl que logró hacer Zamorátegui, más fino que el suyo, se pintó pelo a pelo y sin imprimación alguna, como está la imagen de Guadalupe, una copia suya para poner en la iglesia del Pozito.

Resulta de todo con evidencia que no negué en el sermón la tradición de Guadalupe. Antes si la circunstancia que negué condicionalmente no puede sostenerse como verdadera, y negada se salva lo substancial de la tradición [41] contra los argumentos, resultando mayor gloria para la imagen y la patria, se debía absolutamente sacrificar sin disputa y adoptar mi sistema.

No pudiendo en él, ni debiendo en el de la verdad, decir que la imagen está en la capa de Juan Diego, adopté por un resultado consolatorio, y precisamente para precaver el sentimiento o escándalo de los ignorantes, la especie borundiana de que estaba en la capa de Santo Tomás; pero modificándola bajo estos términos: «Se podría decir, aunque con muy ínfima probabilidad.» Esto no era haber afirmado, como se pregonó por los predicadores del domingo infraoctava, y se aseveró en el famoso edicto episcopal, sino haber aventurado una conjetura, advirtiendo que era debilísima. Se suprimió todo esto, se callaron mis protestas en favor de la tradición, se disimuló el plan de mi sermón gloriosísimo a la Patria, a la imagen y al santuario, y sólo se pendoleó el retazo aventurero de la capa de Santo Tomás, del todo impertinente a la substancia de mi sermón para que, sonándole al pueblo en contradicción con la capa de Juan Diego, se persuadiese que yo había negado rotundamente la tradición, se alborotase y resultase el escándalo que se quería de pretexto para procesarme y perderme, como ya lo había intentado el arzobispo con el arcediano Serruto, cuyo sermón de San Pedro, condenado por S. I. con tanto estrépito, fue aprobado e impreso en España. Hoc opus hic labor erat.

Sin tan siniestra intención, ¿qué motivo había para haber excitado un escándalo tan exorbitante? ¿Es más digna la capa de un indio de la imagen de la Madre de Dios, que la capa de un Apóstol de Jesucristo? Si quedaron en América, según los mismos autores españoles, impresos en España, la Sagrada Escritura en imágenes, imágenes de Cristo y de la Virgen, y del mismo Santo Tomé, vestigios de sus pies y sus manos, e inscripciones grabadas en piedras; si en el Perú piensan tener uno de sus zapatos; si acá en Cholula se conservó su capa o palio episcopal y todas sus vestiduras, que los indios vistieron a Cortés [42] creyendo que era el mismo Santo Tomé, ¿por qué había de ser un escándalo que tuviésemos su capa en el lienzo de Nuestra Señora de Guadalupe? La capa de los Apóstoles era una capa judía como la de los indios. La que llevaba en América Santo Tomé, según el padre Calancha, era de dos lienzos como la de Nuestra Señora de Guadalupe, y a ésta, si es la imagen de la Madre del verdadero Dios que adoraban los indios en Tepeyacac, llamaban también Coatliene, que quiere decir «su vestido es del Tomé». He aquí lo suficiente para una conjetura muy débil, como advertí que era la que prediqué. Si estas cosas parecen delirios, no lo parecen tanto a los que han estudiado nuestras antiguallas.

Ya era tiempo de que los señores obispos hubiesen escarmentado de su juicio precipitado sobre ellas. Al primer obispo de México se le antojó que todos los manuscritos simbólicos de los indios eran figuras mágicas, hechicerías y demonios, y se hizo un deber religioso de exterminarlos por sí y por medio de los misioneros, entregando a las llamas todas las librerías de los aztecas, de las cuales sólo la de Tezcuco, que era su Atenas, se levantaba tan alta como una montaña cuando de orden de Zumárraga la sacaron a quemar. Y como los indios rehacían sus manuscritos o los escondían para conservar la historia de su nación, se valían los misioneros de niños cristianos, a quienes investían de su errado celo para que los robasen a sus padres, y de aquí vino la muerte de los siete niños tlaxcaltecas reputados mártires. Así causó este obispo a la nación y a la república literaria una pérdida tan irreparable como inmensa.

El Sr. Palafox acabó de destruir todas las estatuas aztecas que había en las calles y esquinas de México y nos privó de mucha luz para su historia antigua. A fines del siglo XVIII el obispo de Nicaragua consumió en una hoguera otra porción aún restante de los manuscritos simbólico-históricos de los indios con un edicto al canto, como el del Sr. Haro, en que declaraba contenían errores, [43] impiedades, demonios y delirios, y no había otros, según Boturini, que los que contenía la pastoral del obispo.

Los canónigos censores, después de convenir en que es cierta la predicación del Evangelio en América antes de la conquista y en que es probable fue hecha por el apóstol Santo Tomás, dicen que lo demás del sermón se halla también en muchos manuscritos que se guardan y leen en México con aprecio, y especialmente en la obra de un autor, por otra parte tan respetable, tan idéntico en las ideas a Borunda, que creen lo ha copiado. Y por cuanto muchas personas de verdadero juicio en México siguen por eso las mismas opiniones, piden a S. I. recoja dichos manuscritos, despojando a sus dueños. Y ¿cuál es la razón para semejante violencia? Es perentoria. El dictamen de Uribe y Omaña, que ni mexicano saben, vale más que el de los autores respetables y las gentes de juicio de México.

¿Hasta cuándo cesarán estas operaciones verdaderamente escandalosas para destruir nuestros monumentos, privarnos de los sudores de nuestros sabios e impedirnos el conocimiento de nuestras antigüedades, pretextando la religión? El rey, por el contrario, había poco antes expedido, a instancia de la Academia de la Historia, una Real orden, no sólo para que se conserven todos los monumentos de las antigüedades americanas, sino invitándonos también a estudiarlas y escribir sobre ellas. Se nos comunicó la Real orden por mano de la Real Audiencia de México.

Si podemos escribir, podemos predicar, especialmente teniendo en nuestro apoyo autores respetables y gentes de verdadero juicio, y no dando nuestras opiniones por ciertas. No está prohibido predicar cosas probables. Casi todo lo que predicamos, fuera del dogma, no lo es más. Y pluguiese a Dios lo fuese las más veces la materia de las oraciones fúnebres, sobre cuyas adulaciones jamás se nos dice una palabra. Sobre todo cuando el orador advierte al pueblo, como yo, que no anuncia como maestro [44] en Israel las verdades eternas de la ley, sino un discurso probable que sujeta a la corrección de los sabios, no hay inconveniente, porque no puede haber seducción, no hay bajo esa protesta prohibición alguna pontificia, y el escándalo que resulte es puramente pasivo, recibido y no dado, o farisaico. Cuando de la verdad nace escándalo –dice San Gegorio Magno sobre el cap. IX de Ezequiel–, es más útil dejar nacer el escándalo que abandonar la verdad.

Pero ni aun ese escándalo hubo antes que el arzobispo lo excitase de propósito. Ni debió haber ninguno, porque no sólo no negué la tradición de Guadalupe, como dejo ya probado, sino que el sermón estaba todo trazado para sostenerla contra los argumentos, si era posible, y si no para que quedase a la Patria una gloria mayor. Forzado por la necesidad de defender mi honor, voy a exhibir estos argumentos, no todos, ni en toda la extensión de fuerza que admiten, porque esto solo necesitaría un volumen, tantos son, sino cuantos baste para hacer conocer la dificultad que yo intentaba superar y no creo haber vencido.

Para comenzar, permítaseme retroceder hasta el año de 1516, época desgraciada a la herejía de nuestros encomenderos, más verdadera que verosímil. Acusados de los misioneros de no enseñar la doctrina cristiana, ni dar tiempo a los indios para que se les enseñase, cuando para esto principalmente se les habían encomendado, recurrieron, por último, a decir que eran incapaces del Evangelio, y, por consiguiente, ni hombres, ni capaces de dominio, &c. Y lo peor fue que a fuerza de repetirlo vinieron a creer firmemente el principio y las consecuencias.

Nació esta herejía –dice el exacto Remesal– en la isla de Santo Domingo, y siendo ésta entonces como la metrópoli y el paso de los españoles para el Nuevo Mundo, cundió por todo él con la rapidez de un contagio, causando solemnísimas carnicerías de carne humana.

No mancharé con ellas mi discurso; pero no puedo omitir [45] que con la partida de Hernán Cortés para las Hibueras en 1524, México quedó hecho un campo diario de guerra civil, y tal era el desorden, que el obispo Zumárraga salió con su clero cantando el salmo in exitu Israël de Egipto, para Tlaxcala. El obispo de ésta, único consagrado que hubiese, vino a México por si podía contener y sosegar el escándalo. Ambos obispos en 1529 escribieron al emperador que iban muertos en aquéllos cinco años 400.000 indios, y si no se ponía luego remedio, eran acabados.

Como el Gobierno estaba levantado, un marinero llevó la carta dentro de una boya bien breada y metida en el agua, y la segunda Audiencia por eso vino a desembarcar en Panuco. Esta Audiencia envió al obispo Zumárraga, unos seis meses después de la época de la aparición, a justificarse ante el rey del delito de defender los indios. Su célebre protector real, fray Bartolomé de las Casas, llegó a México al mismo tiempo, y habiendo visto el estrago que en todas partes hacía la herejía brutal de los conquistadores, hizo partir en toda diligencia para Roma al prior de Santo Domingo de México, fray Bernardino de Minaya, a sacar una decisión dogmática. Paulo III expidió efectivamente dos Breves en 5 de Abril de 1536. En el primero definió que los indios, como verdaderos hombres, son capaces de la fe y del Evangelio y verdaderos dueños de sus bienes, de que no se les debe despojar, como tampoco destruirlos con la esclavitud. En el segundo Breve, dirigido al arzobispo de Sevilla, como metropolitano entonces de las Indias, para hacer ejecutar el primero, fulmina excomunión reservada al Sumo Pontífice contra los impíos sectarios de las opiniones mencionadas.

Y ¿qué documentos llevó a Roma el prior de Santo Domingo para tan importante decisión? El más clásico, y de que sabemos, fue una bella carta latina del ya citado obispo de Tlaxcala, el venerable Garcés. En ella se pide permiso para probar la capacidad de los indios, en orden a la fe, con los prodigios que el cielo ha obrado a su [46] favor o con ellos, porque aunque hasta ahora, dice, no se ha autenticado ningún milagro en las Indias, no se debe negar el crédito sobre esto a varones religiosos y prudentes, siendo muy regular que Dios repitiese en la Iglesia nueva lo que había hecho en la antigua.

Se ve desde luego por este testimonio auténtico, escrito tres o cuatro años después de la pretendida aparición, que no se habían hecho informaciones de ella, como se aseguró a la Silla apostólica para la consecución del rezo, extitisse compertum est, pues no podía ignorarlas el obispo, que era entonces, por único consagrado, el centro de las comunicaciones religiosas e íntimo amigo de Zumárraga. Hoy ya se conviene en que no hubo tales informaciones.

Pero, ¿cómo era posible, si la aparición es verdadera, que hubiese omitido un obispo venerable, para decisión tan importante como la vida espiritual y temporal de sus ovejas y de millones de hombres de toda la América, un hecho tan reciente, público y maravilloso cuando no omite otros obscuros semejantes, como haber aparecido Nuestra Señora del Rosario con dos santas a una india, y puéstole una corona de rosas?

Los autores guadalupanos mismos aumentan la dificultad, porque discurren que la Virgen se apareció de propósito para confundir la herejía ya dicha de los conquistadores. Y, cierto, no podía inventarse un argumento más perentorio que bajar la misma Madre de Dios a pedir templo adonde mostrar a los indios sus maternales entrañas. Escoge a uno, el más despreciable por su condición, para su embajador, y le autoriza con las credenciales correspondientes. Su pobre tilma le sirve de altar, toma en la pintura la figura y actitud de una cihualpiltzin o indita cacique, y aunque el indio no podía pronunciar Guadalupe, porque su lengua carece de g y d, manda que se le llame con este nombre arábigo y horrísono, pues significa «río de lobos», por ser el de su imagen más célebre en Extremadura, de donde era la mayor parte o los [47] más principales de los conquistadores, como para mostrarles que no los distinguía en su afecto de los indios. ¿Quién, pues, podrá imaginarse que un obispo venerable, escribiendo a la cabeza de la Iglesia para que decidiese lo mismo que la Virgen había bajado a probar, frustrase con su silencio su divina y concluyente lógica?

Y Zumárraga, ¿podría dejar de haber hecho informaciones para confundir la herejía del tiempo, tan mortífera, defender a sus ovejas con el testimonio del cielo y defender con ellos su causa, que era la misma, ante la Audiencia de México y el rey de España; convertir a los indios, casi todos entonces gentiles, pues hasta el año 1534 no comenzó la fuerza de pedir el bautismo, según Torquemada; confirmar en la fe a los neófitos; reparar con este milagro el escándalo del mal ejemplo de los cristianos españoles, y suplir con él la lengua de los misioneros, que apenas comenzaban a balbucir algunas palabras mexicanas? Bartolache dice que no se hicieron informaciones porque no pudieron hacerse, pues todo había pasado entre la Virgen y el indio solos, y éste era indigno de crédito por rudo, neófito e interesado. Pero éste es un dislate.

Si la Virgen autorizó a su enviado, a petición del obispo, con las credenciales correspondientes de un milagro, conforme a la tradición, debía ser creído sobre su palabra como todo embajador legítimo.

A lo menos, si el obispo lo creyó, no podía dejar de obedecer a la Virgen en levantarle el templo que pedía para ser desde allí la Madre y protectora de sus ovejas, y más cuando nada le costaba sino mandarlo. Nada hizo, con todo, ni se volvió a acordar de tal imagen en diez y siete años que aún duró su obispado. Y lo que es más increíble: los indios que reedificaban de balde las ciudades; y sólo porque les dieran frailes para sus pueblos, venían por los modelos de las iglesias y conventos, y los frailes, cuando iban, ya se los hallaban hechos; no sacaron a la imagen de Guadalupe de una ermita de adobes a la iglesia [48] razonable hasta cuarenta años después, y eso por otro suceso que después diré.

Aún más increíble todavía se me hace que el padre amartelado de los indios, fray Bartolomé de las Casas, que en su defensa gastó su larga vida, guardase alto silencio sobre tal prodigio a favor de sus clientes, cuando en esos años escribió su apología de los indios de cuatrocientos pliegos sin márgenes, en que echó el resto de su saber, sin omitir nada para exaltarlos en ningún género, y que llenó el mundo de historias, memoriales, representaciones, tratados, relaciones y gritos.

Muchos religiosos de todas las órdenes escribieron, de orden del rey y de sus generales, historias y crónicas defendiendo siempre a los indios y hablando de la propagación del Evangelio y de cuantos milagros la acompañaron, descendiendo hasta los menores detalles, y todos callaron el mayor de todos los milagros sucedidos.

Los conquistadores, aunque malos, eran devotísimos de la Virgen, que traían pintada en sus banderas con bastante semejanza a la de Guadalupe, y a la de Extremadura de este nombre tenían tanta devoción, que había en todas las ciudades de América comisionados para recoger las mandas que se le hacían en los testamentos. Ninguna hicieron para la de México, ni memorias de su aparición en tantas relaciones como escribieron y tantas apariciones de la Virgen como contaban. Gomara, capellán de Cortés, fue el eco de todos, pues escribió por sus informes, llenándolo todo de milagros y apariciones en las batallas, de suerte que Bernal Díaz del Castillo, el cual escribía por los años de 1560, monta en cólera, porque le parece que nada dejaba que hacer a la espada de los conquistadores. Y nada dijo de Guadalupe. El mismo Bernal Díaz no deja de contar también apariciones de la Virgen, como en Nautla, porque dice que así las contaban. Y empeñado en hacer la apología de la conquista por los bienes espirituales que resultaron, alega los milagros que hacía Nuestra Señora de Guadalupe en Tepeyaquilla; pero de su [49] aparición, que era el mayor, y que por el nombre que la Virgen había querido tomar hacía más a su propósito y favor, ni una palabra.

Tampoco la dijeron los cronistas reales que los reyes nombraron de propósito para escribir la historia de Indias, aunque no omiten milagros, y el maestro Gil González Dávila amontonó a roso y belloso, en su historia eclesiástica de Indias, cuanto maravilloso llegaba a su noticia. Menos hubiera callado la historia de Guadalupe, escribiendo la vida de Zumárraga. Y ¿qué diremos del silencio de los indios, los más interesados en la materia, aunque escribieron en su lengua y la nuestra muchos volúmenes de historia, de que no existen pocos?

Estos argumentos no son todos negativos; pues cuando los autores se hallaron en ocasión y aun obligación de hablar y no hablaron, el argumento es mixto; aunque también el silencio prueba en la Historia, y si es universal demuestra. Son palabras del padre Papebroquio, celebérrimo escritor de las actas de los Santos: Silentium in historia probat, et quandoque demonstrat; ut quando historici omnes silent.

Tampoco faltan en contra de la tradición documentos positivos. El cronista real Muñoz alega dos. El primero es del venerable padre Sahagún, que vino a México de los primeros misioneros franciscanos en 1528 y escribió la historia universal de la Nueva España; primero en un diccionario trilingüe, y después con dicho título. El párrafo que Muñoz produce, dice que lo escribió Sahagún en 1564, cuando estaba en su mayor fervor la devoción de Guadalupe. Hablando de los dioses de las sierras y montes, prosigue: «Otro había cerca de México, llamado Tonantzin, al cual venían grandes concursos de gentes, y de muy lejanas tierras. Y ahora, que está allí Nuestra Señora de Guadalupe, también la llaman Tonantzin, ocasión tomada de los predicadores que llaman así a la Madre de Nuestro Señor, y su nombre no es Tonantzin, sino Diosinantzin. Y vienen a esta Tonantzin como de antes y tan [50] lejos como de antes. La cual devoción también es sospechosa, porque hay otras imágenes cerca de sus pueblos y no van a ellas y vienen a esta Tonantzin como antes y tan lejos como de antes.» ¿Tendría un religioso tan instruido como Sahagún la devoción de los indios con la imagen de Guadalupe y la romería a su Santuario por sospechosa de idolatría, si hubiese mediado la aparición que se supone?

Pero el segundo documento que alega Muñoz es mucho más decisivo; como que es positivo y oficial. Desde 1556 hasta 1575 fue el gran fervor de la devoción de Guadalupe en el siglo XVI. Se le sacó de una ermita a una iglesia razonable, que hoy llamamos la iglesia vieja o de los indios; se fundó la congregación, se fundaron dotes para huérfanas, que aún existen; se pusieron allí sacerdotes, y se pidió licencia al rey para fundar parroquia y un monasterio. Los reyes en aquel tiempo deseaban saber cuanto pasaba en América, y mandaban se les refiriese en los más grandes detalles; y así el rey con motivo de aquel movimiento de devoción, mandó al virrey D. Martín Enríquez, que se informase y le informara sobre el origen y demás concerniente a Guadalupe, según se infiere del mismo informe. Este no podía ser equivocado en tiempo tan cercano, viviendo casi todos los misioneros que habían puesto la imagen en Guadalupe, según su propia historia, y el sucesor inmediato de Zumárraga, Montúfar.

«Recibí –dice el virrey– la de V. M., fecha en San Lorenzo el Real, a 14 de Septiembre del año pasado (1575).» Prosigue informándole de muchas cosas pertenecientes al Gobierno, porque la carta es muy larga, y luego, al párrafo quince, continúa así: «Y en orden a la hermita de Nuestra Señora de Guadalupe, y que haga con el arzobispo que la visite, visitalla y tomar las cuentas siempre se ha hecho por los prelados. Y el origen que esto tuvo, según aquí comúnmente se entiende, fue que un pastorcillo que por allí andaba hacia los años 1556, echó la voz que una imagen de Nuestra Señora que por allí estaba en una hermita, [51] lo había sanado: la cual voz corrió por la comarca y comenzaron a concurrir gentes, y se juntaron limosnas con que hubo para hacer la iglesia que ahora tiene. Y la llamaron de Guadalupe, por decir que se parecía a la de Guadalupe en España. De ahí se fundó una cofradía que tendrá como 400 cofrades, y de lo que se junta de limosnas y de lo que éstas producen envío ahí a V. M. la cuenta; y si se juntare más, también la enviaré. Yo he dicho al arzobispo que sería bueno se aplicasen para el hospital de los indios, que como lleva el nombre de V. M., nadie le da nada, y es el más necesitado de todos. El arzobispo quiere aplicarlas para dotes de huérfanas. Lugar para la parroquia no es, ni menos para monasterio; y hay tantos a la redonda, que sería inútil. Yo he hablado con el arzobispo que convendría pusiese allí un sacerdote que dijese misa y oyese las confesiones de las gentes que van a novenas. Ya el arzobispo ha puesto dos clérigos, y si la renta creciere más, también querrá poner más; de suerte que todo vendrá a reducirse a que coman dos o tres clérigos.» Este es un documento oficial y auténtico, al cual no puede ponerse tacha, porque ha sido copiado en el archivo real de Simancas, de entre la correspondencia de los virreyes, por un secretario de S. M., cronista real, y ha sido examinado por la Real Academia de la Historia en una disertación aprobada, premiada y mandada imprimir entre sus actas.

El insigne historiador Torquemada acabó de escribir su crónica general de Nueva España el año 1612; pero dice que trabajaba en ella más de veinte años antes. Bartolache ha pretendido levantar algunas nubes contra su crítica y veracidad; pero las tengo bien examinadas, son quisquillas objetadas de mala fe, o, haciéndole favor, alucinaciones de un hombre que le había leído muy poco y a saltos. Torquemada es el depósito más copioso y auténtico de hechos pertenecientes al reino. Juró en su prólogo no haber dicho sino la verdad pura, averiguada con toda la diligencia posible, y lo desempeñó. Se crió desde niño [52] en México, fue provincial, cura de indios, en cuyo favor principalmente escribió, tenía todos los manuscritos de los antiguos misioneros, escribió también sus vidas, y con notable prolijidad y afecto la de Zumárraga. Fue guardián de Santiago, objeto de los viajes de Juan Diego, vivió allí con D. Valeriano, catedrático de aquel Colegio y autor original, como ya probaré, de la historia de Guadalupe: asistió a su muerte, recibiendo en legado algunos manuscritos, y, en fin, fue arquitecto de la calzada de Nuestra Señora de Guadalupe, de la cual habla muchas veces. Este historiador tan a propósito para ilustrarnos sobre el punto en cuestión, se propone, en efecto, contar el origen de los santuarios más célebres de la Nueva España, y de las fiestas que se celebran en ellos, y he aquí lo que dice en substancia.

Había en Nueva España tres lugares célebres por la devoción y concurrencia de gentes desde muy lejanas tierras a adorar los ídolos que se veneraban en ellos. Los religiosos de Nuestro Padre San Francisco, que fueron los primeros que entraron a podar esta viña para el Señor, determinaron sustituirles imágenes análogas a su nombre o historia, para que conviniesen mejor con las fiestas y sus motivos, aunque no en el abuso o intención idolátrica. Y así en Tianguizmanalco, donde era adorado el Dios Telpuchtli, que quiere decir mancebo, pusieron la imagen de San Juan Bautista; en Chiautempan, cerca de Tlaxcala, donde estaba la Toci o abuela, la imagen de Santa Ana; y en Tonantzin, junto a México, a la Virgen Santísima, que es Nuestra Señora y Madre: eso quiere decir Tonantzin. Y repitiendo a pocas hojas el mismo párrafo en substancia, especifica más el lugar, diciendo donde ahora es Nuestra Señora de Guadalupe. Y prosigue, ubi supra, diciendo que estas son las fiestas y este es su origen, aunque no todos lo saben: que en su tiempo ya había cesado por la mayor parte la devoción y concurrencia (aunque menos en Tianguizmanalco), o por haberse disminuido los indios, o por haber cerca de sus pueblos otras imágenes. [53]

Han sido inútiles cuantos esfuerzos se han hecho para eludir un testimonio tan claro del príncipe de nuestros historiadores, que se puso de propósito a contar el origen de las imágenes susodichas y de las fiestas que se les celebran. La misma fiesta del Santuario de Guadalupe, que todavía celebran hoy los indios en el día 8 de Septiembre es prueba de que no tuvo por objeto la aparición, así como el celebrarla los españoles el día 12 de Diciembre prueba que ésta nació después que la aparición se acreditó. El mismo Torquemada dice en otra parte que cuantas imágenes se veneraban hasta su tiempo en los retablos de Nueva España, se pintaron a espaldas de San Francisco, en el taller de pintura que puso para los indios el leguito flamenco fray Pedro de Gante, uno de los primeros religiosos que vinieron.

El año de 1620 escribió la historia de Nuestra Señora de los Remedios el padre Betancourt, religioso franciscano no menos instruido y caracterizado que Torquemada, su contemporáneo; habla de Nuestra Señora de Guadalupe y la compara con la de los Remedios, y jamás se le escapa la palabra aparecida. Pero cuando me parece del todo imposible que no se hablase de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, es durante los cinco años que estuvo en la catedral de México con motivo de la inundación de 1629, la mayor que ha padecido México, pues hasta emanó cédula Real para mudar la ciudad a las alturas de Santa Fe; lo que no se ejecutó por valer ya lo obrado más de 600.000.000 de pesos. ¿Cómo era posible que exaltada la devoción con tal calamidad no se hubiese clamoreado en púlpitos y escritos la tradición, si ya hubiese existido? Con todo, no se habló una palabra; y dice el padre Florencia que le costó mucho trabajo averiguar por qué se atribuía la libertad de México a Nuestra Señora de Guadalupe, pues estuvo aquí cinco años sin que se disminuyeran las aguas, y al cabo hubo un terremoto y se ensolvaron. Y luego sale con que le dijeron que la Virgen se le apareció a una monja de Jesús María, y le [54] dijo que ella había salvado a México. Lo cierto es que por aquellos tiempos se imprimió con piezas jurídicas la historia del desagüe, y sólo consta de ellas que en cinco años no llovió en México, y se secaron las aguas, sin hablarse de Nuestra Señora de Guadalupe.

La historia de su aparición apareció por la primera vez a la luz pública en 1643, anegada entre muchos discursos predicables por el bachiller Miguel Sánchez, capellán de Nuestra Señora de los Remedios. Pero inmediatamente le escribió el licenciado Lazo, capellán de Nuestra Señora de Guadalupe, felicitándole como ya dije, de ser el más venturoso criollo, por haber descubierto la Eva, dice, que poseíamos en este paraíso guadalupano, sin que supiésemos nada yo ni todos mis antecesores los capellanes de la ermita. ¿Y había tradición antes de la obra del bachiller Sánchez y no se sabía en el Santuario mismo, cuando en todos los del mundo se conservan siempre por interés temporal y espiritual hasta las especies más remotas de los milagros que les conciernen? Menester era que en Guadalupe no hubiese ninguna fiesta relativa a la aparición, papel, inscripción, ni memoria. Y a fe que no era por falta de devoción ni celo. Apenas oyó Lazo la primera noticia a Sánchez, que aunque éste no alega para tamaño prodigio documento alguno, y sólo dice que sacó la relación de los papeles de un indio, el licenciado Lazo la imprimió a los seis meses en mexicano para extender la devoción entre los indios; y acaloró la devoción de tal manera, que a él se le debe originalmente la munificencia del Santuario actual y todo lo relativo. También un jesuíta limpió de los discursos predicables la relación de Sánchez y la imprimió, para hacerla más manuable y más corriente entre los españoles.

Considérense ahora tres relaciones en español y mexicano, corrientes en México, donde se imprime tan poco y se cree lo impreso como oráculo, y más en aquel tiempo de tan poca crítica. ¡Cómo tomaría cuerpo una noticia tan gloriosa para el país! ¡Cómo la pendolearían con los [55] panarras de aquel siglo los oradores autorizados con la aprobación del ordinario! A los veinte años se trató de hacer una información con testigos de oídas, y yo no sé para qué fue el canónigo Siles a buscarlos hasta Cuautitlan, porque nunca faltan para una cosa piadosa, y menos podían faltar después de veinte años de continuo pregón.

Pero el mismo canónigo Siles, autor y promotor de estas informaciones en 1666, fue aprobante de la historia de Guadalupe del padre Florencia, que trae resumidas dichas informaciones, y dice en su dictamen que no se atreverá a asegurar que antes la tradición fuese conocida. ¿Qué caso haría, pues, de sus testigos, o, por mejor decir, puede llamarse tradición la que no era conocida?

El segundo aprobante de Florencia fue el licenciado Maldonado, oidor de esta Real Audiencia, el cual dice que le ha sucedido a la tradición de Guadalupe lo mismo que a Flavio Dextro, desconocido de la antigüedad, y hoy resucitado con anotaciones. Es así que por ese mismo desconocimiento de la antigüedad hoy convienen todos en que Flavio Dextro salió de la oficina de imposturas de Román de la Higuera. Luego la tradición de Guadalupe, igualmente desconocida de la antigüedad antes de los autores impresos, salió de la oficina donde ellos se imprimieron.

Los testigos mismos de las informaciones de 1666 erraron dondequiera que erró el primer autor impreso. Por ejemplo, erraron con él en asegurar que el obispo Zumárraga trasladó la imagen a los quince días de la aparición a una ermita provisional de adobes, y erraron igualmente en decir con él que el lienzo de la imagen es de ixtle áspero y ralo: prueba que de aquella fuente habían bebido. Y ¿qué pueden valer algunos testigos de oídas contra el silencio universal que tengo probado y contra documentos positivos y auténticos? Bartolache dice que no se pudieron hacer informaciones reciente el milagro, porque todo había pasado entre la Virgen y Juan Diego solos, y éste era indigno de fe por rudo, neófito e interesaso. [56] ¿Cómo pudieron hacerse, pues, a los ciento cincuenta y nueve años después?, o ¿qué deben valer entonces testigos de oídas, cuando toda la fama no pudo provenir sino de aquel indigno de fe? Luego la tradición ya es defectuosa en su origen. Yo haré ver que con el transcurso de más de siglo y medio ha sido equivocada.

Ahora sólo haré notar que se insiste principalmente sobre el testimonio de los indios, por ser los más ancianos en las informaciones; y el cura Tanco, el más respetable de todos los testigos, escribía precisamente entonces que no se debía hacer caso de lo que dijesen los indios, indignos ya de crédito por haber faltado los hombres de cuenta que había entre ellos, y no saber de sus antigüedades sino poco, confuso, sin orden y revuelto con muchas fábulas y errores. Y así que es necesario sobre la tradición atenerse sólo al manuscrito mexicano antiguo. Tiene razón, porque es una regla de la más juiciosa crítica, que no debe admitirse ninguna tradición sin documento antiguo fidedigno que la apoye y pueda sostenerse contra los argumentos, porque de otra suerte sería necesario admitir todo género de fábulas y errores que en todo tiempo han pretendido pasaporte bajo el nombre de tradición.

Pero este manuscrito clamoreado, ¿de quién es?, ¿cuál es su antigüedad? Esto es preciso averiguar, porque él es la fuente original de la historia de Guadalupe como se cuenta, y aun de toda la tradición de que antes no hemos encontrado noticia. Ya dije que el primer historiador guadalupano Sánchez, sólo dice que sacó su relación de los papeles de un indio, bastantes a la verdad, y se dejó la prueba en el tintero. Publicó a los seis meses después su relación mexicana Lazo, sin citar a nadie, y, como seis meses antes, testificó que nada sabía. Boturini conjetura que imprimiría algún manuscrito antiguo de algún indio de Azcatpozalco, por lo mucho que supo del reino de los Tepanecas, cuya capital era aquel pueblo. Bartolache dice que las razones que apuntó no prueban su intento, y menoa [57] prueba él la antigüedad que, sin embargo, le atribuye con dos o tres frasecitas de puro mexicano, como si hoy no se pudieran también usar algunas en latín del siglo de Augusto, especialmente siendo el mexicano una lengua viva. Tanco sólo cita el manuscrito con el epíteto de antiguo; pero siempre anónimamente, porque debía ignorar su época y autor. El padre Florencia dice que tenía una relación en castellano del indio D. Fernando de Alva, ixtlixochtl, que vivía por los años 1648, y un manuscrito mexicano que, según lo ajado y manoseado, debía de ser muy antiguo; y que hablando de él con el padre Betancourt, éste le dijo que sería del venerable padre Mendieta, uno de los antiguos misioneros.

Pero D. Carlos de Sigüenza, que fue el tercer aprobante de la historia de Florencia, y que le había prestado las dos relaciones que cita, castellana y mexicana, se queja amargamente en un manuscrito suyo que poseo y me regaló D. Agustín Pomposo Fernández, de que el padre Florencia hubiese añadido esta y otras especies en su obra después de su aprobación. Y dice acerca del manuscrito mexicano: «no sólo no es de dicho padre Mendieta; pero ni puede serlo, porque contiene sucesos y milagros posteriores años a la muerte de aquel religioso. Digo y juro que lo hallé entre los papeles de D. Fernando de Alva, que tengo todos; y está de la letra de D. Valeriano, la cual conozco, y es su verdadero autor. Y al fin añadidos algunos milagros de letra de D. Fernando. Lo que escribió D. Fernando fue una traducción parafrástica de dicha relación; y también está de su letra.»

Cotejando algunas cosas que trae Florencia como sacadas del manuscrito de Alva, y observando la diferencia que hay entre la relación impresa por Sánchez y la traducción del manuscrito mexicano que imprimió Tanco, se conoce que lo que imprimió Sánchez en 1648 fue la paráfrasis de Alva. Estoy también en que la relación que imprimió Lazo es el manuscrito de D. Valeriano, porque, en efecto, era de Azcatpozalco, como Boturini conjeturaba [58] serlo el autor original de esta relación; y conviene, según Bartolache, en poner claramente la imagen ya pintada cuando se envió a Zumárraga, como Tanco dice lo enseñaba el manuscrito antiguo. Y por eso creo dejó de imprimirlo Florencia, aunque lo había prometido.

Ahora veamos la época del manuscrito. Dice Sigüenza que trae milagros y sucesos posteriores años a la muerte del padre Mendieta. Es así que este religioso murió en 1605, según Torquemada en su vida: luego es posterior todavía en años. No pueden éstos pasar del año 1612, porque ese año acabó de escribir el padre Torquemada, que cuenta su muerte y entierro, a que asistió. Luego el manuscrito será de hacia los años 1610 o 12; posterior, por lo mismo a la época de la aparición, ochenta a ochenta y dos años, y no consta que su autor llegase ni a los setenta de vida. ¿Qué crédito, pues, merece? He aquí un canon de crítica dictado por la más sana razón. Todo autor que cuente un hecho anterior al tiempo que escribe sesenta o setenta años, que es la vida regular de un hombre, especialmente desde que pudo formar idea cabal de las cosas, para transmitir su noticia con discernimiento a la posteridad, o nos ha de decir a quién lo debió, para pesar su testimonio, o nos ha de dispensar de darle crédito, pues no pudo ser testigo. Y ¿qué hecho, sin embargo, es el que se nos propone a creer sobre su palabra? Uno que incluye a lo menos veintiún milagros directos. A saber: cinco apariciones de la Virgen Santísima, otros ponen siete; aparición de pajaritos; aparición de todo el monte convertido en un vergel; desaparición de Juan Diego a los ojos de los familiares del obispo que le seguían; sanidad de Juan Bernardino; aparición de las flores en el cerrillo; desaparición de la pintura de la imagen a los ojos de Juan Diego todas las veces que abría su capa en el camino; desaparición de la misma a los ojos de los pasantes; desaparición igual a los ojos de los familiares que registraron lo que llevaba el indio en su capa; transformación a su vista de las flores pintadas o tejidas; [59] aparición o pintura de la imagen ante el obispo; y, según algunos, pintura con flores y pintura con imprimación en lienzo naturalmente incapaz; y, en fin, aparición de pozo de agua termal. Todavía hay otros indirectos. Y ¿todo esto hemos de creer por el dicho anónimo de un indio al cabo de ochenta y dos años de silencio universal? ¿De un indio, gente mentirosísima, que, por tanto, según Acosta, no admite la inquisición de testigos, y que aun jurados contra sus curas manda excluir el Concilio III Mexicano por su notoria propensión al perjurio? Quoniam manifestum est, dice, quam propensi sin tad perjurio, indi. En fin, gente amiguísima desde su gentilidad, de contar apariciones, especialmente de la Tonantzin de Tepeyácac.

Aún no es esto lo peor, sino que el manuscrito está lleno de anacronismos, falsedades, contradicciones, necedades y errores mitológicos. En una palabra: es un auto sacramental, farsa o comedia hecha por D. Valeriano a estilo de su tiempo para representar en Santiago, donde efectivamente se usaba representar en prosa mexicana y aun en verso, dice Boturini que tenía dos comedias de Nuestra Señora de Guadalupe. En la de D. Valeriano es fácil designar de dónde tomó la trama, el nexo y los argumentos para cada episodio del drama, teniendo por objeto persuadir lo mismo que yo prediqué. No será este ciertamente el primer romance que ha logrado los honores de oficio eclesiástico.

Tomó D. Valeriano por primer hilo de su trama el pasaje mismo del pastorcito, a quien sanó Nuestra Señora de Guadalupe por los años de 1556, según informó a Su Majestad el virrey Enríquez. Desde luego debió de contar el pastorcito que le había sanado Nuestra Señora, apareciéndosele. Esa es la voz que corrió, según el virrey, por toda la comarca, y a ella aluden las menciones de la aparición que se hallan en algunos apuntitos anónimos de los indios y en algunos testamentos de los naturales de Cuautitlan, todas posteriores, no sólo al año 1556, sino al de 570, en que estaba la devoción en todo su calor por [60] el milagro con el pastorcillo. Esas menciones prueban la tradición de Guadalupe para los que las leen ya preocupados con ella; pero en realidad sólo prueban lo que he dicho. Si yo dijera que la Virgen del Rosario se apareció a fulano, nadie entendería que la imagen del Rosario era aparecida, sino que la Virgen se apareció a fulano en su figura, y el no decir los apuntes y testamentos, sino que se apareció a Juan Diego Nuestra Señora de Guadalupe, es prueba de no haber habido más que el haber dicho el indio que se le apareció la Virgen en figura de imagen de Guadalupe y lo sanó. Esa es la fama a que se refirieron los testigos indios de 1666, sucediéndole lo que siempre sucede a la fama: que adquiere cuerpo y fuerzas con el progreso del tiempo, y se añaden circunstancias, y si los poetas intervienen con sus cantares, a que los indios eran muy dados, o ponen la cosa en solfa de comedia, se erige sin disputa la patraña toda en una tradición popular, que si es piadosa no se puede atacar sin riesgo, especialmente si la ha logrado canonizar algún devoto imbécil con la imprenta y las licencias necesarias para ella.

Aún se conservaron vestigios de la edad y enfermedad del pastorcillo en las palabras con que la Virgen lo saludó: «Hijo mío, Juan Diego, a quien yo amo como a pequeñito y delicado, ¿cómo estás?» Palabras más exageradas y ajenas del lenguaje sencillo de los bienaventurados en sus apariciones que las que reprobaba Benedicto XIV en boca de Santa Leocadia a San Ildefonso, hablando la Virgen, según la historia, con un indio adulto, casado, y sano; pero son muy tolerables hablando con un pastorcillo inocente y enfermo.

Él era de Cuautitlán, pues el indio más anciano de los testigos de 1666, que alcanzó a ver edificar la primera iglesia que cuenta el virrey se hizo a la Virgen con motivo de la sanidad del pastorcillo, dice que venían los indios de Cuautitlán por barrios a trabajar en ella, y no podía ser otra la causa de esta devoción en un pueblo distante, sino ser el pastorcillo su compatriota. Este es el [61] Juan Diego, y de ese tiempo su tío Juan Bernardino, pues en 1531 no sólo no había ningún indio con dos nombres; pero aún eran muy raros los indios cristianos, porque los religiosos, ignorando la lengua, no podían catequizarlos. Niños criollitos criados entre los indios iban por las casas, con sobrepelliz, haciendo el catecismo. Hasta 1534 no comenzó la fuerza del pedir el bautismo. Y entonces los bautizaban a las orillas de las fuentes o ríos, dando cada día a todos los hombres un nombre, y otro a las mujeres, en un papelito. Y sólo después que se advirtieron los inconvenientes de no haberles puesto a los principios sino un nombre de santo, se les comenzó a añadir otro que les sirviese como de apellido.

Dice la relación que Juan Diego iba a Santiago a misa, y que por haber llegado tarde a la doctrina, ocupado con el recado de la Virgen, lo azotaron; todo esto, en 1531, es anacronismo. El Colegio de Santiago lo fundó Zumárraga en 1534. En vano se dirá que habría ya antes iglesia o convento, a que se agregó. Es imposible que en la primitiva escasez de ministros se multiplicasen los conventos en México, donde ya había dominicos en 1530, estando México todo asolado y el reino lleno de grandes ciudades. Dice Torquemada que sus religiosos a los principios estaban en sólo cuatro conventos, administrando tanto terreno como España y Francia, y eran los de México, Tezcuco, Xochimilco y Tlaxcala. Aún creo fue el quinto el de Cuautitlan, ciudad entonces muy populosa. A lo menos, en 1536 ya tumultuaron sus vecinos, porque por la escasez suma de ministros les quisieron quitar sus frailes. Ciertamente los tuvieron desde que fueron cristianos, y jamás fue Cuautitlan misión o parroquia de Santiago. Pero podía muy bien serlo del pastorcito que andaba por Tepeyac. Se concibe igualmente bien que en 1556 viniese de allí a oir misa en un sábado; pero Cuautitlan está muy lejos para esta devoción. Ni puede ser que la azotasen por haber faltado a la doctrina en un día feriado, y siendo ya cristiano. Es verdad que la costumbre de [62] doctrinar con el látigo a los catecúmenos se introdujo con gran escándalo de Casas, que sacó ley contra este extraño catecismo; pero fue posteriormente. En 1531 casi todos los indios aún eran gentiles muy poderosos y no cesaban de alborotarse con el yugo. No se hubieran atrevido a tal los misioneros.

Es otro anacronismo decir que luego fue a Santiago por los sacramentos para su tío. ¿Qué sacramentos le habían de llevar en 1531, cuando apenas se podía dar el bautismo? Dice Alva que sería la Eucaristía y la Extremaunción. «Pero de ésta baste decir –dice Torquemada– que en muchos años no se dio a los indios, por falta de ministros. Cuando ya hubo bastantes se les dio a entender lo que era y se les comenzó a administrar.» Cita después de 1540 el primer indio que la recibió, según el padre Mendieta. También refiere entonces el primer indio que comulgó. No luego se franqueó este Sacramento a los indios, aún por los años 1570, mandó un Concilio de Lima que no se les diese. Y en tanta escasez de ministros y cuando los caballos eran una joya, ¿se había de ir a llevar cuatro leguas la Eucaristía a un indio macehual? Cuando dice Alva averiguó por pesquisas que se le dio a Juan Diego licencia de comulgar todos los días en 1531, comete, pues, otro anacronismo aún más intolerable.

Por las mismas pesquisas dice supo que Juan Diego era ya cinco años casado cuando se le apareció la Virgen; pero que había guardado virginidad en su matrimonio. Esto es increíble del todo si la aparición hubiese sido en 1531, porque se casaría entonces gentil, y no hay ejemplar de casados vírgenes sin la religión. Y mucho menos entre los indios mexicanos, entre quienes la falta de virginidad en la novia disolvía el matrimonio. Y así a otro día de las bodas iban los sacerdotes y traían a guardar en el templo la sábana donde había quedado el sello de la virginidad. Esta era como la escritura auténtica del contrato. Por lo cual advierten los misioneros en sus escritos se tenga gran cuidado con los indios casados, [63] porque ya que no pueden disolver el matrimonio después del cristianismo por la corrupción de la novia, van otro día los parientes del marido y agujerean todos los trastos de la casa de la novia.

Todas estas circunstancias, caso de ser verdaderas, sólo eran verificables en 1556, y así no debe caber duda en que el Juan Diego de la aparición es el pastorcito del virrey, y la aparición que éste contó el primer hilo de la trama sobre que D. Valeriano forjó su comedia.

Tampoco es creíble nada de lo que se refiere a un obispo tal como Zumárraga. Lo conoció el emperador, dice el cronista real Gil González Dávila en el convento del Abrojo, cerca de Valladolid, y le envió de obispo a México, por haber tenido buena mano en echar las brujas de Vizcaya. El prosiguió a verlas acá por todas partes; hizo autos de fe con todos los manuscritos de los indios, como hechicerías y figuras mágicas, y tenía, dice Torquemada, en la cárcel de San Francisco presos varios indios por hechiceros.

Desde luego la primera dificultad que se ofrece en sus relaciones con Juan Diego es que recibe sus recados y los despacha sin intérprete, y no sólo no supo jamás la lengua mexicana, ni su edad era para eso; pero aun los intérpretes entonces eran malos y muy raros. Demos empero que entendiese; los recados eran de la Tzenteoienantzin, con su nombre para mostrar a los indios las antiguas entrañas de madre que les conservaba. Debía también él informarse de la aparición, y en oyendo pájaros, vergel de flores y arco iris, cosas propias de la diosa del paraíso que allí había sido venerada, había de entender por fuerza que era la Tonantzin que andaba por allí llorando entonces para que la reedificasen su templo. El traje era idéntico, y sobre esto venir dos familiares después a asegurar a tal obispo que el indio era un hechicero que se les había desaparecido, hubiera ido a recibir el despacho de su comisión a la cárcel de San Francisco, aunque hubiese traído mil mazos de flores. Cuando éstas no las [64] hubiese en México en todo tiempo, y para los indios no hubiese sido una etiqueta indispensable llevar mazos de flores cuando iban a su palacio, el obispo creería que las había producido por hechizo, y más consistiendo en flores el culto principal de la Tonantzin.

Con igual inverosimilitud se dan familiares al obispo que siguieron de su orden a Juan Diego, y que entraban y salían en las salas de palacio al mismo tiempo que el indio sufría demoras y dificultades para ver a su ilustrísima. El obispo de Tlaxcala, Garcés, que era consagrado, jamás tuvo otra familia que una negra vieja; ¿cuál tendría el de México, electo, pobre y perseguido? Un español era entonces un personaje, y casi en todo el siglo no se pudieron conseguir ni artesanos, aunque los traían a propósito de España; luego se hacían señores, y hasta los negros eran dueños de esclavos. El obispo Zumárraga, que aun consagrado visitaba su diócesis en un burro, se iba cada día cuando electo a decir misa a San Francisco con su breviario debajo del brazo, y pasaba los días en la plaza, tras de un paredón de su Catedral, que se estaba edificando, en medio de los indios, enseñándoles el Pater Noster y el Credo en latín, que era lo que podía; de suerte que algunos españoles le reprendieron de que se rozase tanto con aquéllos. Mire qué traza para sufrir dilaciones y dificultades en hablar a tal obispo. Está claro que todas estas cosas son episodios añadidos posteriormente, para formar la comedia sobre la aparición al pastorcito, primer hilo de la trama.

El segundo hilo está tomado a mi ver de otra aparición que cuenta Torquemada hecha a orillas de la Laguna en un viernes del año 1575 a un indio de Azcatpozalco, que cita con los dos nombres de uso entre los indios, a quien apareció la Virgen en forma de india, con manto azul, es decir, en figura de la Tonantzin, perpetua aparecedora de los indios antes y después de la conquista, aunque siempre a uno solo, y revelándole cosas secretas. Dióle orden de ir al guardián de Xochimilco, que infiere era el padre [65] Mendieta, y decirle de su parte avisase a las gentes se confesasen e hiciesen penitencia, porque Dios estaba muy enojado. Y, en efecto: en tiempo de Enríquez, virrey entonces, murieron dos millones de indios, según padrón que mandó levantar el virrey; testigo presencial, Dávila Padilla.

El guardián no hizo caso del indio, pero éste repitió sus viajes con la misma demanda, hasta que entrando el guardián en cuidado con su constancia, dijo en la iglesia lo que la Virgen mandaba, que por ventura (concluye Torquemada) fue de algún provecho.

Muy parecida es esta admiración de la constancia del indio, aunque desairado, en llevar los recados de la Virgen, con lo sucedido a Juan Diego; y no dudo que aquéllos sirvieron de tipo a los de éste, porque también la aparición a Juan Diego la pone en viernes el manuscrito mexicano. D. Fernando de Alva, en su paráfrasis dice que haber puesto viernes por sábado, provendría de que con la corrección Gregoriana pudo haber alguna variación en las letras dominicales. Pero como ya yo tengo demostrado que el manuscrito mexicano es muy posterior a la corrección del calendario, que fue en 1582, es muy probable que D. Valeriano quiso aludir a la aparición del indio de su tierra, poniendo en su lugar a Juan Diego; en lugar de Xochimilco colocó a Santiago, lugar de la escena, donde era catedrático y que estaba más cerca de Tepeyácac; en lugar del guardián franciscano, al obispo también franciscano, que fundó al Colegio de Santiago, y daba más realce a la pieza; trasladó la enfermedad y sanidad de Juan Diego a su tío Juan Bernardino; y tal vez puso la aparición a éste así para dar razón del nombre de Guadalupe, que los españoles dieron a la imagen que antes de 1570 se llamaba Tonantzin, según Sahagún y Enríquez, como para que esta aparición equivaliese a la del indio de Azcatpozalco, su tierra. En fin, retrotrajo todo esto el año de 1531, porque entonces fue cuando, según Cabrera (escudo de armas de México), se andaba apareciendo la Tonantzin en [66] el Cerrillo de Tepeyac, y pidiendo se le reedificase su templo.

He aquí toda la trama: vamos a ver el nexo o nudo de la comedia. Este se compone de la historia de Tzenteonantzin, con todos los errores mitológicos de los aztecas sobre el paraíso, y de la aparición de Dios a Moisés en la zarza del monte Oreb. Para entender el plan del indio Valeriano, que era latino y de mucho ingenio, es necesario acordarse que después de la conquista cayeron sobre los indios las diez plagas de Egipto, como lo probó el padre Mendieta en una obra de este título. Especialmente los agarró la reedificación gratuita de todas las ciudades y pueblos que los conquistadores habían destruido y asolado, y aun la construcción de otras nuevas poblaciones para reunir a todos los que vivían dispersos en los campos, para acudir a la agricultura conforme a la buena economía política. La reedificación de solo México costó la vida a 25 o 30.000, porque a causa de haber cedido Cortés los Gobiernos de Santiago y San Juan a los indios, cargaron tantos y con tanto empeño a la reedificación, que descuidaron de las sementeras y perecieron de hambre. Con un trabajo igual en todo el país, su transportación para ir a conquistar a favor de los españoles otros países, y el yugo de la esclavitud, les sobrevino tal peste hacia los años 1540, que de las cuatro partes de los indios, dice Torquemada, perecieron las tres. Casas fue el que en 1542 sacó las leyes para que se les pagase su trabajo, y por la disputa solemnísima en que venció a Sepúlveda, abogado de la guerra y de la esclavitud, año 1550, se les dio en México la libertad el año de 1554, poco antes de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe al pastorcito de Tepeyácac.

Se propuso, pues, el indio D. Valeriano dar a entender que así como apareció al pastor Moisés el Dios de sus padres sobre el monte Oreb, compadecido de la aflicción y esclavitud de su pueblo, quia ad amaritudinem perducebant vitam eorun operibus duris luti et lateris, omnique [67] famulatu quo in terrae operibus premebantur, y lo envió a los afligidos prometiéndoles la libertad, y a Faraón para que se la diese a fin de que le fuesen a sacrificar en aquel monte, acá también apareció al pastorcito Juan Diego en el monte de Tepeyácac la Madre del verdadero Dios, Madre antigua de los indios, compadecida de sus miserias, prometiéndoles con Juan Diego la antigua ternura de Madre a las gentes de su linaje ad gentes generis sui{1}, y le envió al obispo de México con orden de que le reedificara su templo en aquel monte, donde le viniese a adorar su pueblo, y ella continuase a mostrarles desde allí sus maternales entrañas, que conservaba para los indios.

Para desenvolver este plan, empezó Valeriano por traer a Juan Diego de pasaje para Santiago por el lado occidental del cerrillo, que era el camino natural, e hizo aparecer a la Virgen en la cumbre donde estaba el antiguo templo de la Tonantzin, con el antiguo traje o figura de ésta, como atrás queda notado, y conforme a la mitología de los aztecas tocante al paraíso donde habitaba la Tonantzin, llamada por eso Tlaloque. [68]

Véase en Torquemada, al fin del tomo II, la historia del paraíso, que los aztecas llamaban Haloccan. Decían que estaba todo hecho un vergel de flores tan hermosas como fragantes, y resplandeciendo como esmeraldas y piedras preciosas. El iris, con su luz y sus colores, lo matizaba todo, y en medio de él estaba la Tonantzin. A este lugar iban los buenos que morían de enfermedad, así como al infierno los malos y al cielo sólo los que morían en la guerra, porque parece que siendo todas sus guerras de religión para extender el culto del Señor de la Corona de espinas, los consideraban como mártires. Pero las almas que iban al paraíso solían volver al mundo en figura de pajaritos de bello canto y vistoso plumaje.

Escuchemos ahora el informe enviado a Roma con las Actas de Guadalupe e impreso por Nicoselli. El 12 de Diciembre de 1531, al acabar de pasar Juan Diego hacia México, el cerrillo de Tonan en Tepeyac, oyó sobre la cumbre una música armoniosa como de canto de pájaros. Volvió la cara y quedó suspenso, no tanto del gorjeo de los pajaritos, como de la vistosa variedad de los colores de las aves, nunca vistas en estas regiones. Ya, ¿cómo lo habían de ser, si eran las almas del paraíso azteca, que venían acompañando a su reina? En efecto: prosigue el informe diciendo que pareció a Juan Diego todo el monte un jardín de flores resplandeciente como con esmeraldas y matizado de colores brillantes. Alzó la vista y vio en medio de un arco iris a Nuestra Señora de Guadalupe, es decir, a la Tzenteotinantzin, porque tal era su figura y ropaje. De suerte que el indio exclamó, y no podía menos que exclamar: ¡Estoy yo en el paraíso de mis mayores!

Todos los coloquios que siguieron entre la Virgen y Juan Diego están tomados de la Escritura mutatis mutandis, como dicen. La Virgen llamó a Juan Diego de en medio del iris, como Dios a Moisés de en medio de la zarza: Moisés, Moisés; y Juan Diego, subiendo, no parece sino que decía: vadam et videbo visionem hanc magnam. Si las primeras palabras: «Hijo mío, Juan Diego, a quien [69] yo amo como a pequeñito y delicado, ¿cómo estás?» no las conservó Valeriano por ser quizás las únicas que el pastorcito enfermo referiría haberle dicho la Virgen, están copiadas a la letra de aquellas de Dios en la Escritura: filius meus parvulus et delicatus ephrain. Todas las que siguen están sacadas de las que dijo Dios a Moisés y éste le respondió en el monte Oreb. «Yo soy –le dijo– el Dios de tus padres; oí la aflicción de mi pueblo en Egipto y he bajado a libertarlo. Ve y dile a Faraón que lo deje libre, para que venga a sacrificarme en el desierto.» La Virgen le dice a Juan Diego: «Ve y dile al obispo que te envía la Tzenteotinantzin, para que se me edifique aquí un templo donde mostrar las entrañas que yo conservo de Madre a las gentes de tu linaje», es decir, para mostrar que soy la antigua Tonantzin.

Juan Diego vuelve a la Virgen, le refiere el poco caso que se ha hecho del mensaje, sin duda por lo despreciado del embajador, y le ruega le envíe otro de más valía. Son idénticas las palabras que dice a aquellas con que se excusó Moisés, y las mismas casi las que Dios y la Virgen dicen a sus enviados para animarlos a repetir la diligencia, sino que Valeriano añade las palabras que Dios dijo a Abraham cuando le mandó ir a Canaan: benedicam et magnifinabo nomen tuum, et crescere te faciam in gentem magam, promesas propias de la antigua ley, cuyas recompensas eran terrenas, pero muy ajenas de la nueva ley. ¿Cómo la Virgen había de ponerse a excitar en el ánimo de un infeliz indio pensamientos de ambición y celebridad? Es una regla de los místicos que toda aparición excitadora de movimientos de soberbia en el ánimo es del demonio y no de Dios.

El obispo pidió a Juan Diego una señal de ser la Madre del verdadero Dios quien le enviaba, y la Virgen le da las flores, como allá Dios a Moisés la vara que también floreció. Allá, como dije, le dio por compañero a Aaron; aquí a Juan Bernardino, su tío; allá dice su nombre y aquí dice que quiere ser llamada Santa María de Guadalupe. [70] Es evidente la copia, y, por consiguiente, la ficción.

El resto son incidentes fingidos igualmente para completar la pieza y arribar al desenlace. El obispo pidió una señal a la Virgen de ser Juan Diego su enviado, y debía pedirla. No se admite embajador sin credenciales, y el que pretende serlo del cielo, debe probarlo, dice el Concilio IV Lateranense, con un milagro. Este es el sello real del Omnipotente, que nadie puede contrahacer ni se puede prostituir al engaño. Para que no le haya y se evite toda ilusión diabólica, es aún menester que tampoco sea un milagro cualquiera, sino tal que por sí valga bastante para impedir toda equivocación. Efectivamente: la Virgen respondió a Juan Diego le daría tal señal que el obispo no pudiese dudar, mandándole volviese a recibirla el día siguiente.

Desobedeció por ocuparse en buscar medicamentos para Juan Bernardino, a quien halló con fiebre, porque dicen que, aunque rudo, conoció que era primero la caridad que la obediencia. Es falso en el caso, y un cristiano que conocía el poder de la Madre de Dios debió volver a presentarse con entera confianza y pedirle a ella el remedio o licencia de asistir al enfermo. Viéndole en grave estado, al tercero día determinó venir a llevarle los sacramentos de Santiago, y contra toda verosimilitud se finge que el indio en tan poco tiempo había olvidado enteramente su emplazamiento con el obispo y las órdenes terminantes de la Virgen Santísima para presentársele al día siguiente, y no se acordó hasta llegar al cerrillo. Entonces, para que la Virgen no le impidiese con sus recados el destino que llevaba, no le ocurrió otro camino que el de tomarlo por el lado oriental del cerro. Ya se ve que si antes se hubiese acordado, otra cabrada había, según Torquemada, para ir a Santiago, o hubiera tomado alguno de los infinitos barquillos que poblaban entonces la laguna, que también se extendía mucho más que ahora. Pero el poeta necesitaba este incidente para hacer bajar la Virgen del cerro por el lado oriental; dar esa razón [71] para haber fabricado allí la ermita antigua; hacer nacer el pósito de agua termal bajo los pies de la Virgen; introducir la sanidad milagrosa de Juan Bernardino, en lugar de la del pastorcito; verificar con la noticia de ella al sobrino la circunstancia anexa a las apariciones de la Tonantzin de revelar cosas ocultas; dar a Juan Diego un acompañado, como Dios dio a Aarón a Moisés; decirle, como a éste su nombre, y motivar el de Guadalupe, que los europeos dieron después a su imagen.

Sin este múltiple objeto del poeta, Juan Diego no podía haber obrado sino como un estúpido. Lo primero, porque pensaba escapar a la vista de la Madre de Dios. Lo segundo, porque habiéndole hablado siempre arriba, desde allí tanto le había de ver ir por un lado como por otro, especialmente estando casi todo entonces rodeado de la laguna. Lo tercero, porque siempre también le había aparecido en el crestón del montecillo que mira hacia México, y por dondequiera había de salir allí para tomar la cabrada.

Tampoco es creíble que la Virgen mandase se le diese por nombre uno tan indevoto y sarraceno como Río de lobos, y tan extraño para el indio, que no podía pronunciarlo sin milagro, por carecer su lengua de g y d. Las conjeturas de los autores sobre varios nombres asonantes en mexicano, que quizás la Virgen daría, y se equivocaron con el tiempo, todos de significados extravagantes, son meras adivinanzas, contrarias al manuscrito original, y sólo sirven para confirmar la verdad de lo que informó el virrey Enríquez. ¿Cómo había María Santísima de dar ella misma una apelación a su imagen, cuando fueron prohibidas por el Concilio de Auch y prestan al populacho continua ocasión de idolatría, pues en lugar de invocar a la Madre de Dios invoca estatuas y pinturas, como si tuviesen virtud alguna, estuviese la Virgen en ellas u oyese mejor ante un retrato suyo que ante otro? Eso sería hacernos poner nuestra confianza en las imágenes, o adorar, mejor en Jerusalem que en Garicin, contra lo [72] que Jesucristo enseñó en la nueva ley. En fin: yo temo que todas las dilaciones que aquí introduce el poeta, e hicieron pasar cinco días desde la aparición de la Virgen a la manifestación de su imagen, no hayan sido también ideadas a propósito para verificar los cinco días que los indios gastaban antes de la festividad de la Tonantzin en hacer pequeñas imágenes suyas que llamaban tepictoton.

Se supone en toda la relación a Tepeyácac, teatro de todos los sucesos, como un desierto, cuando este es el nombre de un pueblo que siempre existió, y no muy infeliz, al tiempo de la conquista. De allí partió Juan Diego, llevando las flores formadas en mazos, como los indios las llevaban siempre por etiqueta indispensable para entrar en un palacio, aunque en la relación no se le dé tiempo para hacer los mazos, a lo menos artísticamente, según su costumbre. Se pondera la admiración de los familiares en ver flores por Diciembre, aunque en todo tiempo México está lleno de ellas, y mucho más debía estarlo reciente la conquista, pues antes, según Torquemada, todo estaba hecho un vergel, por la afición que los indios tienen a las flores, e innumerables chinampas, o jardines flotantes, poblaban la laguna. Avisaron de tan grande novedad al obispo, que hizo entrar al indio, y aunque tal obispo, por el testimonio de los familiares, debía estar persuadido de que el indio era un hechicero, quedó muy satisfecho con las credenciales de unos mazos de flores, que todo indio, según su práctica, le llevaría todos los días.

¿No eran unas credenciales muy dignas de la Madre del Omnipotente? ¿O no es ofenderla verdaderamente hacer intervenir su poder para semejantes fruslerías?

Se responde que no habría flores en el cerrillo. Demos que no las hubiese entonces, aunque el culto de la Tonantzin consistía principalmente en flores, aunque tenían obligación de subir a echarlas en su ara cuantos cerca del monte pasaban, y aunque los indios eran muy próvidos en lo necesario a su culto y aquel Santuario muy célebre. [73] ¿De dónde constaba al obispo que el indio las había cortado del cerro? Necesitaba el milagro de prueba otro de comprobación. ¿No se ve que esto es sólo para acomodar a la Virgen de Guadalupe todo lo que pertenece a la Tonantzin?

Bartolache conoció claramente que era un despropósito asignar las flores por credenciales de Juan Diego, a pesar de que así lo diga la tradición unánime de autores y testigos; y haciéndose el desentendido por no chocar al populacho, sale con que la Virgen envió al obispo su imagen por credenciales. Pero éstas padecen el mismo defecto que las flores, pues no había pintores cristianos con quienes averiguar lo milagroso de la pintura, ni lo es en sí, según Bartolache y sus pintores; y dice aquél que haberlo así asegurado los pintores de 1666 provino de que la concurrencia de personas de alto carácter impiden las operaciones meramente facultativas. Lo cierto es que entre los indios había pintores excelentes, y ellos pintaron en aquel tiempo todas las imágenes de los retablos de Nueva España. Presto volveré a hablar de esto mismo.

Concluye el manuscrito mexicano contando que el obispo Zumárraga puso la imagen en su catedral mientras se edificaba a su costa, donde últimamente se apareció la Virgen, una ermita provisional de adobes, a la cual la trasladó a los quince días, yendo él en la procesión con los religiosos de su orden, y con este motivo hubo grandes fiestas y naumaquias. Pero ni existían entonces de la catedral sino los cimientos, ni es verdad la construcción de la ermita por Zumárraga, ni su asistencia a la traslación, ni ésta se hizo hasta el año 1533, que pasó todo en España Zumárraga, como todo quedó al principio probado, ni antes de ir allá ni después de haber vuelto hizo caso alguno de la imagen en catorce años que aún duró su obispado, cosa absolutamente imposible si la aparición hubiese sido verdadera. Todo este remate de la comedia está tomado de la procesión que hizo Zumárraga al colegio de Santiago, fabricado de su orden en 1534 para instalar allí [74] sesenta inditos colegiales. El costeó toda la función, comió aquel día con los frailes y hubo naumaquias y todas esas fiestas, bien que al principio se hacían aún para poner una cruz para llamar así la atención de los indios sobre todo lo que pertenecía a religión.

Estos, contando los que en todo el discurso he venido apuntando, son los argumentos que yo había intentado superar en mi sermón. Borunda, por su estudio en las antigüedades indígenas, había visto en la historia de Guadalupe la de la antigua Tonantzi. Cualquiera otro hubiera inferido que aquélla era una comedia o novela calcada sobre ésta. Pero Borunda era incapaz de adoptar semejante consecuencia, porque era tan devoto de la Virgen guadalupana, que ante cualquiera estampa suya se echaba a llorar de ternura. Arbitró, pues, para salvar la tradición retrasar la época de la pintura hasta el tiempo de Santo Tomé, sin otro sacrificio de la tradición vulgar que la capa de Juan Diego, a que pensó sustituir con ventaja la capa del mismo santo. Yo vi lo mismo que Borunda; y creyendo como creía la tradición, no pude menos que adoptar su sistema. Cuantos amigos consulté coincidieron también en lo mismo, porque no hay otro medio para medio salvar la tradición. Yo hubiera deseado saber cuál otro medio hallaban, no digo el arzobispo, que no entendía de estas cosas ni creía la tradición, sino los teólogos censores, y principalmente el famoso Uribe, que era el adalid del debate. Porque si los argumentos no tienen solución, son demostraciones, y como de la verdad no puede demostrarse lo contrario, la tradición guadalupana resultaría necesariamente una fábula.

Para acabar de hacer ver que aun los menores episodios del sermón se dirigían a satisfacer objeciones o reparar algunas brechas abiertas en la tradición, expondré todavía algunos de los argumentos que militan contra el milagro de la pintura.

No hay duda en que el doctor Bartolache destruyó todos los fundamentos en que la habían establecido los [75] pintores antiguos. Y aunque él preguntó por último a los suyos si la tenían por milagrosa, se guardó bien, aunque tan precisivo, de especificarles si la tenían por tal en virtud de la pintura de que únicamente podían ser jueces y era lo que importaba. Quería que le respondieran afirmativamente para cubrirse él y ellos ante el vulgo, y así lo hicieron en virtud de la tradición.

Lo cierto es que entre los indios había pintores muy primos –dice Torquemada–, y principalmente después que han visto nuestras imágenes de Flandes y de España se han pulido mucho y nada que no imiten y contrahagan perfectamente. Esto supone que se traían muchas imágenes, y principalmente los conquistadores, como extremeños en gran parte, trajeron de su santuario de Guadalupe la imagen de Guadalupe colocada en el coro, treinta y dos años antes de la época de la aparición por orden del capítulo Geronimiano, que mandó se pusiese en el coro una imagen de Nuestra Señora, de la cual se pudiese decir que era sicut mulier amicta sola, et luna sub pedibus eius, palabras formales de la acta capitular, dice el padre Medaña, historiador del Santuario, y añade que la de México es idéntica en forma, color, adornos y nombre.

La única diferencia que media es la que prueba que la muestra es una copia de aquélla hecha por mano de indios. El lienzo es de iczotl, que es el que destinaban para pinturas finas; está bruñido, que es la preparación que daban a la parte en que pintaban; está sin imprimación, género de pintar suyo; la substancia de los colores es desconocida, porque los sacaban, dice Torquemada, de jugos de hierbas y flores que han ocultado a nuestro conocimiento; el color de la luna está negro, porque así la pintaban, aludiendo a la fábula del Buboso, y esta mixtura de su mitología que hacían en nuestras imágenes, motivó un decreto del segundo Concilio Mexicano, prohibiéndolas. En fin, la imagen tiene defectos de pintura, a que pretendió responder el pintor Cabrera, y satisfizo tal cual, dice Bartolache, que en su modo cortés de explicarse quiere [76] decir que no satisfizo. Y estos defectos, así como prueban que la pintura es de indios, así prueban que no es milagrosa. Prueban lo primero, porque dice Clavijero que alcanzó a ver los retratos hechos por los indios de algunos de sus reyes, y pintaban muy bien, conforme a las reglas; sólo no se atreverá a compararlos con los de Europa en el claro obscuro. Este es puntualmente uno de los defectos de la imagen, así como las manos demasiado pequeñas; que si es defecto, lo es de las inditas, &c. Prueban igualmente que la pintura no es milagrosa, aunque Bartolache se empeña en responder al texto Dei perfecta sunt opera. Este es un texto demasiado general, que abraza las obras de la Naturaleza, en las cuales ella suele frustrar las leyes generales establecidas por Dios para la perfección de sus obras. Pero cuando Dios obra por sí inmediatamente, hay este axioma teológico: «los dones de Dios conferidos por milagro son más excelentes». Y es la piedra de toque para discernir las curaciones milagrosas, etcétera. Entonces no habiendo medio a quien atribuirse el defecto, recaería en el principal agente; y esto es imposible siendo Dios.

¿Qué responder a estos argumentos en el sistema común de la tradición? No lo alcanzo. En el de Borunda, tal cual. Exterminados los fundamentos del milagro de la pintura, él discurrió que la imagen era un jeroglífico mexicano, de los que llaman compuestos, que contiene el símbolo de la fe, dado a los indios por Santo Tomé, en esta escritura a su manera; pero en que los artículos de la fe están ligados a los frasismos más finos del idioma, con tal sublimidad y delicadeza, que no parece dable los cifrasen así los indios neófitos en tiempos del apóstol, como reciente la conquista. Yo descubrí esta idea en el sermón, descifrando la imagen parte por parte, exhibiendo los términos y frasismos mexicanos que Borunda me había dictado. Esta será una imaginación; pero el medio es ingenioso, y no hay otro para poder sostener la pintura como milagrosa en sí misma. [77]

Por este medio muchos defectos convertidos en jeroglíficos dejan de serlo, y especialmente se satisface al gravísimo reparo del color mitológico de la luna, que se dice entonces representar el eclipse de la muerte de Cristo, el cual efectivamente dicen Boturini y Veitia tenían los indios notado en sus pinturas, así como lo tienen los chinos también, según Benedicto XIV. Y Borunda cree que lejos de haberse tomado el color de la luna de la imagen de la fábula del Buboso, los indios la figuraron después sobre el color de aquélla; así como los egipcios sacaron su mitología absurda de su antigua escritura jeroglífica, los otros gentiles fraguaron gran parte de su historia mitológica de las de las historias de la Sagrada Escritura, y aun entre los cristianos se introdujeron algunas fábulas por las pinturas antiguas de las iglesias, verbigracia, la estatura gigantesca de San Cristóbal. No hallo otra solución para este gravísimo argumento, porque decir como dijo uno de los médicos de 1666, que a alguno quizás se le antojó sobreponer plata a la luna, y la puso negra, y oro a los rayos, y los deslustró, es hablar de pura imaginación. El oro deslustrado –dice el pintor Cabrera– es el de la túnica, quizás por el toque de las estampas, y no tiene aquel brillo que el de los rayos. El oro tampoco se pone negro porque le pongan encima plata. Ni los pintores que fácilmente conocerían el accidente seguirían pintando la luna de Nuestra Señora de Guadalupe siempre negra. Ese es su color natural.

Poniendo también la imagen tan antigua, la identidad con la de Guadalupe del coro del Santuario guadalupano en Extremadura no prueba que sea copia, pues todas las imágenes antiquísimas de la Virgen están pintadas, dice Benedicto XIV, con manto azul y túnica rosada, como se ve en todas las que se atribuyen a San Lucas, y aun cita un Concilio oriental muy antiguo que manda no se pinten de otra manera que como en la Sagrada Escritura, es decir, en el capítulo XII del Apocalipsis. Si pareciere que éstos eran apositos de poco provecho, no eran ciertamente [78] por falta de voluntad ni industria en los médicos, pues parece no cabe mayor ingeniosidad, sino que estaba ya desahuciado el enfermo. No había sujeto, no prestaba más.

Pero aa lo menos, si la tradición como se cuenta no puede defenderse humanamente, nos resta siempre el objeto de la comedia, que aun cuando no se lograse doble, como lo intentó su autor, aun sencillo es más glorioso a la Patria que la misma aparición de Guadalupe. Dos son los objetos, a mi juicio, que se propuso persuadir D. Valeriano. El uno que la Madre del verdadero Dios tuvo templo y culto en Tepeyácac desde la predicación de Santo Tomé en el Anáhuac; y el otro que su imagen era la misma que llamamos de Guadalupe; y aunque no se atrevió a hablar claro, eso quiso decir con suponer que ya estaba pintada cuando la Virgen la envió al obispo. Y en esto segundo no es tan fácil desmentirlo como se puede pensar; porque es cierto que los indios tenían antes de la conquista imágenes de la Virgen, por testimonio de los misioneros; y es cierto que ocultaron algunas por la persecución de los españoles. Es regular que cuando vieron a éstos andar quemando todos los templos en derredor de México, escondiesen a su amada Tonantzin. Torquemada dice que los misioneros pusieron en Tepeyac a Nuestra Señora de Guadalupe; pero como ellos no ponían en los templos sino las imágenes que pintaban y les daban los indios, pudieron darles su antigua Tonantzin para colocarla en Tepeyac. Lo cierto es que es idéntica a la de la antigua Tonantzin, como lo tengo probado; y es cierto que está retocada, pues todos los autores confiesan que se han puesto en ella manos atrevidas, corrompiendo, dice Bartolache, el divino original; y no consta que esto se haya hecho después que se colocó en el santuario.

Pero aunque esto tampoco sea verdadero, lo es (yo lo he demostrado) que la Madre del verdadero Dios, Madre Virgen de Jesucristo, concebido por obra del cielo; Madre del Señor de la Corona de espinas, Madre del que [79] encarnó por nosotros y murió en una cruz, dada a conocer por Santo Tomé, fue desde su tiempo en Tepeyácac Nuestra Madre y Señora, la Madre de los cristianos y la patrona del Anáhuac. Enhorabuena, pues sea fábula o comedia la aparición de Guadalupe, es indubitable que desde que salió de Sión la ley, y el Evangelio, se mandó anunciar a toda criatura que estuviese bajo del cielo en el mundo entero, apareció para nosotros la benignidad y humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, enseñándonos, y de su Madre Santísima, protegiéndonos; y esto es, sin duda, mucho más provechoso y glorioso para nosotros, que no un favor o la aparición de su imagen al fin de los siglos entre la esclavitud, la desolación y la sangre, después de habernos estado mirando sin compasión mil seiscientos años bajar vivos a los infiernos. Popule meus, qui beatum te dicunt, ipsi te decipiunt.

Los del arzobispado hacían de propósito equivocar a los mexicanos sobre la gloria que yo les procuraba con mi sermón; pero no se equivocaban ellos. Y decían que era una conspiración de los criollos para quitar a los españoles la gloria de habernos traído el Evangelio, e igualar con ellos a los indios, dándoles su imagen del Pilar. A la primera calumnia ya tengo respondido; y a lo segundo, digo que la voluntad de la Madre de Jesucristo, exactamente conforme a la suya, no distingue de judíos ni griegos, bárbaros ni scitas. Los judíos eran los que se imaginaban que la misericordia de Dios era exclusiva para ellos; pero viendo San Pedro descender la gracia del Espíritu Santo sobre los gentiles, les dijo: «en verdad, he hallado que Dios no acepta personas, y que en toda gente, aquel que teme a Dios y guarda sus mandamientos le es igualmente agradable.» Este es el único medio de serlo también a su madre. Y el que por haber nacido aquí o allí, se juzga acreedor a su predilección, nutre una errónea y temeraria confianza en la que sólo es madre de los pecadores (dice San Bernardo) que quieren convertirse. A los demás los aborrece, como su hijo. Odisti omnes qui [80] operantur iniquitatem: perdes omnes qui loquntur mendacium. No es sólo en Zaragoza que se pretende haber erigido los apostólos templo a la Madre de Dios, aun viviendo en carne mortal. El cardenal Aguirre cita otros varios en diferentes regiones, y concluye con estas palabras: «esto, ciertamente, no debe negarse de ninguna parte a donde lo persuada alguna antigua tradición»; sanè id in particulari non est negandum ubi antiqua tradicio id suadeat.

Entre nosotros la hay; y pese a quien pese, yo no he debido defraudar a mi patria de esta gloria, ni a la Madre de Dios, la que resulta de su antigua misericordia y beneficencia. Hay más: los canónigos censores aseguran que la imagen de Guadalupe ya no se conserva, que todos los colores están saltados y el lienzo todo no poco lastimado. Si yo lo hubiera dicho, el señor arzobispo lo hubiera hecho pregonar en los pulpitos, para que el pueblo me apedreara. Conque la cuestión era de sugeto non supponente, de una imagen que ya no existía. Entonces tenía más derecho para ratificarme en mi proposición y afianzar a mi patria una gloria que no estaba expuesta a las vicisitudes ni la rabia de los tiempos. Destruyase la imagen, y haya sido ésta o aquélla, siempre será cierto que la Madre del verdadero Dios tuvo templo entre nosotros, y fue desde el principio del cristianismo Nuestra Madre y Señora, Nuestra Tonantzin, que así se llamó aun la de Guadalupe, hasta que cuarenta años después la bautizaron españoles con un nombre sarraceno, muy ajeno de la dulce boca de la Madre de Dios. Mis enemigos me persiguieron injustamente, y ahora voy a hacer ver que no hubo verdad en su boca, y el proceso que me hicieron fue una pura maniobra de su iniquidad.

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{1} Aunque el indio Valeriano no se atrevió a expresar toda la fuerza de la comparación, los indios esperan que la Madre de Dios les ha de dar su entera libertad, como Dios a los israelitas. Esta es una de sus tradiciones secretas. Pocos años antes de mi sermón iban paseando por el barrio de la Candelaria dos abogados, de los cuales uno era el Dr. Pomposo, que me lo contó; y metiéndose, por huir de un aguacero, en la choza de un indio, hallaron a uno muy cano, tan embebido en estudiar sobre una estera una pintura azteca, que tuvieron lugar de observarlo, antes que atónito de su presencia, se quitase los anteojos y recogiese la pintura. El otro abogado, que tenía cara de indio, le dijo en mexicano que no se asustase, que él también lo era, y le dijese lo que estaba haciendo. «Cuando vinieron los españoles –le respondió– ya lo había dicho Quetzalcohuatl, pero también dijo que se habían de ir. Estaba apuntando la cuenta, y ya no falta mucho.» Volvieron a otro día para informarse mejor, y ya no hallaron ni indio ni petate. Así yo preveía que en caso de revolución los indios imitarían a sus conquistadores en llevar por pendón la imagen de la Virgen, y sería la de Guadalupe. Haro, con sus ponderaciones y alborotos ayudó a todas especies, así como preparó los ánimos con una opresión tan larga de los americanos.

Memorias de Fray Servando Teresa de Mier

[Editorial América, Madrid 1917, páginas 1-80.]